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ESTAR SIN ESTAR COLUMNA i

Una de vaqueros

A 'La balada de Buster Scruggs' la recomiendo como alivio a las largas horas en las filas de la gasolina

Una de vaqueros

En una diligencia que atraviesa la noche fría de un paisaje escondido por las sombras viajan cinco pasajeros sin Caronte; parece que el cochero no obedece más que al galopar contundente de cuatro caballos que vuelan, mientras que en el interior de la cabina, un cazador maloliente intenta distraer a los demás pasajeros con un cuento monótono de su infinita soledad. Habla entonces una dama que es viuda en vida, abandonada por un marido a quien sigue evocando como un predicador eficaz e interviene un viajero francés que ha cruzado el mundo para conquistar el viejo Oeste norteamericano cuando aún era un paisaje virgen. Completan el cuadro dos pícaros enigmáticos que declaran ser cazadores de fortunas, que cobran los rescates –Dead or Alive—de forajidos y delincuentes que ellos mismos atrapan con destreza… y el viaje se hunde de pronto en una vieja canción irlandesa que hipnotiza a los testigos del cuento hasta llegar a la posta donde los dos elegantes pícaros bajan el cadáver que venía amarrado al techo de la diligencia.

En un paisaje paradisíaco los animales cesan de pronto en sus vuelos y andares por la llegada de un solitario buscador de oro. Durante varios días, las hormigas y mariposas, los cuyos y los ciervos, todas las aves menos un búho que todo lo ve interrumpen la cronometría de la naturaleza para presenciar la necia paciencia del viejo que va cavando pequeñas fosas como ventanales hasta encontrar la sagrada veta del oro. Luego…

Pasa página y aparece otro paisaje, muy lejos del riachuelo donde el viejo gambusino tala su oro viejo, vemos una pradera ocre infinita donde una fila de carruajes se vuelve caravana de migrantes, tren de vagones separados por familias rumbo al Oregón, hace dos siglos, antes de Trump y el fascismo con el que ahora pretende ponerle puertas al libre espacio de las oportunidades. En dos o tres días de viaje que son diez o veinte minutos de relato, nos enteramos de la vida misma, la muerte impredecible, las enfermedades incontenibles, el amor de palabra, un proyecto de vida y la contundencia del vacío.

Hay indios tocados de plumas multicolores y un hombre que por robar un banco ha sido condenado a colgar de un inmenso árbol en medio de la nada; hay cuatreros que roban ganado y usureros que juegan sucio a la baraja. Un vaquero de cuero negro encarna la melodiosa maldad que de pronto canta a dos voces con el vaquero de blanco, el héroe trágico que lleva sombrero de ala ancha como blanca paloma y que recibirá una bala en plena frente para alzarse en las nubes a la gloria en el melancólico trance de cambiar sus espuelas por alas.

Se trata de la más reciente película filmada, dirigida y escrita por los inmensos Hermanos Coen, titulada The Ballad of Buster Scruggs (La balada de Buster Scruggs) y estructurada como un libro de seis cuentos (donde al menos tres son obras maestras) y que recomiendo como alivio a las largas horas en las filas de la gasolina, bálsamo contra tanta mala noticia que inunda el reloj y perfecto placebo para escaparse por un rato de todo el ruido con la vieja fórmula de una peli de vaqueros.

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