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Las vacas de los excrementos de oro

La revolución energética de Wildpoldsried ha enriquecido a sus vecinos y admirado a medio mundo sin contar con los Verdes, un partido en busca de identidad

El ganadero Wendelin Einsiedler obtiene el 80% de sus ingresos de las energías renovables.
Wildpoldsried (Alemania)

A mediados de los noventa, Wildpoldsried era un pueblo de ganaderos y oficinistas del sur de Alemania como otro cualquiera. No había casi trabajo y los jóvenes emigraban a la ciudad. Preocupados, sus habitantes se juntaron y escribieron una lista larga de las necesidades más acuciantes del pueblo, que acabó siendo una carta a los reyes magos. Querían una piscina, un teatro, un consultorio médico… Calcularon que tardarían dos o tres generaciones en conseguir todo. Diez años más tarde, todos sus sueños se habían cumplido.

Wildpoldsried ha protagonizado una revolución energética que ha enriquecido a sus vecinos y admirado a medio mundo. Este pueblo alemán próximo a Austria es famoso por producir siete veces más energía de la que consume invirtiendo en renovables. Lo han hecho gracias a leyes que favorecen las energías limpias y permiten a los pequeños productores vender sus excedentes a la red a buen precio. Alemania se ha propuesto cortar la dependencia de los combustibles fósiles impulsando las renovables y se ha convertido en un referente mundial en políticas climáticas. La producción de energías limpias se ha disparado, pero ha logrado un limitado impacto en la reducción de emisiones contaminantes. La política energética ha endeudado además a las eléctricas y disparado los precios de la electricidad.

“Me fascina la idea de que con el viento o la caca de la vaca pueda salir energía. Si puedes cuidar el medio ambiente y a la vez ganar dinero, pues mejor”, dice Wendelin Einsiedler, ganadero

Pero la política, o al menos las siglas no han tenido nada que ver con el milagro de Wildpoldsried. Por eso, esta fábula verídica y excepcional de Wildpoldsried ilustra hasta qué punto la protección del medio ambiente es ya parte del ADN de mucho alemanes, al margen de preferencias políticas. Reciclar la basura, moverse en bicicleta, comer ecológico u oponerse a las nucleares hace tiempo que dejaron de ser patrimonio exclusivo de los ecologistas en Alemania. Y explica también porqué el que fuera el poderoso partido Verde, atraviesa horas bajas, aquejado de un éxito dañino. Sus ideas han triunfado y ahora las asumen prácticamente todas las formaciones y tal vez por eso, los votantes sienten que pueden prescindir de ellos, según reflejan en las encuestas. Pese a su adelgazamiento -los sondeos les otrogan cerca del 7% de lso votos-, los Verdes podrían acabar siendo socios de Gobierno del bloque conservador de la canciller Angela Merkel gracias a la aritmética de las coaliciones.

Los ganaderos de Wildpoldsried fabrican un famoso queso montañés de los Alpes de Algovia, que no acaba de cuajar en los mercados europeos. Gracias a la energía renovable, muchos tienen un segundo ingreso, fundamental para su subsistencia. Para Wendelin Einsiedler, la energía que desprenden los excrementos fermentados de sus queridas vacas junto a los molinos de viento y sus placas solares suman hasta el 80% de sus pingües ingresos. Sus 70 vacas producen cantidades industriales de excrementos que alimentan la mayor planta de biogás del pueblo. Algo más de la mitad son restos de las vacas, y luego hierbas, manzanas podridas, patatas y biomasa en general. En un megadepósito, una pasta 800 toneladas de residuos burbujea al compás de la fermentación.

Las vacas de los excrementos de oro

Camisa de cuadros, barba y sonrisa de oreja a oreja, el ganadero baja de su tractor sofocado en un precioso día de sol. A sus 61 años, Einsiedler es la campechanía hecha hombre. “Me fascina la idea de que del viento o de la caca de la vaca pueda salir energía. Si puedes cuidar el medio ambiente y a la vez ganar dinero, pues mejor”. Einsiedler fue el pionero, el primero en el pueblo que decidió invertir en renovables. Le fue bien y los demás le siguieron. “Este es mi seguro para la vejez. El viento y el sol van a seguir dándome beneficios y encima con buena conciencia”.

En el ecohotel del pueblo, Günter Mögele, teniente alcalde de Wildpoldsried cuenta que cuando escribieron la lista a los reyes magos y analizaron las finanzas del pueblo, se dieron cuenta de que gran parte de los gastos correspondían al consumo energético. “Entonces pensamos ¿por qué no producimos nosotros nuestra propia energía?”. Instalar un sistema de calefacción central en el pueblo y deshacerse de la de gasoil fue uno de los primeros proyectos. Hoy, el 90% de la energía de la calefacción procede del biogás de las granjas como la de Einsiedler. En total, 120 pisos y cuatro empresas están conectadas a la red.

Una vaca con molinos de fondo en Wildpoldsried, un pueblo del sur de Alemania.
Una vaca con molinos de fondo en Wildpoldsried, un pueblo del sur de Alemania. AFP/Getty Images

Solar y eólica completan el coctel energético que enriquece a los vecinos a través de una empresa mancomunada de la que solo pueden ser socios los 2.600 habitantes del pueblo. El gimnasio, la escuela o la casa de niños producen más de lo que consumen. La energía sobrante se vende a las compañías eléctricas, gracias a la ley de las energías renovables (EEG por sus siglas en alemán) del año 2000, copiada en decenas de países y que ha asegurado el precio por kilowatio producido por energías limpias. El año pasado, los vecinos de Wildpoldsried aseguran que ganaron seis millones de euros con la venta de la energía que les sobra. Buena parte de ese dinero, lo destinan a pagar el crédito que pidieron para la infraestructura. El resto, se lo quedan.

El sótano de la turbina es una telaraña de tuberías que transportan agua caliente. En un mapa colgado en el sótano se pueden ver los cuatro kilómetros de la red. Cuentan los lugareños que ven girar la turbina y piensan, ahí van mis próximas vacaciones.

El Ayuntamiento de Wilpoldsried tiene 14 concejales, la mitad de la CSU, el ala bávara del bloque conservador de Merkel, y la otra mitad son independientes. El partido Verde no tiene ninguna representación. “Aquí los partidos no son relevantes”, explica Mögele, uno de los independientes, que forma parte del equipo que lleva 20 años al frente del pueblo. “Los verdes han perdido su razón de ser. Ahora hablan de todos los temas y quien mucho abarca… “, interpreta Mögele.

El año pasado, los vecinos de Wildpoldsried aseguran que ganaron seis millones de euros con la venta de la energía que les sobra

Christoph Ostermann, es el CEO de Sonnen, una empresa puntera que fabrica baterías que almacenan energía renovable y que tiene su cuartel general en Wildpoldsried. Dedica su vida a un negocio que aspira a limpiar la atmosfera y también piensa que el partido ecologista alemán atraviesa una cierta crisis de identidad. “En los 80, los Verdes tenían su razón de ser, había que luchar contra las nucleares e implantar el modelo ecológico, pero hoy las renovables son de sentido común para todos los partidos. La propia Merkel fue la que decidió parar las nucleares. Las renovables son además cada vez más competitivas, es un consenso nacional”. Una reciente encuesta de la Agencia para las energías renovables indica que el 95% de los alemanes considera la expansión de las renovables “importante” o “muy importante”.

Markus Herring, un vendedor de medias de compresión médicas del pueblo da fe de que la propagación del ecologismo en Alemania ha traspasado infinitas fronteras sociológicas. “No todo es idealismo. Aquí al principio había mucha oposición a los molinos, pero en cuanto se vio que podíamos ganar mucho dinero, todo cambió. Estamos orgullosos de lo que se ha convertido el pueblo”.

Un mar de molinos de viento

Wendelin Einsiedler, ganadero en Wildpoldsried, junto a sus molinos de energía eólica.
Wendelin Einsiedler, ganadero en Wildpoldsried, junto a sus molinos de energía eólica.

A.C.

Recorrer Alemania en coche o en tren equivale a toparse con molinos de viento en el horizonte continuamente. Un tercio de la energía que se produce en el país procede de fuentes renovables –frente al 7% en el año 2000-gracias al decidido impulso político bautizado como Energiewende, algo así como la transformación energética. Tras decretar el cierre total de las nucleares para el año 2022 y con el objetivo de prescindir al máximo de los combustibles fósiles, el Gobierno alemán –coalición conservadora y socialdemócratas- aspira a que cerca del 45% de la electricidad que se consume provenga dentro de siete años de fuentes renovables.

Alemania ha marcado el camino y ha demostrado que otra política energética es posible, pero sus detractores critican que el terremoto provocado por la energiewende en el sector eléctrico ha generado numerosas víctimas, tanto entre las empresas como los consumidores que han visto cómo subía el precio de la luz. La gran transformación no ha tenido además los efectos necesarios para cumplir con la meta de reducción de CO2 por la que Alemania debe rebajar en un 40% sus emisiones respecto a los niveles de 1990 para el año 2020.

A estas alturas, el propio Gobierno reconoce que está lejos de conseguirlo. En parte, porque hay un elefante en la habitación energética alemana: el carbón. La canciller Merkel, abanderada de la lucha contra el cambio climático, ha pasado sin embargo de puntillas durante esta campaña sobre esta energía sucia, que suma el 40% de la producción energética del país y que da trabajo a decenas de miles de personas. Reducir el uso del carbón es precisamente uno de los caballos de batalla de Los Verdes. La semana pasada, el partido ecologista anunció que el cierre de las 20 plantas de carbón más contaminantes del país es una de las condiciones que ponen sobre la mesa para empezar a hablar de coaliciones de Gobierno con el partido más votado.

Las vacas de los excrementos de oro

Este reportaje forma parte de 'La Alemania de la era Merkel', una serie de cinco artículos que dibujan un retrato político, económico y social de la potencia europea en los días previos a las elecciones generales del próximo 24 de septiembre.

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