La punta de la lengua
Columna
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La letra ‘p’ es inocente

El término “monoparentales” no sólo no tiene nada de malo sino que tampoco tiene nada de masculino

Irene Montero en una imagen de archivo.
Irene Montero en una imagen de archivo.Eduardo Parra (GC Images)

El lenguaje del feminismo atesora muchas virtudes, pero ha de lidiar con un problema. Las virtudes consisten en que denuncia y combate las discriminaciones. El problema reside en que una parte de los hablantes se siente ajena a ciertas expresiones y extiende su rechazo a quienes las emplean.

La ministra Irene Montero escribió en Twitter el 17 de abril: “El Ingreso Mínimo Vital es urgente. Para muchos hogares, en gran parte monomarentales, cada día que pasa sin esa ayuda es un día más sin comer”.

Incluso entre electores de Podemos habrá extrañado esta palabra, “monomarentales”, inventada ya hace años para evitar el genérico “monoparentales”.

Sin embargo, “monoparentales” no sólo no tiene nada de malo sino que tampoco tiene nada de masculino. Su letra p se ha identificado erróneamente con la inicial de “padre”, y por eso se pone en su lugar la inicial de “madre”. La policía antidiscriminatoria, como casi todas las policías, actúa con buena intención pero comete de vez en cuando algún exceso.

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No hay rastro alguno de “padre” en “monoparental”, a diferencia de lo que sucedería con “monopaternal” (ahora sí de pater). “Parental” viene de “pariente”, término que puede abarcar a madres y padres, primas y primos, abuelas y abuelos.

Por increíble que le parezca a algún policía de la inclusión, “pariente” no se relaciona con “padre” sino con “parir”. Procede de parentis, participio de pario en latín; y de ahí tenemos “parentela”, “perentesco” y “emparentar”, vocablos que agrupan a personas que constituyen un matrimonio o cuyos partos se entienden figuradamente cercanos a él. Nadie hasta ahora había hablado de “marentela”, “marentesco” y “enmarentar”, que tampoco procederían de mater sino de una inexistente oposición etimológica con parentis.

Ahora bien, las familias monoparentales están formadas en un 82% por mujeres solas con sus hijos. Este dato invita a crear una palabra que resalte tan amplio porcentaje, y compartimos el descarte de la alternativa “monomaternal” (que significaría “con una sola madre”) porque la mayoría de las familias de dos progenitores cuentan también con una sola madre: un padre y una madre forman una familia monomaternal y a la vez monopaternal, pero no monoparental. Y supongo que al desecharse “monomaternales” surgió la malformación “monomarentales”.

¿Cómo resolver todo esto? Tal vez, acudiendo a los recursos propios de nuestra lengua: “familia solomaternal” o “familia solopaternal”. Puestos a inventar, estas opciones tendrían al menos cierta lógica y serían transparentes al entendimiento. Ambas comunican que se habla de una familia encabezada por uno solo de los dos hipotéticos parientes principales.

“Solomaternal” y “solopaternal” pueden convivir con el genérico “monoparental”. Porque tan pariente es la madre como el padre (incluso más, pues ella pare y por tanto es la pariente). Por si fuera poco, “pariente” ni siquiera necesita variación de género: “esta pariente mía es cariñosa”, “este pariente mío es cariñoso”.

Y sí, ay, empieza por p. Pero confiamos en haber convencido a estas alturas a la policía inclusiva de que la letra p no ha hecho nada malo y de que, por tanto, se le debería retirar la denuncia.

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Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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