El largo camino hacia el consumo eficiente

Industria, edificación y transporte son los sectores donde urge más eficacia energética para lograr los objetivos medioambientales de Bruselas

GETTY IMAGES

Se suele decir que la energía que menos contamina es aquella que no se consume. Sin embargo, un país que produce también consume energía. Durante décadas, el gráfico que comparaba el producto interior bruto (PIB) y el de demanda energética dibujaba dos líneas que discurrían prácticamente parejas. A partir de 2015, las líneas se distancian y se produce más sin que ello conlleve un incremento del consumo eléctrico. Eso es eficiencia energética.

“La eficiencia energética es reducir el coste del consumo por unidad de explotación. Es decir, consumir cada vez menos para producir la mayor cantidad posible de productos en fábricas o de servicios en el sector terciario”, explica Míriam Dias, responsable de Efitecture, empresa experta en eficiencia energética. La necesaria implantación de medidas en este sentido es una de las condiciones indispensables para disminuir el consumo energético y cumplir así con los ambiciosos objetivos energéticos y medioambientales que ha marcado Europa, y que pasan por reducir para 2050 las emisiones de gases de efecto invernadero entre un 80% y un 95% respecto a los niveles de 1990. Para ello, según el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC), se debe llegar al 39,5% de mejora de la eficiencia energética.

“La mejor respuesta contra el cambio climático es minimizar el consumo energético. Siempre es mejor no tener que usar un recurso a tener que usarlo, aunque sea de origen renovable”, argumenta Nando Agustí, director comercial de la consultora energética Enertips. Esto es relevante ya que el camino hacia esa transición energética que implica una economía descarbonizada y neutra en emisiones pasa necesariamente por la electrificación, lo que, por ende, conllevará un aumento de la demanda eléctrica. Para que toda esa demanda pueda cubrirse con fuentes de energía renovables —como contempla para 2050 la Ley de Cambio Climático y Transición Energética— es imprescindible que se apueste igualmente por la eficiencia energética, tanto para mejorar la eficacia de las renovables como para proporcionar la flexibilidad y capacidad de gestión que necesita la demanda.

En lo que respecta a la eficiencia energética, esta nueva Ley de Cambio Climático pone el foco especialmente en materia de edificación, contemplando incentivos para la introducción de energías renovables y fomentar así el autoconsumo y los sistemas de refrigeración y calefacción de cero emisiones. En materia de vivienda, el mayor rango de mejora se señala de forma prioritaria en la calefacción y el agua caliente sanitaria, y es en esa dirección en la que se dirigen las mayores innovaciones. Entre los proyectos más relevantes en este punto se encuentran los que se refieren al almacenamiento térmico que permite conservar el calor o el frío, superando así el problema de la intermitencia tanto en la energía solar como en la eólica. Según el Estudio de prospectiva 2030-2050 de tecnologías de eficiencia energética publicado por la Plataforma Tecnológica Española de Eficiencia Energética (PTE-EE), “la aplicación de sistemas de almacenamiento, tanto latente como por reacciones termoquímicas, proporciona un 50% más de eficiencia que sistemas convencionales”.

Apuesta empresarial

Según el citado estudio de prospectiva de tecnologías de eficiencia energética, los sectores que más impacto tienen son la industria, la edificación y el transporte. Los dos últimos son en los que pone el foco la Ley del Cambio Climático, y la industria es uno de los que más apuestan por la sostenibilidad y la eficiencia energética. “La inversión en eficiencia energética ha crecido significativamente a lo largo de los últimos años”, sostiene Douglas Medrisch, director de negocios en operación de Capital Energy, que añade: “Las medidas son muy diversas y van desde el control de la iluminación o las mejoras en los sistemas de climatización y procesos industriales hasta la instalación de soluciones de autoconsumo”.

Sin embargo, uno de los grandes problemas en este sentido, tanto para particulares como para empresas, es que se contempla aún como un gasto, no como una inversión. “Es invisible y muy desconocida todavía. La rentabilidad de las inversiones supone ahorros, no mayores ingresos, y eso todavía nos cuesta entenderlo”, explica Antonio López-Nava, gerente de la Asociación de Empresas de Eficiencia Energética, que asegura que “en actuaciones completas entre la optimización de la factura y la implantación de medidas de eficiencia energética, podríamos decir que se pueden alcanzar ahorros energéticos medios en torno al 15%-20%”.

Lo fundamental para las organizaciones es saber cuánto tiempo van a tardar en rentabilizar esa inversión. “Algunas empresas descartan sistemáticamente inversiones con retornos superiores a los dos o tres años, pero hace falta valentía para generar cambios reales. Ciertas medidas se pueden rentabilizar rápidamente, pero otras necesitan la inversión y el tiempo suficientes para generar un impacto a largo plazo”, sentencia Agustí.

“Las organizaciones se están convirtiendo en organismos donde se gestiona la energía de manera inteligente y autosuficiente: autoconsumo energético, compra y venta de energía, sistemas de monitorización y control, flota de vehículos eléctricos, etcétera. Vamos camino a una mayor independencia energética y a una mayor capacidad para gestionarla”, asegura Agustí. Ese camino pasa por las nuevas tecnologías que, como en casi todos los campos, están acelerando los cambios, especialmente en lo que se refiere a la obtención y gestión de datos. De esta forma no solo se mejora la toma de decisiones haciéndolas más eficaces, sino que además pueden llegar a automatizarse, optimizando aún más el proceso; es parte de la llamada Industria 4.0. “El análisis constante de los datos, la comunicación entre sistemas y el control permiten gestionar la energía de forma cada vez más óptima y crear modelos predictivos”, sintetiza Agustí.

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