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RACISMO
Tribuna

¡No mires arriba!

¿Qué pasaría si, en lugar de ir a lo fácil, de utilizar chivos expiatorios, señalamos a los culpables, a los de verdad, del deterioro de nuestras condiciones de vida?

Varias personas miran la ciudad, con el distrito financiero de Madrid al fondo. Artur Debat (Getty Images)

Son demasiados. Hay demasiados colombianos, demasiados chinos, demasiados marroquíes, demasiados ecuatorianos. Lo leemos en canales de Telegram o en la prensa. Lo escuchamos en las tertulias, en vídeos virales de influencers. Hasta en los parlamentos resuena el eco de esta idea: hay demasiados inmigrantes. Vienen a quitarnos el trabajo y a quedarse con nosotras, prístinas mujeres de Occidente. Hay quien no se lo cree, pero algún día llegará a casa y, al abrir la puerta, verá a un inmigrante en su sofá, con el mando de la televisión y una cerveza abierta; será entonces cuando se dé cuenta de que lo han reemplazado.

A estas alturas, todas estaremos de acuerdo en que la extrema derecha cabalga sobre los bulos, la desinformación y la mentira con un objetivo político claro: evitar a toda costa que tengamos la posibilidad de trazar mapas de la miseria y la desigualdad, porque entonces salen a flote los verdaderos responsables. Ellos prefieren atajos, conclusiones simplificadas y raciones masivas de odio social, ese es el combustible (fósil) de su meteórico ascenso: azuzar el desprecio del penúltimo contra el último para que nadie ponga atención en lo que está haciendo el primero. Por eso, las teorías de la conspiración han ido ganando cada vez más peso en el debate público.

En los últimos tiempos, hay una teoría que destaca sobre las demás: la teoría del Gran Reemplazo. El hombre más rico del planeta, Elon Musk, o el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, se han subido al carro de la hipótesis siguiente: hay un plan orquestado en la sombra que pretende reemplazar a la población nativa europea, por supuesto blanca y católica, por inmigrantes procedentes de países extranjeros. En su versión castiza, personajes como Santiago Abascal o Isabel Díaz Ayuso se sirven de esta teoría para denunciar la regularización extraordinaria de personas migrantes o la Ley de Memoria Democrática decretadas por el gobierno de coalición: los chinos, ecuatorianos o marroquíes vienen a sustituirnos, a forzarnos a llevar velo y a celebrar su folclore extravagante.

Así es como los discípulos de Trump en España agitan el avispero del miedo al otro, al que viene de fuera. Es un miedo útil porque orienta la mirada, nos invita a que busquemos culpables entre los que nos rodean, los que nos pillan más a mano. Por eso, yo me pregunto: ¿qué pasaría si, en lugar de ir a lo fácil, de utilizar chivos expiatorios, señalamos a los culpables, a los de verdad, del deterioro de nuestras condiciones de vida? ¿A dónde llegaríamos si vamos tras las pistas de un desahucio? ¿Qué pasaría si, en lugar de mirar hacia el que tenemos al lado, miramos hacia arriba?

Aquellos que nos están negando la posibilidad de disfrutar de nuestras ciudades y nuestros barrios no son las personas migrantes que dejan atrás todo lo que tienen para, con muchísimo esfuerzo, labrarse un futuro para ellos y su familia. Hace poco supimos, por ejemplo, que las viviendas pertenecientes al parque público de Madrid que Ana Botella malvendió a Blackstone en 2013 hoy van a ser revendidas a otro fondo buitre muy por encima del precio al que se compraron; a lo que habría que sumar que otro fondo de inversión llamado Nestar compró en 2010 630 viviendas públicas que ahora busca vender con un incremento del precio de un 600 %. Todo ello, además, con sus inquilinas dentro, lo que supone una incertidumbre brutal y una mayor exposición a la posibilidad de sufrir un desahucio.

Otra situación que ilustra a la perfección quiénes son los responsables del expolio y la desdicha en la ciudad de Madrid es la del actual Duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo. Entre los bloques que rodean el palacio de Liria, más de ochenta vecinos van a ser abandonados a su suerte por la decisión unilateral de la Casa de Alba de reconvertir los hogares en pisos turísticos. Decenas de familias, algunas de ellas con ancianos y personas con discapacidad a su cargo, arrojadas a la selva del mercado inmobiliario por el capricho y la avaricia de una figura anacrónica y la connivencia del alcalde de Madrid.

Con esto y con todo, Santiago Abascal y algunos de sus vástagos como Carlos H. Quero van a seguir insistiendo en que la culpa es del que va contigo en el metro, del dueño del bazar de la esquina o de tu vecino del cuarto que tiene acento latino. Pero… ¿Y si a partir de ahora, en lugar de mirar hacia el lado, miramos hacia arriba? A lo mejor nos damos cuenta de que son otros los que son demasiados.

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