Te conocí en un portal

La falta de luz, las continuas corrientes de aire o la dejadez son parámetros de cultivo que acompañan en no pocas ocasiones a las plantas de los portales

Las plantas de Rubén Alves, en el barrio de Malasaña. R.A
Las plantas de Rubén Alves, en el barrio de Malasaña. R.A

Los portales de las casas son un complejo ecosistema dentro del mundo de la jardinería. Todos hemos pasado alguna vez por alguno, con sus peculiaridades: más o menos grandes, más o menos luminosos, más o menos decorados. Dentro de ellos, y al eco de las pisadas, surgen historias y encuentros, conversaciones rápidas o monólogos agotadores. Las cartas se ordenan en los buzones, con noticias de multas, notificaciones o publicidad, puesto que las misivas personales se convirtieron en una especie amenazada, al borde de la extinción. Y puede que un espejo refleje unos ojos somnolientos camino del trabajo.

Muchas veces, una planta nos despedirá silenciosamente al pasar, deseándonos buena compra. Así es, puesto que en estos espacios es muy habitual encontrarnos con plantas dulcificando el entorno. Surge la sorpresa de ver hojas y tallos de especies que luchan por sobrevivir, en un recinto a veces hostil. La falta de luz, las continuas corrientes de aire o la dejadez son parámetros de cultivo que acompañan en no pocas ocasiones a las plantas de los portales. En algunos casos, tienen la fortuna de contar con una persona concreta que se encarga de su cuidado, y entonces lucen más contentas.

Antonia Ledo con sus plantas en Madrid.
Antonia Ledo con sus plantas en Madrid.

La especie que se atreva a crecer en estas habitaciones de tránsito ha de contar con una resistencia natural muy alta a situaciones de estrés. La baja iluminación es el primer condicionante para que las plantas puedan crecer en un portal. Esta luz suele ser, además, unidireccional, y proviene de la puerta principal, pero ha de ser lo suficientemente intensa para que la planta pueda tener energía para realizar su fotosíntesis. Otro factor de estrés suele ser la falta de agua. Menchu García, vecina del barrio de Chamartín, comenta cómo una vecina se quejaba de que una de las plantas del portal, una calatea (Calathea spp.) yacía aplastada “porque alguien se había sentado encima de ella”. Lo que realmente ocurría, según nos cuenta Menchu, es que le faltaba agua, y la exhausta planta había abierto sus hojas, deshidratada. “Hasta había un vecino que pensaba que era de plástico, y hasta que no cortaron una hoja no creyeron que era una planta de verdad”.

Anécdotas como esta las hay en cada uno de estos lugares de paso, asépticos cual pasillo de hospital. Si alguno de los inquilinos del inmueble tiene mano verde, es posible que las plantas empiecen a crecer también por los rellanos de la escalera. Rubén Alves, un apasionado de las plantas del barrio de Malasaña, nos habla de la cantidad de fotos que ha visto hacerse a los amigos y familiares de sus vecinos con las plantas con las que ha repoblado el rellano de su casa, una auténtica selva. “Dan calidez a un espacio impersonal, y me gusta cuidarlas todos los días”, puntualiza. Entre sus favoritas, destaca la oreja de elefante (Alocasia macrorrhizos) y la costilla de Adán (Monstera deliciosa). “Los vecinos suelen pedirme consejo y esquejes. Aunque la persona sea una asesina de plantas, acaba por cogerle el gusto a esto de cuidarlas”, comenta divertido.

Hay unas cuantas especies que son unas habitantes clásicas de estos lugares comunes: cintas (Chlorophytum comosum), hiedras (Hedera helix), filodendros (Philodendron spp.), ficus (Ficus spp.), amor de hombre (Tradescantia spp.), potos (Epipremnum aureum), troncos de Brasil (Dracaena spp.) o incluso aguacates (Persea americana). “Sembré un hueso de aguacate al poco de entrar a vivir aquí”, nos dice Antonia Ledo sobre su nueva etapa en su piso de El Escorial, donde se vino a vivir para tener el arte de Tiziano y del Greco cerca. Su rellano luce varias de estas especies clásicas, además de libros, que ha puesto para que los vecinos puedan disponer de ellos a su antojo. “El aguacate es quizás mi planta preferida, por lo que simboliza para mí. Los vecinos están encantados de ver las plantas, hasta los carteros se asombran al verlas crecer en el rellano. Mis amigos me dicen que, allá donde vaya, creo un vergel”. Son pequeñas historias de amor hacia las plantas que surgen en los rincones más insospechados.

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