Rosario murió sola en Galicia, pero inspiró una novela en Brasil

La escritora Marcela Dantés publica ‘Nem sinal de asas’ después de leer en la edición brasileña de El País la noticia del hallazgo del cadáver momificado de una coruñesa, fallecida cinco años antes en un piso de un enorme edificio de inquilinos

Esquema biográfico de Anja, protagonista de la novela 'Nem sinal de asas', pergeñado por Marcela Dantés en agosto de 2017.
Esquema biográfico de Anja, protagonista de la novela 'Nem sinal de asas', pergeñado por Marcela Dantés en agosto de 2017.M. Dantés (Twitter)

Primero descubrieron el cuerpo seco de Rosario Otero, y 11 meses después, el de Amparo Plaza. Una llevaba al menos cinco años muerta. La otra, unos cuatro. En un enorme bloque de inquilinos a las afueras de A Coruña o en una decrépita casa encajonada entre edificios más nuevos en un barrio de Valencia. Las dos estaban tendidas en el suelo y momificadas, y a las dos les sobrevino la muerte mientras estaban de pie. Rosario en el pasillo. Amparo en la cocina. Habían fallecido solas, por causa natural, y nadie las echó en falta. Sus vidas no importaban a nadie, ni a sus arrendadores, ni a la compañía eléctrica, ni a la del agua, mientras hubo en sus cuentas bancarias dinero para pagar las cuotas domiciliadas. En su sigiloso tránsito, ni Rosario ni Amparo podían imaginar que darían pedacitos de su alma a un personaje novelesco, Anja Santiago, una mujer que, como ellas, pasa de puntillas por la vida y muere completamente sola, derrumbada sobre su raída alfombra azul. Cuando la encuentran, la delgadez y el aire acondicionado funcionando durante años han desencadenado en su cuerpo un proceso de momificación. Con un océano de distancia de por medio, también las españolas habían aparecido así.

Anja, la figura central de Nem sinal de asas (Ni rastro de alas, Editora Patuá, São Paulo) nace (y muere) porque su creadora, la escritora Marcela Dantés (Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, 1986), se topó con la historia de Rosario en la web de EL PAÍS Brasil. La autora empezó a dar vida a su criatura en agosto de 2017, poco después de que la Guardia Civil de A Coruña entrase en el 2ºC de un inmueble forrado de ladrillo, con 130 apartamentos y muchos portales, del municipio coruñés de Culleredo. Hacía mucho tiempo que la boca del buzón se había atragantado con publicidad y recibos y que el Peugeot 206 de Rosario, estático en la plaza 104 del garaje, había olvidado su color bajo un caparazón de polvo. Hasta que acabó reparando en ello la humana vecina del 3ºD, Emilia. Y un día que se sintió con fuerzas, en la convalecencia de su propia enfermedad, se acercó al cuartel con su marido, José María, a denunciar la ausencia de alguien con quien en vida apenas había mediado palabras.

Edificio de Culleredo que habitaba Rosario Otero Vieites. Las cuatro ventanas centrales se corresponden con su piso.
Edificio de Culleredo que habitaba Rosario Otero Vieites. Las cuatro ventanas centrales se corresponden con su piso.

El sargento de la Guardia Civil que trabajó en aquel hallazgo recuerda que, al recibir la denuncia, creyeron que se trataba de una desaparición y lo primero que hicieron fue consultar en la base de datos del Servizo Galego de Saúde. Resultó que la última cita médica de Rosario tenía fecha de 2010. No hallaron familiares próximos que pudiesen dar pistas, ni encontraron en su propia base de datos sobre cuerpos sin identificar ningún cadáver anónimo que pudiera coincidir con el suyo. Además, el dinero ahorrado en la cuenta bancaria que compartía con su madre se había ido agotando y hacía poco le habían cortado el suministro de electricidad y de agua. Todavía, relata el agente, “no se descartaba nada: ni accidente, ni desaparición ni un suicidio en el que no se hubiera hallado el cuerpo”.

Así que se decidieron a entrar. Con una orden judicial, ese mismo día un cerrajero abrió la puerta del 2ºC y “la primera señal” de que algo le había pasado a la mujer en su propia casa fue que “la cerradura de la puerta estaba bloqueada por dentro” con la llave. El cuerpo desmoronado de Rosario, nacida en 1961, divorciada y ya sin seres queridos, apareció “boca abajo” en el corredor. “Estaba en zapatillas, vestida como de andar por casa. Supuestamente se desplomó cuando, al sentirse mal, intentaba llegar al cuarto de baño”. Según la Guardia Civil, ocurre muchas veces que las personas que aparecen muertas en sus domicilios se caen “camino del baño” y, sin nadie que les ayude, “ya no se levantan”.

Los agentes que entraron, dos con uniforme y dos vestidos de paisano, enseguida descartaron la posibilidad del suicidio porque en toda la casa, que estaba ordenada y con las ventanas cerradas, pero cubierta de polvo de muchos años, “no se halló ninguna nota o carta de despedida, ni tampoco un blíster vacío que indicase la ingesta masiva de fármacos”. El forense llegó después, y ni en el piso ni luego en la autopsia encontró señales. La comida de la nevera, ya sin corriente, estaba “totalmente estropeada”. Y en un mueble apareció el “certificado de cese” de su último trabajo.

Borradores de 'Nem sinal de asas' y un artículo sobre el hallazgo del cuerpo de María Amparo Plaza en Valencia.
Borradores de 'Nem sinal de asas' y un artículo sobre el hallazgo del cuerpo de María Amparo Plaza en Valencia.M. Dantés (Twitter)

Rosario -según recuerdan los vecinos una “mujer bajita” que aparentaba más edad porque “vestía como una señora mayor”- no tenía empleo fijo. Hacía sustituciones como auxiliar administrativa cuando la llamaban para cubrir bajas laborales de funcionarios. La última había sido en la delegación de la Consellería de Facenda en A Coruña. Dejó aquel empleo temporal el 7 de abril de 2011, y esta fecha es la última referencia vital que se halló. La investigación concluyó que había fallecido cuando tenía unos 50 años, entre 2011 y 2012. Y luego el Ayuntamiento se hizo cargo de recoger sus cosas, su ropa, sus fotos. E incineró sus restos, porque en tres días ningún pariente reclamó su cadáver.

Rosario, lo mismo que Anja, había vivido como una sombra que pasa pegada y doblada entre la acera y la pared. Sin hacer ruido, sin dejar rastro, y sin deslumbrar. Las dos, una en Galicia y otra en Brasil, habitaron su última morada con sus respectivas madres viudas, Jesusa y Dulce, y las sobrevivieron muy poco tiempo. Nem sinal de asas es la primera novela de Dantés, después de su libro de cuentos Sobre pessoas normais. A Anja, resume la presentación de su nueva obra, “no le gusta mucho la gente, ella incluida”. Y además detesta su nombre, escogido por su progenitora: el femenino de anjo (ángel) es un auténtico disparate, defiende la protagonista. “Porque todo el mundo sabe que los ángeles no tienen sexo”.

Casi un año después de leer la noticia sobre Rosario y con la novela ya hilvanada, Dantés se encontró en el periódico con otro hilo para bordar su relato: el caso de Amparo, una anciana nacida en Valencia en 1940 y hallada en 2018, momento en que se calculó que llevaba cuatro años fallecida y en estado de momificación. Amparo compartía con Anja el gusto por el tabaco. Cerca de su desvencijada vivienda, en el barrio de El Cabanyal, había un estanco y una farmacia, pero ella prefería alejarse un poco para comprar cigarrillos y medicinas.

La protagonista de la novela tiene también una “inmensa voluntad de ser invisible”, describe Dantés. Un fantasma del que no hay señales durante al menos un lustro.

Disseram que ela tava morta há pelo menos cinco anos. Coitada. Ninguém deu falta da mortinha. Ninguém procurou por ela, nem disse que tava desaparecida ou fez um daqueles cartazes que são todos iguais, a foto e o desespero” (Dijeron que llevaba por lo menos cinco años muerta. Pobre. Nadie la echó de menos. Nadie la buscó, nadie dijo que estaba desaparecida o hizo uno de esos carteles que son todos iguales, la foto y la desesperación).

“Y ahora, muy cerca del día de su muerte, ella ya no sale de casa, porque no lo necesita, porque ya compró tabaco suficiente para cinco moribundos”.

El borrador de Dantés tuvo antes otros títulos: Da cor do fundo y Alguém que me diga que morri. A diferencia de las españolas, su reencarnación brasileña de papel y tinta se gana la vida cuidando ancianos y además tiene un gato, sabio y gris, llamado Rinoceronte. Pero los tres cuerpos, como otros muchos muertos en “aplastante soledad”, dice Dantés, quedan esperando en el mismo escenario de su vida a que alguien, en algún momento, recuerde que algún día existieron. “Morrerá como viveu: sem precisar de ninguém. E morrerá ali, seu lugar favorito no mundo”, escribe sobre su personaje. “Anja levava a vida na ponta dos pés”. “Era algo que llevaba dentro de ella, desde muy pequeña, una soledad incorregible y áspera”.

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