Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La culpa no es del independentismo

PP y PSOE pagan ahora su incapacidad para afrontar el agotamiento del bipartidismo que estaba asfixiando el sistema sin que nadie osara abrir puertas y ventanas

Pablo Casado junto a Isabel Díaz Ayuso, en junio de 2021 en Madrid.
Pablo Casado junto a Isabel Díaz Ayuso, en junio de 2021 en Madrid.Kike Para

¿La crisis del PP tiene alguna relación con Cataluña y con el conflicto catalán? Algunas voces pretenden atribuir la debacle de la derecha y el ascenso de Vox a la larga cadena de efectos del procés, coartada para todo dislate.

Es cierto que Cataluña ha sido uno de los primeros territorios en que el PP ha entrado en barrena. De hecho, después del período en que sostuvo la mayoría parlamentaria de Convergència bajo la presidencia de Artur Mas, el PP ha ido a la deriva hasta el desastre final con el sorpasso de Vox en el Parlament y el solitario escaño de Cayetana Álvarez de Toledo en el Parlamento español. Y es cierto también que Vox ha encontrado en el conflicto soberanista un terreno abonado para dar rienda suelta a su patriotismo fascista y xenófobo, robando el voto más radical tanto a los populares como a Ciudadanos. Cuando las situaciones se tensan, los más aguerridos prefieren el modelo a la copia. Y Ciudadanos y PP fotografiándose con la extrema derecha contribuyeron poderosamente al crecimiento de Vox.

Pero esto es todo. Nada permite presagiar que Vox en Cataluña pueda condicionar mayorías de gobierno como en España. Seguirá dando batalla, pero siempre desde la marginalidad. Y que Vox haya capitalizado el conflicto soberanista no quiere decir ni de lejos que este sea la causa de que el PP esté hecho trizas.

Hay razones de fondo. Algunas las vemos en la escena internacional. No es una singularidad de España: el crecimiento de la extrema derecha y la radicalización de la derecha tradicional va por barrios. Y la diferencia de alcance entre países está en la solidez de los regímenes y en la capacidad de los líderes de la derecha de contrarrestar su influencia sin hacer concesiones. Vox es parte de los alarmantes signos de los tiempos, en que el dinero no hace ascos al autoritarismo. Pero si aquí la derecha lo sufre más, es porque la izquierda ha resistido mejor que en otros lugares. De modo que el primer culpable de la desgracia del PP es el propio PP: al que el mandato de Rajoy se llevó por delante entre la inacción para encauzar políticamente el conflicto catalán y la incapacidad de afrontar la realidad de un partido asolado por la corrupción. Y dejó vía libre a Pedro Sánchez, que había resucitado al PSOE con el golpe democrático que desplazó a la vieja guardia. Y hay también razones miserables: la pugna de egos entre personajes (Casado y Ayuso) que no dan la talla que la responsabilidad exige. Prueba incontestable de la debilidad del partido.

PP y PSOE pagan ahora su incapacidad para afrontar el agotamiento del bipartidismo que estaba asfixiando el sistema sin que nadie osara abrir puertas y ventanas. El independentismo, como Unidas Podemos o como el propio Vox, se colaron por la brecha. El monopolio bipartidista se acabó. No hay regreso al pasado. Y hay que reformar el régimen en consecuencia.

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