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'caso koldo'
Opinión

Ábalos y Koldo, una aproximación psicológica al origen de la perdición

“Yo necesitaba un conductor que aguantase mis horarios: 24 horas conmigo”. Y empezaron los dos, como en una novela de Patricia Highsmith, a unir sus destinos

Captura de la señal del Tribunal Supremo en la que aparece el exministro José Luis Ábalos durante su declaración, este lunes. Señal del Tribunal Supremo (EFE)

José Luis Ábalos rodeó, en la primera pregunta de su interrogatorio, el asunto capital que afecta al juicio. El encuentro de dos seres humanos desconocidos, él y Koldo García, que es siempre el encuentro de dos inteligencias (altas, medianas o bajas, tanto tiene) que empiezan a rozarse primero, a conocerse después y, finalmente, a establecer una profunda relación entre ellas. Con un aliciente extraordinario, que es el de su ámbito de trabajo: el poder y todo a lo que da acceso.

Se trata de una relación, en su caso, condicionada por el poder de Ábalos y la situación de desempleo en la que estaba Koldo cuando Ábalos lo conoció; esto es, una relación que nace viciada en términos de igualdad. Pero, igual, una relación fascinante.

Mano sobre mano en la mesa, gafas colocadas al revés sobre un montón de papeles, traje azul oscuro y camisa azul clara sin corbata, el exministro explica cómo, en su recién estrenada tarea de secretario de Organización, necesitaba un conductor para sus muchísimos viajes con horarios tan exigentes que no podía ser un chófer convencional sino “un conductor que aguantase mis horarios” (lo que quiere decir Ábalos es básicamente que su conductor no podía estar dentro de ningún convenio sindical). “Me acompañaba 24 horas al día”, resumió por fin. Y no sólo quería un conductor, sino alguien que hiciese militancia. “Tenía que recomponer el partido”, dice Ábalos al tribunal.

Se habían presentado en las primarias de 2017. Allí se conocieron superficialmente. Cuando Ábalos necesitó a un conductor entregado, Santos Cerdán le habló de su viejo amigo Koldo García. Es fácil imaginar el primer viaje. Dos hombres estudiándose, uno sentado delante y otro detrás. No en un viaje como el que cualquiera podría hacer en taxi, sino el primero de muchos y a lo largo de toda España, quién sabe por cuánto tiempo.

Es fácil también sospechar los días previos en casa de Koldo García y su mujer Patricia Úriz, las conversaciones entre ellos sobre las posibilidades que se abrían al compartir tanto tiempo, en un espacio tan pequeño, con el todopoderoso número dos del PSOE, una vez que el partido llegara al Gobierno. Koldo no iba a ser un chófer sin más. Iba a ser un militante activo, de hecho ya lo era: Pedro Sánchez le había dedicado un post en Facebook en 2014. Y este Ábalos, ¿será majo, se enrollará? Por retraído que sea el poderoso, por huraño que sea, ¿acaso estando 24 horas con otro hombre, aunque no sea de su condición, y muchas de esas horas en el habitáculo de un coche, no termina por abrirse un poco? “Somos seres humanos, no pulpos, Patricia, necesitamos contacto”, podría rebatir.

Pero no era Ábalos el tímido de la fiesta, el esquivo, el tipo adusto y envarado para el que los subalternos son cuerpos generados por la IA. Sociable, festivo, dicharachero, un tipo que se roza con el mundo, que no atiende a etiquetas; la clase de hombre que, viajando en primera clase en el Titanic por las cosas de la vida, sabe que la verdadera fiesta, la fiesta desatada y moralmente relajada, está siempre abajo, donde los desheredados. Los que mueren primero si el barco se hunde.

Lo interesante del delito (a nivel estrictamente humano, que no coincide con el judicial) es el momento en que un hombre empieza a valorar salirse de la ley. Ese instante en que un tipo como José Luis Ábalos, que lo tiene todo, pretende jugárselo por un poco más. Es lugar común en el PSOE y aledaños que Ábalos elevó tanto su nivel de vida que no bastaba ya con lo que buenamente se podía hacer dentro de la ley, sino que había que buscar más allá. Pero a veces uno no puede saber nada de lo que ocurre en los rincones más oscuros de la cabeza, a veces ni siquiera el propio dueño de esa cabeza.

Lo cierto es que Koldo García y José Luis Ábalos empezaron a conocerse de verdad en la carretera, suponemos que en medio de los silencios de estupor que provoca siempre la meseta (decía Quico Cadaval, el bueno, el gallego, que un riazor blues se despertó cuando iban a Madrid a la final de Copa, miró a los lados asombrado y dijo: “Aquí sí que baja la marea”).

Desconozco qué escena peliculera de tensión se produjo entre Koldo y Ábalos cuando ambos empezaron a entender, según iban hablando, según sus inteligencias iban explorando a la otra para encontrar puntos de convergencia, que podían llevarse bien. Que incluso (y esto es lo que distingue las verdaderas relaciones de amistad) podían compartir un secreto. Pero no hay duda de que, antes de las primeras grandes revelaciones, se produjo un silencio. Un silencio en el que ambos mastican lo que van a decir. Cuando alguien te dice que le resultas atractivo, y tú respondes que la atracción es mutua, hay automáticamente un silencio tenso. Un preámbulo que anticipa que uno de los dos, quien sea, debe dar un paso más, el paso decisivo. Pero hay que darlo, y no es fácil. El silencio es la carrerilla. ¿Y quién se moja después, a pesar de las pistas, para pedirle una cita a alguien, plantearle un delito, ofrecerle un bísnes?

Hace muchos años, Juan Marsé concedió una entrevista impresionante a Arcadi Espada en EL PAÍS en la que contó cómo su padre biológico, taxista, había perdido a su mujer en el parto y no sabía qué hacer con el crío, y cómo se subió a su coche en el hospital un matrimonio que había perdido al bebé. Se contaron qué tal todo y, al saberlo, se quedaron callados. “Supongo que entonces, después de los consuelos mutuos, habría unos segundos, o incluso unos minutos de silencio. Esto de las novelas”. Claro.

Tuvo que haber muchos silencios de esos en el coche que Koldo García conducía llevando al ministro Ábalos por España adelante. Quién dice qué primero aún sabiendo que el otro está por la labor.

Esa relación se afianzó hablando, fueron entendiendo que les unía algunos intereses ociosos supongo que hablando en determinadas claves, explorándose con el lenguaje y el humor para estudiar reacciones a asuntos cada vez más espinosos. También sin cometer delitos se necesitan confianzas extremas para engañar juntos a sus parejas, correrse juergas, pasarse catálogos de chicas, consensuar versiones sobre esto y lo otro. No se hace entre desconocidos o gente con la que no tienes una confianza absoluta. Y para crear eso, sus inteligencias se evaluaron, se frotaron, se empezaron a compenetrar, si bien con algunas cláusulas: Koldo García, por ejemplo, empezó pronto grabarlo todo. Uno nunca sabe, hasta que sabe.

A falta del tercer elemento, el corruptor Víctor de Aldama, sentado con ellos en el banquillo, esa relación entre Ábalos y Koldo es lo verdaderamente interesante de este juicio. Al menos a ojos de quien quiere comprender, siquiera un poco, la condición humana. Aldama es lo que es y lo que presume ser y lo que él mismo ha dicho al tribunal: sobornar y coger. Pero los sobornados, esos dos amigos contra natura que hasta en el Supremo han exhibido su sintonía, confesándose cosas, sincronizando estrategias, exigen una exuberante atención.

El jefe y el subordinado, igualados en el banquillo y en la cárcel. “El señor Ábalos era un hombre que tenía muchísimo trabajo y yo me encargaba de las cosas mundanas para que él pudiera dedicarse a lo importante”, dijo Koldo: “Yo estaré toda la vida, toda, agradecido al señor Ábalos”. En cuanto a Ábalos, dijo se llevó a Koldo en cuanto pudo al ministerio, pasó de chófer a asesor y, más tarde, a consejero de Renfe. ¿Qué formación y conocimiento tenía Koldo para estar en el Consejo de Administración de Renfe Mercancías? Sonríe Ábalos al fiscal Alejandro Luzón. “Mire, el requisito para estar en un consejo es la confianza de quien te nombra. Pero esto con todo el mundo, ¿eh?”.

José Luis Ábalos dice en el Tribunal Supremo que como conductor, Koldo tuvo una parte activa en su “intimidad” y su “vida personal”. Por lo que se generaron “vínculos singulares”. La novela de Ruth Rendell o Patricia Highsmith está aquí, no está en ningún otro lado de la sala. En El amigo americano, Highsmith relata cómo su psicópata Tom Ripley, por persona interpuesta, seduce a Treeves, un hombre débil y vulnerable, para que cometa un crimen. Pero Treeves, como su mujer, era un hombre recto e íntegro, de fuertes principios . “Lo cual quería decir que era un hombre al que se podía empujar en cualquier dirección; bastaba con hacerlo de manera inteligente”.

Pasa en las mejores novelas de Highsmith. Hombres aparentemente rectos e íntegros a los que, con un poco de inteligencia, se puede empujar en cualquier dirección. Valores incorruptibles porque nadie ha sabido hacer la oferta adecuada. Padres de familia de vida intachable que terminan, cien páginas después, matando a alguien en una estación llena de gente de la manera más natural del mundo, y sin apenas culpa.

Hay un drama interno y lógico en la relación entre José Luis Ábalos y Koldo García, por más que se presenten en condiciones de igualdad. Uno empujó más que el otro. Y si el que los empujó fue Aldama, uno de los dos se dejó empujar más que el otro. ¿Quién? Quién sabe. En ese pequeño desnivel, en ese mínimo desequilibrio psicológico entre los dos, que les ocurre a ellos y a nosotros en nuestras relaciones de amistad, está el secreto casi indescifrable que lleva al “por qué”. Que es siempre la pregunta más curiosa, por tanto más humana, de todas.

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