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Montecassino. Un viaje a la capital moral de Europa

“¿Es bonito Montecassino?”, me preguntan. Es algo más importante que bonito. Como todas las tumbas, es sagrado

La abadía de Montecassino, en Italia, el 18 de mayo de 2022. Grzegorz Galazka (Mondadori Portfolio / Getty Images)

No es fácil llegar a Montecassino. Tiene su lógica: a los monjes que, allá en el siglo VI, fundaron la abadía, les preocupaba apartarse del mundo más que fomentar el turismo rural. Hay un tren de puntualidad intermitente que, en un par de horas, nos deja a tiro de taxi siempre que uno tenga la suerte —rara— de encontrar taxista. Coger ese tren ya vale la pena. Cuando, en la posguerra, el escritor Guido Piovene recorre cada ciudad de Italia y cada pueblo, anota que ninguna otra región tiene...

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No es fácil llegar a Montecassino. Tiene su lógica: a los monjes que, allá en el siglo VI, fundaron la abadía, les preocupaba apartarse del mundo más que fomentar el turismo rural. Hay un tren de puntualidad intermitente que, en un par de horas, nos deja a tiro de taxi siempre que uno tenga la suerte —rara— de encontrar taxista. Coger ese tren ya vale la pena. Cuando, en la posguerra, el escritor Guido Piovene recorre cada ciudad de Italia y cada pueblo, anota que ninguna otra región tiene la amplitud de paisajes que tiene el Lacio. Italia adentro, hacia un valle adosado a los Apeninos, donde el mar se reduce a mera hipótesis, esa observación se vuelve exacta.

Piovene emprendió su viaje en un momento en que Italia convivía a la vez con los escombros y el Plan Marshall. Era 1957. Y ambas huellas pueden leerse en la ciudad de Cassino de 2026. Por un lado, carece de esa gracia antigua, con sus iglesias y sus plazas, que cabría esperar de cualquier población italiana de su tamaño. Por otro, cuenta con equipamientos —pienso en la Universidad— que en virtud de ese mismo tamaño tampoco le hubieran tocado. Nada más salir de la estación, la abadía reluce, enorme, desde lo alto de una montaña sobre la ciudad y sobre el valle. Esto también tiene su lógica: los monjes querían apartarse del mundo, pero no sin dejar constancia visible de su fe.

Cuando, cansado de las vanidades de Roma, Benito de Nursia alza aquí la primera casa benedictina, sabía que estaba construyendo sobre sagrado. Por esta tierra pasó Aníbal. Sobre este monte tuvo un templo Apolo. Y el tiempo le encontraría un hueco hasta en el Paraíso de Dante. Mientras el taxi sube y sube por una carretera donde los chicos de Cassino llevan décadas probando sus motos, uno se pregunta por esa ebriedad santa que parece guiarnos siempre hacia la altura. Y, a la vez, entendemos que a un lugar así se viaja menos que se peregrina: exige, si no retirarte del mundo, hacer un aparte en el camino. Quizá por eso la regla benedictina impone un deber de hospitalidad hacia los forasteros que —­quién sabe si con la vida en suspenso— dan en llamar a la puerta de sus cenobios. Que esta regla fuera, entre otras cosas, un modelo de prudencia y conocimiento del corazón humano lo prueba incluso la contabilidad: el actual abad es el 193º sucesor de san Benito.

Al llegar, un equipo de mantenimiento está retirando las últimas decoraciones navideñas. Es un día de lluvia fría. A las dos de la tarde, una docena de monjes comienza su oración. Solo un par de personas estamos en la iglesia para oír el rezo, como una salmodia en una lengua antigua. Entrecerramos los ojos, abandonados al fluir de un tiempo que nos hermana con otros que, como nosotros, la oirían en el año 800 o en el año 1600.

Montecassino no es bonito. Es demasiado grande, demasiado blanco, demasiado nuevo. La misma iglesia, en su exasperación barroca, creeríamos que se lleva poco con la desnudez de la contemplación. Resulta algo excepcional en Italia: que un gran monasterio no sea hermoso. Pero quizá lo significativo de Montecassino esté precisamente en señalar que hay verdades más hondas que la belleza. La abadía ha sido destruida cuatro veces en sus 1.500 años: por terremotos o por guerras, se ha visto reducida a cenizas cada vez que alzaba la cabeza. Pero no por eso ha dejado de alzarla todavía.

En 1944, en plena guerra, se destruyó por última vez. Seiscientos años se vinieron abajo en tres horas. Quinientas toneladas de bombas dejaron el gótico fantasmagórico de las ruinas y el deber moral de nombrar a cada muerto. A los 20 años, sin embargo, Montecassino volvió a levantarse, “como estaba y donde estaba”. Y era importante que no se alzara como si pidiera perdón, sino que tuviera, en lo posible, su grandeza. Como un pulso humano y una locura divina contra la fatalidad, no solo alzamos el templo, sino que lo alzamos en mármol. Y lo alzamos con los mismos materiales derribados: como si quisiera hablarnos de esperanza.

“¿Es bonito Montecassino?”, me preguntan al volver. Es algo más importante que bonito. Lo que desapareció, su pasado, su belleza, queda como una presencia por ausencia. Y lo que permanece importa por empeñarse en existir contra toda esperanza. No cuenta su estética, cuenta su subsistencia como testimonio del dolor y la fatalidad y la locura, pero también de la determinación con que, después de la lucha, se quiso volver a encarar la vida. “¿Es bonito Montecassino?”. Como todas las tumbas, es sagrado.

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