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Dali, el destino estrella para los turistas chinos que hay que visitar

Esta ciudad en la región de Yunnan sorprende por su recinto amurallado, las antiguas Tres Pagodas o el llamado “Muelle del dragón” en el lago Erhai. Además, quedan cerca otros atractivos de la China profunda, como Lijiang y el Valle de la Luna Azul

Vista de la ciudad vieja de Dali, en la provincia de Yunnan (China).Noa ( GETTY IMAGES )

Cuando el avión inicia la maniobra de aproximación, y va perdiendo altura, uno se pregunta dónde diablos va a poder aterrizar. Lo que abajo se ve es una selva de picachos; blancos en invierno, verdes el resto del año. Son los montes Cangshan, alguna de cuyas cimas sobrepasa los 4.000 metros. Pero sí, el avión encuentra finalmente una planicie entre las montañas y el lago Erhai, “jade puro entre montañas”. El aeropuerto está a unos 30 kilómetros de Dali, la ciudad secreta (o casi) de la región de Yunnan, en la China más profunda. También llega a Dali el tren de alta velocidad. Y es que esta ciudad pequeña (700.000 habitantes, una minucia para este país), colgada a 2.000 metros sobre el nivel del mar, es un destino estrella para los turistas chinos.

Eso, al menos, es lo que indica una gran placa de mármol incrustada en la muralla (por cierto, Dali significa, precisamente, “mármol”, siendo tan apreciado el de la zona que se usó incluso en las obras de la Ciudad Prohibida de Pekín). La ciudad vieja de Dali es un recinto amurallado, de casi seis kilómetros de contorno, con cuatro puertas monumentales abiertas a los cuatro puntos cardinales. Y calles empedradas, ordenadas en cuadrícula.

No es muy vieja (para el cómputo chino); el actual emplazamiento se remonta al año 1382, bajo la dinastía Ming, si bien hubo antes, a poca distancia del núcleo actual, dos capitales de sendos reinos: el reino Nanzhao (siglos VIII y IX) y el reino de Dali (siglo X). Fueron los Ming quienes movieron el tablero y construyeron el actual recinto. Ocupado mayoritariamente por la etnia bai; aunque también se ven por la calle individuos de alguna de las 25 etnias de la región, como los naxi, yi, hari o tibetanos. La etnia bai pertenece al grupo lingüístico tibetano-birmano, y practica un sincretismo religioso taoísta-budista-confucionista. Esa mescolanza se debe a que Dali era un cruce de caminos entre el Tíbet o Birmania y la China central.

La ciudad vieja es prácticamente peatonal y tiene como eje principal la calle que une las puertas norte y sur. Ambas puertas son torres o pagodas de varios niveles sobre el arco de piedra que sirve de entrada a la ciudad. Son una puerta, pero sobre todo un símbolo de poder; se puede visitar su interior palaciego, y contemplarlas de noche, iluminadas, es todo un espectáculo. Las calles principales ya no están orilladas de viviendas, sino de tiendas de ropa o artesanía, puestos de comida y bebida, restaurantes refinados y pequeños hoteles con encanto y sosiego garantizados.

Aunque también en las calles del casco viejo reina la animación, es a su alrededor donde ha ido creciendo la urbe moderna, con algunos edificios de arquitectura de vanguardia. También están en la periferia notables reclamos turísticos. En el parque de un barrio, a unos cuatro kilómetros, están las llamadas Tres Pagodas. Son tres torres que formaban parte del templo Chongsheng, fundado en el año 825 y destruido en la época Qing (la última dinastía imperial, que llegó al siglo XX). La pagoda central y más alta, con 16 pisos, alcanza los 70 metros de altura. La flanquean otras dos torres posteriores y algo más bajas, de 10 pisos. Aunque ahora se trata de una mera atracción turística, con previo paso por taquilla, conmueve ver a los visitantes locales detenerse ante una especie de altar en la explanada, juntar las manos, cerrar los ojos e inclinarse para hacer sus oraciones.

Pero el gran foco turístico de Dali está en el llamado “Muelle del dragón”, en la ribera oeste del lago Erhai, al que se llega en bugui, en taxi o en bici. Antiguamente, este lago de aguas traslúcidas era un coto para la pesca tradicional con cormorán. Hoy el bullicio, en cualquier día y hora, es el de una feria o romería. Algún turista occidental se ve, pero son sobre todo visitantes chinos, que vienen de todas partes con un único objetivo: hacerse la foto. No una foto cualquiera: la costumbre (en toda China) es hacerse una fotografía vestidos con traje y tocado regionales. Las chicas jóvenes suelen llevar no solo al fotógrafo, también a un estilista que las atuse y dé el último toque para una buena imagen para las redes sociales. También se hacen fotos los novios, a veces varios meses antes de la boda, para que el día del feliz enlace cuelguen ya las imágenes en los muros de la casa. El pueblo o barriada que respalda a este muelle está plagado de tiendas donde se vende o alquila el traje y el tocado; hay incluso locales especializados para peinarse y maquillarse.

En el muelle aguardan pequeños barcos para quienes prefieran navegar por el lago. Por ejemplo, para visitar la diminuta isla de Putuo, ocupada por un templo de época Ming. También es posible recorrer en coche o bici las márgenes lacustres, en una ruta turística de algo más de cien kilómetros (el lago mide unos cuarenta kilómetros de norte a sur, y unos cuatro de ancho). Uno de los pueblos ribereños con mayor encanto es Shuanglang, cuyas calles en cuesta están orilladas de restaurantes, con los peces vivos en cubos sobre la acera, y con un precioso hotel que moja los pies en el agua.

Algo más alejada de Dali, a unos 25 kilómetros, está la aldea de Xizhou, que conserva notables muestras de arquitectura tradicional bai, con tejados grisáceos de ángulos revirados y muros blancos adornados con cenefas de dibujos florales o paisajes. Este pueblo es célebre por sus telas teñidas o batiks de color azul índigo. Hay tiendas por todo el pueblo y en algunos patios se puede ver cómo se lleva a cabo el proceso artesanal de tintado por reserva, anudando la tela antes de sumergirla en la tina.

Excursiones obligadas

Eso sí, a Dali le ha salido una seria competencia turística a unos 150 kilómetros de distancia (que en China no es nada). Se trata de la ciudad de Lijiang, proclamada por la Unesco patrimonio mundial en 1997. Allí es la etnia naxi la que ha levantado casas casi anfibias, puesto que muchas de las calles están recorridas por canales. Aparte del reclamo nuclear del casco viejo, separado de la ciudad nueva por la Colina de los Leones, Lijiang ofrece el atractivo de dos excursiones impagables: una es la Montaña Nevada del Dragón de Jade, un extenso parque con lagos y pabellones que son pura acuarela tradicional.

La otra excursión obligada es el Valle de la Luna Azul, donde un río que proviene de los glaciares va remansando sus aguas de color lapislázuli en numerosas represas o piscinas artificiales y cascadas naturales.

El lugar es un guirigay de novios, que gastan horas en lograr la foto ideal con la ayuda de fotógrafo y estilista. También son muchos los que acuden a los restaurantes que pueblan la orilla y que ofrecen carne de yak. Cerca de allí, en un monumental escenario de roca artificial, cientos de figurantes representan un espectáculo épico sobre la historia de la nación naxi. El Espectáculo Impresiones de Lijiang es un montaje firmado por el gran cineasta Zhang Yimou —encargado también de las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008—, y pese a su grandilocuente despliegue, deja sabor a poco. Es decir, se da al espectador la dosis exacta para ansiar seguir rastreando los infinitos secretos de estas regiones remotas de la China profunda.

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