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Valle de Aosta, el diamante alpino

Tan bella como repleta de historia y planes viajeros, esta escarpada tierra fonteriza es uno de los grandes tesoros de Italia por descubrir. Poco importa el momento del año de ese hallazgo, porque siempre engancha. Incluso con la nieve en retirada

El fuerte de Bard pudo tener base romana. Hay referencias al castillo en el siglo XI. Hoy alberga el museo de los Alpes.
El fuerte de Bard pudo tener base romana. Hay referencias al castillo en el siglo XI. Hoy alberga el museo de los Alpes.ENRICO ROMANZI

Incrustado en la esquina más septentrional del mapa italiano, protegido por las cumbres más altas de Europa, y con costumbres y dialectos cuyo origen se pierden en la noche de los tiempos, el Valle de Aosta es uno de los grandes secretos de Italia. Esta región –la más pequeña y menos poblada del país– tiene todo lo que buscan los viajeros pospandemia en sus experiencias: valles y cumbres de naturaleza imponente, gastronomía de calidad y kilómetro cero, uvas autóctonas, planes de turismo activo...

Imán para el Imperio romano

La ubicación del Valle de Aosta, al que los caprichos de la historia han convertido en cuña del mapa italiano con Suiza y Francia, hizo de él un cotizado cruce de caminos desde la Antigüedad. Tras someter a los celtas que habitaban estas tierras, los romanos comenzaron a pintar el valle tal y como lo conocemos hoy, y acometieron incontables obras civiles y militares entre las que destaca Aosta, la capital de la región, que ostenta el merecido sobrenombre de la Roma de los Alpes.

Tienda de artesanía en San’t Orso.
Tienda de artesanía en San’t Orso.ENRICO ROMANZI

Rica en patrimonio romano, según muchos expertos no tiene mucho que envidiar a Roma, Pompeya y Herculano en número de restos. Sus murallas, increíblemente conservadas, la Puerta Pretoria o el Teatro Romano constituyen los hitos más destacables de ese pasado. Pero la ciudad tiene más que enseñar al viajero: las calles medievales de San’t Orso, con su bellísima colegiata, y la catedral dell’Asunta bien merecen una parada.

La época que recreó en el cine el género péplum fue solo el primer episodio de la no menos rica historia del valle: una imponente colección de castillos, villas amuralladas, torres y fortalezas hablan al viajero de la importancia –también estratégica– de la región hasta épocas tan recientes como la II Guerra Mundial. El castillo de Aymavilles, que defendía el valle de Cogne; el del Fénis, en la ruta entre Aosta y el Piamonte, y la muy visitada fortaleza de Bard, son los tres más impresionantes.

Alpes en estado puro

El túnel del Mont Blanc, la obra de ingeniería que más de medio siglo después de su construcción sigue siendo la claraboya de los Alpes al sur, tiene su boca italiana cerca de la renombrada estación turística de Courmayeur. La silueta del Mont Blanc, la cumbre más alta de Europa, con sus 4.810 metros, no es la única que pespuntea el cielo azul puro del valle: la escoltan el Monte Ròsa (con 4.638 metros), el Gran Paraíso (con 4.061) y el más icónico de todos, el Cervino (4.478 metros).

Vista de la terraza del teleférico 'skyway' Monte Bianco, que sube hasta Punta Helbronner, a 3.466 metros. Un lugar para disfrutar de la belleza del Mont Blanc.
Vista de la terraza del teleférico 'skyway' Monte Bianco, que sube hasta Punta Helbronner, a 3.466 metros. Un lugar para disfrutar de la belleza del Mont Blanc.ENRICO ROMANZI

Están marcados en rojo en las agendas de alpinistas y esquiadores de todo el mundo, pero no hay que serlo para disfrutar de estas cumbres: varios teleféricos se encaraman a ellas para transportar a los esquiadores y, también, a quienes tan solo quieren quedarse boquiabiertos con las vistas. Las mejores del Cervino se obtienen desde el complejo del Monte Ròsa, ubicado a 3.500 metros, y el SkyWay Monte Bianco, el nuevo teleférico del Mont Blanc, sube hasta Punta Helbronner, a 3.466 metros, donde aguarda una terraza panorámica circular en la que disfrutar de unas vistas espectaculares de estos colosos alpinos. Otra forma muy emocionante de contemplar la grandeza alpina del Valle de Aosta es en globo. Con razón, cada mes de febrero, el valle acoge una prestigiosa competición internacional.

Gastronomía aostana

Carnes preparadas de todas maneras, guisos, quesos, vinos y licores… la gastronomía aostana es recia, pero repleta de matices y con la calidad de los ingredientes como protagonista. Dos ejemplos: la fontina, un queso de vaca valdostana de fama internacional, y la contundente mocetta, un delicioso entrante a base de carne seca de ternera, gamuza, ciervo o jabalí que se baja con una copita de génépy –un licor de hierbas alpinas– y se remata con el café valdostano, hecho a base de café, especias y licores y servido en un único recipiente de madera con varios pitorros, uno para cada comensal.

Gastronomía en la estación de esquí de Breuil-Cervinia.
Gastronomía en la estación de esquí de Breuil-Cervinia.ENRICO ROMANZI

Los crudos inviernos del Valle de Aosta, además de moldear el paisaje y el carácter de sus gentes, definen otra característica única: sus excelentes vinos. Fueron también los romanos quienes comenzaron a plantar viñas por doquier, tanto en las extensiones más llanas como en los escarpados lienzos de piedra de las montañas. Las viñas, sostenidas por postes o por columnas de piedra, ascienden en terrazas que se elevaban por encima de los mil metros, lo que los convierte en los viñedos más altos de Europa. Los tintos son predominantes, pero hay blancos (un 30% de la producción) realmente singulares, elaborados con una uva endémica del valle, la blanc de Morgex y de La Salle.

Aquí nació el ‘perro Samaritano’

El San Bernardo ha protagonizado miles de películas, series e historietas durante décadas. Esos grandes perros lanudos que socorren a los alpinistas con su barrilito colgado del cuello no son una invención de Hollywood: tienen su cuna en el valle de Aosta.

Durante siglos−de hecho, hasta 1964, cuando se terminó de construir uno de los túneles que horadan la cordillera−, un camino ascendía desde Aosta hasta Suiza por el paso del Gran San Bernardo. En plena ascensión, un refugio construido al borde de un lago sobre las ruinas de un templo romano era atendido desde la Edad Media por unos monjes y sus perros, que socorrían así a los peregrinos y comerciantes que buscaban atravesar la frontera.

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