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Alejandro Agag vuela solo y triunfa en los negocios

El ‘yernísimo’ de José María Aznar se libera de su sombra convertido en el rey de la Fórmula E, las carreras de coches eléctricos. Vive en Londres con sus cuatro hijos, donde su esposa Ana da clases de psicología

Alejandro Agag y Ana Aznar en una fiesta del Campeonato de Formula E en Marrakesh, el 12 de enero.
Alejandro Agag y Ana Aznar en una fiesta del Campeonato de Formula E en Marrakesh, el 12 de enero. Getty Images

Ni siquiera quienes sienten prevención manifiesta hacia su suegro, el expresidente del Gobierno José María Aznar, ocultan un deje de simpatía cuando se refieren a Alejandro Agag (48 años), el joven simpatizante del Partido Popular que conquistó al jefe con su desparpajo hasta convertirse en uno de sus tres ayudantes personales. El que un día le llevaba el maletín y otro le despertaba en mitad de la noche para avisarle de que Lady Di acababa de morir en París.

Su don de gentes y la cercanía al poder le convirtieron en un imprescindible de la vida política y empresarial de la España de los años noventa. Fue elegido eurodiputado y secretario general del Partido Popular Europeo donde se centró en política monetaria y competencia sin olvidar en privado sus inquietudes medioambientales. En 2001 se enamoró y todo cambió. Así lo confesó a sus íntimos, los mismos con quienes hacía estragos en las noches de Bruselas con su labia, su sonrisa y sus hechuras de pijo internacional.

Lo malo o lo bueno, según la perspectiva desde la que se mire ahora, es que la novia (entonces todavía secreta) era la hija de Aznar. Incluso antes de esa boda con aspiraciones de ceremonia de Estado celebrada en 2002 en el madrileño monasterio de El Escorial, Agag tuvo claro que la situación era imposible. “O me casaba con Ana o me dedicaba a la política. Debí de ser el exdiputado europeo más joven de la historia”, afirma en conversación telefónica recordando una dimisión que nadie le pidió, pero que sí le aconsejó en privado su compañera de partido Loyola de Palacio, que fue ministra y después vicepresidenta de la Comisión Europea.

Alejandro Agag con los actores Justin Theroux y Elizabeth Hurley en el circuito de Marrakesh.
Alejandro Agag con los actores Justin Theroux y Elizabeth Hurley en el circuito de Marrakesh. Getty Images

Perseguido por la relación familiar con el expresidente Aznar, dio un giro radical a su trayectoria. Tras la retirada de la primera fila política no tenía ningún plan de trabajo, pero sí amigos con posibles repartidos por el mundo. Entre ellos estaban Flavio Briatore, entonces director general del equipo Benetton-Renault de Fórmula 1, y Bernie Ecclestone, presidente de la Fórmula 1 hasta enero de 2017. Agag aprovechó su ayuda y se convirtió en una esponja que se empapó del mundo de las carreras donde picó de todos los campos, desde tener un equipo en GP2 hasta pelearse por los derechos de televisión o conseguir patrocinadores. Ese terreno que abre un rentable mundo de relaciones que no conoce las fronteras y en el que Agag ha sabido moverse como pez en el agua.

La situación no era nueva para él. Hijo de un banquero belga de origen argelino, Youssef Agag, y de la cordobesa Soledad Longo Álvarez de Sotomayor, se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales por el Colegio Universitario de Estudios Financieros (CUNEF), un centro donde, además de formación, se incuban ese tipo de relaciones que van abriendo oportunidades durante toda la vida. Después siguió entrenando en el cuadrilátero político. “La política es una escuela buenísima porque en todos sitios hay juegos políticos. Básicamente se trata de tener sensibilidad. Esto es un circo con 40 o 50 actores”, explica Agag en referencia a su actual ocupación como mandamás y fundador de la Fórmula E, el campeonato de carreras de coches eléctricos que inventó de la nada y que triunfa a pesar de que hasta sus amigos más cercanos le vaticinaron un sonoro fracaso. “Hay que hacer mucha intermediación y la política ayuda para conseguir que todos rememos en la misma dirección”, afirma desde Londres, donde vive desde hace años junto a sus cuatro hijos y Ana Aznar, que da clases de psicología en la Universidad de Winchester.

Ana Aznar, Emerson Fittipaldi, Jose María Aznar, Ana Botella y Alejandro en un evento de la Formula E en Londres en 2016.
Ana Aznar, Emerson Fittipaldi, Jose María Aznar, Ana Botella y Alejandro en un evento de la Formula E en Londres en 2016. Getty Images

Ciudades como París, Nueva York, Roma, Zúrich, Pekín o Ciudad de México se han rendido a su visionaria idea de las carreras eléctricas convertidas en una equilibrada mezcla de espectáculo deportivo, plataforma tecnológica, negocio y escenario para verse y dejarse ver. Allí el dinero y las relaciones (de nuevo esa mágica palabra) juegan a cambiar el mundo y venden la imagen de la sostenibilidad al mismo ritmo que se mueve el dinero en este nuevo circo que al menos se ocupa por buscar un futuro con menos humos. Pero llegado ese momento en el que el éxito ha conseguido que haya más ciudades dispuestas a acoger la competición que fechas para satisfacerlas, España no está en los planes. “Me gusta trabajar sin ideas preconcebidas y lamentablemente en España las tienen sobre mí”, argumenta Agag.

El discípulo parece haber superado al maestro y haberse liberado de su sombra. Ahora es el rey de la Fórmula E, esa competición de bólidos eléctricos que anuncian el futuro sostenible del motor a 250 kilómetros de velocidad silenciosa y que parecen haber atenuado el ruido atronador que la política instaló en la vida de Alejandro Agag. Aunque la coletilla de yerno de Aznar sea para siempre su segundo apellido en España.

El visionario de las carreras eléctricas

Una cena en París en febrero de 2011 fue el detonante para que Alejandro Agag se lanzara a crear un campeonato de carreras para coches eléctricos. Él servía de intermediario para que se conocieran Jean Todt, presidente de la Federación Internacional del Automóvil desde 2009, y Antonio Tajani, entonces comisario de Industria del Parlamento Europeo y su actual presidente. Allí se habló mucho de coches eléctricos y Agag salió con la idea de montar un campeonato. “Todo el mundo me tachó de loco y, aunque llamé a todas las puertas, solo Enrique Bañuelos (empresario valenciano) me apoyó con financiación”, explica el fundador de la Fórmula E. Ahora las mismas dificultades técnicas que parecían hacerlo inviable son uno de sus atractivos porque la estrategia de dosificar las baterías es tan importante como la velocidad para llegar a la meta. La primera carrera se celebró un Pekín en septiembre de 2014, toda una declaración de intenciones sobre el interés del proyecto por sumarse a la preocupación medioambiental que afecta especialmente a las grandes ciudades. En mayo del año pasado Alejandro Agag hizo una oferta amistosa por 600 millones de euros para obtener el control total de la sociedad en la que participa Liberty Media, Discovery Communications, la suiza Julius Baer, el piloto Nico Rosberg, Enrique Bañuelos y la entidad china CMC Capital Partners. Sin acritud, los socios dijeron que no y que Agag continuara siendo su consejero delegado. Señal inequívoca de que se sienten cómodos y de que hay negocio y espectáculo eléctrico para rato.

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