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Capitán general

Si los militares de hace 40 años no hubieran respetado y obedecido a su compañero de armas, ¿hubiera sido posible el pacífico tránsito hacia la democracia?

El rey Juan Carlos saluda a los militares en los actos del Día de las Fuerzas Armadas en junio de 2001 en Almería.
El rey Juan Carlos saluda a los militares en los actos del Día de las Fuerzas Armadas en junio de 2001 en Almería.

Al morir Franco, las encuestas de opinión percibían a los militares como garantía de continuidad o como factor tutelar de las reformas que fueran a producirse, y sólo muy pocos españoles creían que aceptarían contemplar pasivamente el tránsito hacia un sistema basado en el Estado de derecho y la democracia representativa. Esta idea no carecía de lógica: a diferencia de la Iglesia y del Movimiento Nacional, no se había producido en el seno de las Fuerzas Armadas un proceso de fragmentación que abriera la puerta a la aparición de diferentes tendencias, más allá de sectores muy minoritarios. Los ejércitos, aparte de autoconsiderarse la columna vertebral de la patria, eran por entonces un poderoso actor en el escenario político. Por un lado, constituían una institución autónoma dentro de la Administración General del Estado, dependiente directamente del jefe del Estado y dotada de amplias atribuciones en materia de orden público. Y, por otro, tenían muy interiorizada su misión de preservar y defender el ordenamiento institucional del franquismo, con plena capacidad para frenar cualquier veleidad aperturista al estar legitimados para ello por el artículo 37 de la Ley Orgánica del Estado.

A la vista de los testimonios disponibles, al inicio de la Transición el generalato optó por inhibirse ante el proceso de reforma política y la oficialidad, acostumbrada a plegarse disciplinadamente al criterio del mando, adoptó una postura bastante pasiva ante el mismo, lo cual no fue óbice para que se alzaran muchas voces en contra dentro de las salas de banderas e incluso que algunos intentaran, afortunadamente sin éxito, interrumpirlo violentamente.

Pero sería más apropiado decir que la inhibición de los unos y la pasividad de los otros vino condicionada por un factor mucho más decisivo: el trascendental papel, con vistas a los ejércitos, desempeñado por el rey Juan Carlos, quien sumaba a su condición de heredero nombrado por Franco la de militar profesional; papel que singularizó el tránsito a la democracia en España, respecto a los coetáneos de Grecia y Portugal.

En este contexto, la sólida formación militar recibida por el rey Juan Carlos fue determinante para que las Fuerzas Armadas respaldasen, inicialmente sin fisuras, la senda reformista emprendida por Adolfo Suárez y también para que, cuando las aguas se tornaron turbulentas al advertir que se estaba desmontando el régimen franquista, el Monarca esgrimiese su condición de militar profesional para mitigar y sofocar cuantos intentos se urdieron para interrumpir el proceso. Si los militares de aquellos años, franquistas hasta la médula, no hubieran respetado y obedecido a su compañero de armas, ¿hubiera sido posible el pacífico tránsito hacia la democracia? Con un país que reclamaba libertad frente a unas Fuerzas Armadas dispuestas a impedirlo, cabría preguntarse ¿qué hubiera ocurrido?

Fernando Puell es presidente de la Asociación Española de Historia Militar y coautor del libro Rey de la democracia.

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