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Ana, más Boyer que Preysler

Es hija de un exministro de Economía y una reina del corazón

Su relación con Verdasco ha puesto bajo los focos a una joven que eligió el camino paterno, sin renunciar a los beneficios del materno

Ana Boyer, tras su graduación el pasado mes de junio.
Ana Boyer, tras su graduación el pasado mes de junio. GETTY

Sacó su nuevo iPhone 5 S del bolso y consultó la aplicación de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP). Estaba a bordo de un Land Rover participando, en Tenerife, en una prueba con fines solidarios. El partido que despertaba su interés se jugaba a muchos kilómetros, en el estadio O2 de Londres. Era la final de dobles de la Copa de Maestros que disputaban Fernando Verdasco y Jesús Marrero. Los españoles ganaron el título tras un igualado juego a Mike y Bob Bryan, y en el coche, Ana Boyer casi saltó de alegría. El tenis ha sido siempre su deporte favorito, pero más aún lo es desde que sale con Verdasco. A sus 24 años, la única hija en común de Miguel Boyer e Isabel Preysler acapara portadas por esta relación, aunque, desde que nació, su vida ha estado en un escaparate que, hasta ahora, ha evitado todo lo posible, a diferencia de sus hermanos de madre.

Mientras Chabeli se fotografía con sus dos hijos en remunerados reportajes de revistas, Julio José busca una salida profesional en la música, Enrique triunfa por medio mundo con sus discos y Tamara combina su vida mediática con su fervor religioso, la hermana pequeña de la popular saga se prepara para comenzar su vida profesional. Ana se ha pasado los últimos seis años estudiando. “Sí, soy la más empollona de la casa. Bueno, en realidad soy la única, porque mis hermanos han escogido otros caminos”, cuenta por teléfono desde Tenerife. “Por eso ahora me he tomado un tiempo de vacaciones para descansar y viajar”.

La hija de Miguel Boyer, para satisfacción del exministro de Economía del Gobierno socialista de Felipe González, tiene dos títulos universitarios —el de Derecho y el de Administración y Dirección de Empresas en ICADE— y un prometedor futuro por delante. En diciembre comenzará a trabajar. “Me interesa el mundo de la consultoría estratégica. Trabajaré en un banco de inversión y haré una rotación en varias empresas, pero no quiero dar nombres porque no les gusta”. Ana ha llevado con discreción su carrera profesional, de la que ahora desvela algunos datos. “Estudié un curso en San Diego [EE UU], lo que en Europa sería un Erasmus; luego estuve un verano en Nueva York como becaria del Banco Santander”, recuerda. También hizo prácticas en São Paulo (Brasil), para lo que tuvo que hacer un curso intensivo de portugués, lengua que habla bastante bien, aunque es el inglés el idioma que domina a la perfección, ya que en su casa se usa tanto como el castellano.

Ana es la única hermana que sigue viviendo en el domicilio familiar de la exclusiva urbanización madrileña de Puerta de Hierro. No tiene prisa por independizarse y menos aún cuando su padre se encuentra convaleciente del accidente cerebral que sufrió hace dos años. El hogar de los Boyer-Preysler se ha adaptado para que el exministro continúe allí su rehabilitación. “Está mucho mejor, pero es un proceso lento”, cuenta su hija. Con su madre pasó muchas horas en el hospital cuando la vida de Boyer estuvo en peligro. “Fue en esa época cuando dejé un poco de lado los estudios”, explica. Ahora es Isabel Preysler quien sigue más de cerca la evolución de la salud de su marido, a quien solo abandona para asistir a su trabajo como imagen de marcas de lujo por el que obtiene importantes cheques.

“La crisis nos afecta a todos en mayor o menos medida”, dice Ana. “Estamos en un momento muy complicado, pero creo que las cosas van mejorando poco a poco”. Le preocupa el paro juvenil, que ella no sufre, pero sí sus compañeros. “En ICADE hay una bolsa de trabajo muy buena y casi todos ya tenemos empleo, pero mis amigas del colegio sí están teniendo problemas. Nuestra generación lo va a pasar muy mal”.

Ella, además de tener ocupación como consultora estratégica, cuenta con la baza de poder ganar dinero en actos públicos. Hasta hace algunos años, Ana se resistía a aparecer en las fiestas y en las revistas que veneran a su madre, pero finalmente cayó en la tentación. “Hace tiempo que hago algunas cosas de este tipo, siempre las mismas”, cuenta. “Y seguiré haciéndolas mientras pueda”. Es la parte Preysler de su vida. “De pequeña era igual físicamente a mi padre, y también en la forma de ser. Ahora creo que me voy pareciendo más a mi madre”. Y es que Ana tiene mucho de Boyer, pero también posee parte del glamour que desde hace décadas exhibe su madre y que le ha convertido en la reina del corazón. De su mano ha pasado a formar parte del clan Porcelanosa, ese grupo de famosos que acompañan a los reyes de la baldosa allá por donde haya una tienda que inaugurar o una fiesta a la que acudir.

Fernando Verdasco, con Jesús Marrero dibujan un corazón con la mano a Ana Boyer.
Fernando Verdasco, con Jesús Marrero dibujan un corazón con la mano a Ana Boyer.

Ana, cuentan sus amigos, es algo tímida, pero muy sociable, quizá porque ha pasado muchas horas subida a unos tacones en salones con gente mucho mayor y muy variopinta. Pero la cualidad que más destacan de ella es su sensatez. “Los hermanos, a pesar de ser de padres distintos, se adoran. Ella es quien aporta la opinión cabal cuando están juntos”, explica uno de estos amigos.

La nota discordante en su voluntad de discreción es su relación con Fernando Verdasco, conocido tanto por su juego en la pista como por sus conquistas fuera de ella. “Sé la fama de ligón que tiene”, reconoce. “Estamos muy ilusionados, estamos conociéndonos”. La pareja fue descubierta hace algo más de un mes, aunque estaban juntos desde antes del verano. Los pillaron jugando al tenis en un club de Boadilla (Madrid). Desde entonces, en la casa de los Boyer-Preysler hay más coches de paparazis que de costumbre. “Estoy habituada a la prensa desde que nací. No me preocupa. Supongo que esto pasará”, confiesa resignada.

Los fotógrafos han seguido sus pasos por los torneos de Estocolmo, París y Londres, a los que ha acudido para ver jugar a su novio. Verdasco, lejos de ocultarse, hace exhibición de sus sentimientos. En la semifinal de dobles de Londres se dirigió a la grada y dibujó un corazón con sus manos hacia el lugar donde se encontraba su chica. En unas semanas, Verdasco se marchará a jugar a Catar y Dubái. La pareja estará un mes alejada. Ana sabe que será un momento clave en su relación. Él estará jugando al tenis, y ella, sentada en un despacho comenzando su trabajo como consultora estratégica. Parece que, de momento, en su vida impera más el carácter Boyer que el Preysler.