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Peter Pan, bajo el peso de un apellido legendario

El francés Arnaud Lagardère, heredero de un imperio, nunca tuvo otra opción que ser jefe

Magnate de los medios, pronto debería pasar a presidir EADS, gran grupo de defensa europeo

Un vídeo en el que le grabaron entre su novia y un gran peluche reforzó los interrogantes sobre él

Arnaud Lagardère, con su novia, la modelo belga Jade Foret, en una conferencia de prensa en Bruselas el 17 de octubre de 2011

Estamos en una de esas recepciones corporativas de cierto relumbrón que tanto gustan a Arnaud Lagardère, líder de uno de los grandes conglomerados mediáticos del mundo. Es 2011, y el teatro Bobino, un clásico del music-hall parisiense, acoge a 300 directivos del grupo que lleva su apellido. Antes del champán y los canapés está previsto un discurso suyo. Pero lo que aparece es un doble juvenil y reidor de Arnaud Lagardère, saltando sobre el escenario como un presentador de televisión.

Desenvuelto, mascando chicle, el sosias del jefe reparte, en una mezcla agotadora de francés e inglés, puntos positivos y negativos a los departamentos y a las filiales del grupo, que cuenta con un volumen de negocio de 8.000 millones de euros y con 28.000 empleados. Es Nicolas Canteloup, el humorista estrella de Europe 1, la emisora de radio de la casa, que ha pedido discretamente a Arnaud (como muchos le conocen, a secas) que le permita realizar esa caricatura. En la sala, “los 300 más importantes” aguantan la risa, incómodos. El clon se le parece mucho.

Desde que en 2003 sucediera a su padre, Jean-Luc Lagardère —cuyo seductor mito siguen venerando los veteranos—, Arnaud, de 51 años, no ha dejado de desconcertar. En los círculos industriales ha generado dudas su estrategia de venta de las “joyas de la familia” —especialmente, las ediciones internacionales de sus revistas, como Elle— para centrar las actividades del grupo (accionista minoritario de Le Monde Interactif) en el deporte.

Han censurado su "inmadurez" y le acusan de interesarse solo por el deporte 

Algunos jefes de las finanzas ya no dudan en afirmar que Arnaud se encuentra “en quiebra personal” desde que aumentó su participación en el capital del grupo al comprar, por un precio elevado, unas acciones de la casa cuyo valor se dividiría por tres debido a la crisis. Como gerente, en principio, es intocable. Pero el pasado verano, el inversor franco-estadounidense Guy Wyser-Pratte acudió a la Autoridad de los Mercados Financieros (AMF) censurando la inmadurez de a quien llama “El Niño”. Le acusa de “interesarse solo por el deporte”. A partir del 31 de mayo de este año, Arnaud debería pasar a presidir el grupo europeo de aeronáutica y de defensa EADS (cuyos beneficios, tan solo en los primeros nueve meses del año pasado, ascendieron a 421 millones de euros). Pero en el propio CAC 40 (el índice bursátil francés) se ha dudado de su deseo de presidir una entidad en la que está tan poco presente.

Sus ausencias, demasiado frecuentes, molestan. “A veces da la impresión de que tenemos un jefe en estado volátil y gaseoso”, se inquietan en la empresa. “Soy un jefe atípico”, alega el ejecutivo en su defensa. En primavera del año pasado, los fotógrafos le vieron, durante 15 días, en los palcos de Roland Garros en compañía de su actual pareja, Jade Foret, una modelo de lencería belga. Los invitados vip del grupo se quejaron de que en ese tiempo no se tomó ni la molestia de ir a saludarlos a las mesas que la empresa alquila, cada año, a un precio elevado. En julio, una desacertada vídeoentrevista que le inmortalizaba con su novia consternó a sus allegados: el delfín, en medio de peluches, se mostraba sonriendo, pasivo y obediente, en una puesta en escena vulgar. El clip incendió la red (rondando los dos millones de visitas) por estar más cerca de la caricatura que de esa actitud que él prefiere llamar “desenfado”.

"Es difícil ser mejor que los demás. Por esa razón he decidido ser diferente"

El heredero porta en su apellido el nombre de la casa, rebautizada por su padre como “grupo Lagardère” a finales de los noventa, cuando se hizo necesaria una reorganización jurídica. La imagen y repercusión mediática de Arnaud son indisolubles de la empresa, que reina en el armamento y en los medios de comunicación, en la aviación y en las editoriales. En el Elíseo lo han entendido perfectamente. Nicolas Sarkozy, el mismo al que el delfín calificó un día de “hermano” y alojó durante sus reveses conyugales de 2007, ya no esconde su “perplejidad” delante de sus allegados.

“Es difícil ser mejor que los demás. Por esa razón he decidido ser diferente”, lanza, desafiante, Lagardère en el despacho que fue de su progenitor y cuyas ventanas ofrecen una vista excepcional del Arco del Triunfo. “He cogido la costumbre de traspasar las líneas”.

La frase "Jean-Luc [su padre] nunca habría hecho eso" se repite a escondidas en el grupo

Desde hace ocho años le recuerdan la imagen insuperable de ese padre legendario. “Soy un heredero, por tanto, un imbécil. Así es como ven a los herederos en este país…”, le confió un día a uno de sus biógrafos, Thierry Gadault. Hoy añade sin abandonar su sonrisa: “La clase dirigente francesa siempre ha tenido envidia de los grupos familiares. Pero Jean-Luc pensaba que las cooptaciones en los consejos de administración también son, en realidad, una forma de heredar”.

Fue en 1998 cuando Arnaud dejó de decir papá. Volvía a París tras cuatro años en EE UU dirigiendo Grolier, una editorial especializada en la venta por correspondencia que el grupo acababa de adquirir. Una fecha simbólica. Primera y penúltima emancipación. La segunda se produjo un miércoles de marzo de 2003.

La escena nunca se ha contado realmente, sin duda porque rebaja el mito. Ese día, el comité ejecutivo del grupo Lagardère se reunía, como de costumbre, en la planta baja de la sede central, en la calle de Presbourg. La diferencia era que esta vez estaban de luto. El viernes anterior, Jean-Luc había muerto a raíz de las secuelas inesperadas de una operación de cadera. A sus 75 años, este jugador de tenis empedernido quiso recuperar “esos 10 centímetros de prolongación adicional en sus golpes de derecha que le faltaban desde hace algún tiempo”, recuerda uno de sus compañeros de juego.

Arnaud, un amigo en la prensa

Sarkozy y Lagardère, en los estudios de la emisora Europe 1, propiedad del segundo, poco antes de las presidenciales de 2007

Arnaud Lagardère es una de las grandes amistades de Sarkozy en los medios franceses. A través de Hachette-Filipacchi posee, entre otros soportes, las cabeceras ‘Le Journal de Dimanche’ y ‘Paris Match’. Se cree que la foto del romance de Cecilia Ciganer, exmujer de Sarkozy, y el publicista Richard Attias en una portada de ‘Paris Match’ de 2005 le costó el cargo a su director, Alan Genastar, a instancia de su jefe, Lagardère. A su vez, se generó un gran revuelo cuando desde el accionariado de ‘Journal de Dimanche’ se censuró a última hora una información que la dirección del dominical tenía previsto publicar: que Cecilia no había acudido a votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que ganó su marido. Un síntoma de la crisis que atravesaba la pareja y que acabaría desembocando en su divorcio.

Arnaud, de 42 años, se sentó en el lugar de su padre. El secretario general del grupo, Pierre Leroy, le reveló unos días antes que Jean-Luc había dejado en su caja fuerte dos cartas para abrir en caso de fallecimiento. Una de ellas estipulaba las disposiciones que se debían establecer con el fin de garantizar “el mismo tren de vida” a su mujer Bethy. La segunda la abrió delante del atónito comité ejecutivo: el nombre de Arnaud apareció inmediatamente en la lectura. Jean-Luc jamás se planteó otra sucesión que no fuera dinástica. “Voy a pensármelo”, lanzó Arnaud al levantar la sesión.

Unos días antes, mientras su padre estaba sumido en el hospital Lariboisière en un coma sin remisión, Sarkozy llamó a Lagardère hijo. El que aún era solo ministro del Interior seguía con lupa los primeros pasos de Arnaud, ese “estadounidense” deportista y con mucha labia que, en algunos aspectos, se le parece. Gran amigo de Jean-Luc y de Bethy Lagardère —que habían organizado un gran cumpleaños para celebrar sus 48 años en su palacete de la calle de Barbey-de-Jouy—, el futuro presidente comprendía la carga que le esperaba al heredero. “Eres el hijo de Jean-Luc”, le espetó con autoridad. “El mejor servicio que le puedes hacer es coger las riendas del grupo. Tienes que hacerlo rápido y con seguridad”.

Al día siguiente de esa semicoronación a puerta cerrada se celebraron las exequias en la iglesia de San Francisco Javier. La ceremonia fue digna de un jefe de Estado. Bethy Lagardère quiso un entierro casi tan elegante como el de Gianni Agnelli, el jefe dela Fiat, al cual había asistido junto con su difunto esposo dos meses antes en Turín. Como hicieran en el funeral del industrial italiano, el ataúd se cubrió con una alfombra tejida con flores: a su marido le había parecido que “eso era muy distinguido”. Las innumerables personalidades, los grandes empresarios, los ministros, los artistas y las estrellas de los medios de comunicación fueron “colocados” en la iglesia. La esposa del emir de Catar hizo que enviaran un árbol para que fuese plantado en el jardín del palacete de los Lagardère, contiguo al Museo Rodin. La misa fue oficiada por el arzobispo de París, Jean-Marie Lustiger, cuyo palacete lindaba con el del difunto. Finalmente, fue el filósofo Bernard-Henri Lévy quien esbozó el retrato del industrial gascón como “anticiudadano Kane”. ¿Existe alguna manera mejor de decir a todo el mundo que se entierra a una leyenda nacional?

Hasta donde recuerda Arnaud, su obligación de prepararse para la sucesión “nunca se abordó” entre padre e hijo. “Soltármelo directamente habría sido la mejor forma de que yo optara por convertirme en cantante de rock”, bromea. ¿Cómo podría haberse rebelado Arnaud, que tras el divorcio de sus padres había elegido quedarse con ese progenitor que nunca le reñía? Por aquel entonces, el heredero era un estudiante del montón que parecía aspirar a la normalidad de la vida soñada y fácil de los jóvenes burgueses acomodados: tenis en el Racing, discotecas y estudios sin brío en el liceo Janson-de-Sailly. El padre, por su parte, se limitaba a la disciplina de los vencedores. A mediodía, cuatro yogures y algunas pelotas en el fondo de una pista. Si comía con clientes, su menú era invariable, ensalada y pescado asado. Nunca bebía vino. Jean-Luc aspiraba a vivir muchos años. Se volvió a casar con Bethy Pimenta Lucas, una impresionante belleza 18 años más joven que él, llegada de Río de Janeiro a París para convertirse en modelo de Ungaro. Una morena azabache, de1,80 metros, a la que recuerda, más de lo que le gustaría al propio Arnaud, Jade, su actual novia.

En la Universidad de Paris-Dauphine, Alain Cotta, que dirigía el máster de estrategia de organizaciones en el que se matriculó Arnaud, descubre las dudas de su alumno. “¡No quiero dirigir el grupo!”, se sinceró. El profesor quiso servir de embajador ante el padre, pero fue inútil. “Jean-Luc había hecho suyo, sin saberlo, el hermoso verso de Bernard Noël: ‘Habitaré mi nombre”. Un Lagardère, que además es hijo único, no rechaza una herencia semejante. “No olvidemos que Jean-Luc había invitado a todo el comité ejecutivo al bautizo de Arnaud…”, recuerda una persona importante del grupo.

Cuando el heredero fue enviado a la editorial Grolier, en un lugar recóndito de Connecticut, Estados Unidos, para que adquiriera experiencia, junto a su entonces esposa —Manuela, una rubia elegante de aspecto hitchcockiano que conoció en las pistas de esquí de Courchevel— y sus dos hijos, descubrió que se puede trabajar sin corbata y con un pantalón amarillo sin estar “disfrazado de pingüino”. Recorriendo los salones audiovisuales y multimedia exploró las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, descubriendo que le interesaban infinitamente más que el armamento.

Tras esos cuatro años de felicidad, en 1998 no tuvo otro remedio que volver a París. Jean-Luc se trasladó inmediatamente a otro piso para instalar a su hijo en su despacho y marcar simbólicamente la sucesión. Sus inicios no decepcionaron: invirtió en deporte; decidió fusionar la división audiovisual y la división de prensa en Lagardère Active; apostó por Internet; transformó los 1.000 millones de Canal Sat en 1.500 millones en Canal+; invirtió en Time Warner. Pero las cosas se complicaron muy rápido. Los barones, de quienes Arnaud sospechaba que le ponían impedimentos, se sucedían uno tras otro: Gérald de Rocquemaurel, Jean-Louis Lisimachio, Jean-Pierre Joulin. Esta ruptura con el pasado, que debía afianzar su poder, chocaba. “En el fondo, Arnaud solo fue reconocido unos meses”, suspira un veterano del grupo.

A su alrededor, los históricos callan. “Hay que decir que están bien pagados”, apunta un financiero. En cuestión de sueldos, Ar­­naud se muestra más generoso que su padre. Parece que el joven jefe se ha aislado cada vez más entre sus cortesanos. Repetida a escondidas, la frase “Jean-Luc nunca habría hecho eso” se ha convertido en una letanía molesta dentro del grupo. Jean-Luc, un burro de carga, nunca habría pasado una semana en las gradas para ver a su amigo el jugador de tenis Richard Gasquet jugar el Masters de Shanghái. Jean-Luc nunca habría anulado citas. “Al contrario, con él, un desayuno duraba tres horas. Nos sorbía todo, nuestro saber, nuestras ideas, las últimas informaciones”, recuerda un banquero. Parece que Arnaud, tan cómodo en una tribuna en el tenis, con sus chistes a la americana y su microcorbata, huye de los cara a cara.

Pesada herencia. Eternas comparaciones. Hasta su novia, Jade, parece hoy en día la pálida imitación de su madrastra Bethy. Y es que puede que Arnaud haya retomado el grupo, el despacho e, incluso, el cardiólogo de su padre, pero en el fondo le reprochan que no se parezca lo suficiente a él. “Jean-Luc siempre se convencía de que su único descendiente estaba a la altura y no se permitía dudar de ello”. Convencido, sin duda alguna, de que tendría tiempo, hasta su marcha en 2010, de cuidar a este hijo único y querido.

Pero esa mañana de marzo de 2003, cuando el capitán de la industria acababa de operarse en la Clinique du Sport, su mayordomo lo encontró al pie de la cama, sumido en un coma irreversible. En su mesilla de noche había un libro encuadernado, del que había regalado un ejemplar a varios de sus íntimos: las cartas sobre la educación del delfín, del clérigo e historiador del siglo XVII Jacobo Benigno Bossuet.

“¡Toman mi libertad por arrogancia!”, se rebela Arnaud Lagardère. Sin embargo, encarna tan estrictamente la empresa que dirige, que su plana mayor se plantea estudiar la relación del impacto del controvertido vídeo del verano pasado con la cantidad de candidaturas espontáneas que llegan desde entonces al grupo.

Traducción de News Clips © Le Monde