Ludópatas en la Bolsa, la epidemia silenciosa: “Mi historia es la de un yonqui del dinero, iba al mercado como se iba al parque a por heroína”
El número de adictos a la inversión se ha disparado en la última década. La falta de cultura financiera, las criptomonedas y los falsos gurús de las redes sociales son algunas de las causas


“Mi historia es la de un yonqui del dinero. Acudía al mercado como quien iba al parque a por heroína en los años ochenta. La recompensa que me daba la inversión era brutal, pura adrenalina. Una competición contra el resto del mundo, un juego de suma cero en el que lo que ganaba lo perdían otros”. Gerardo (nombre ficticio para preservar su intimidad) hizo su última operación en 2009, luego entró en terapia. Antes lo había perdido todo: su patrimonio y el de sus clientes (era agente de Bolsa), su trabajo, la familia y los amigos. Invertía con futuros, un arma igual de sofisticada que de peligrosa por el gran apalancamiento que permiten los productos derivados. Su jornada empezaba con la apertura de los mercados asiáticos y acababa en Wall Street. Todo un carrusel donde hacía hasta 300 movimientos al día. Comprar, vender; comprar, vender. Su mono era tal que, mientras se desplazaba en moto por Barcelona, llevaba el ordenador entre las piernas para no perderse nada. “Cualquier noticia era un buen pretexto para invertir. Era como echar monedas a una tragaperras”. Se dio cuenta de que estaba enganchado cuando se le acabó el dinero. “Un día me vi en un local de la Gran Vía dando mi coche como garantía para que me prestasen 600 euros con los que seguir invirtiendo”.
Cuando Gerardo entró en esa espiral destructiva los casos de adicción a los mercados eran aislados. En los últimos años se han disparado. En el Hospital de Bellvitge así lo confirman: entre 2015 y 2025, el número de consultas vinculadas a la ludopatía bursátil ha crecido un 200%, un 400% si la comparativa se extiende a 2005. Las causas detrás de esta epidemia silenciosa son múltiples. Entre ellas, el deseo de ganar dinero fácil, la tentación narcisista de ser más listo que los demás, la baja cultura financiera, tener a tiro de clic desde los smartphones todas las posibilidades imaginables de inversión o los cantos de sirena de falsos gurús que llegan desde las redes sociales. “Antes el mercado se veía como algo para expertos, ahora da la falsa sensación de haberse democratizado. Parece que con un curso online ya puedes ser millonario. Además, la tecnología ha gamificado la inversión, asemejando esta actividad a la de las casas de apuestas”, argumenta Susana Jiménez-Murcia, responsable de la Unidad de Juego Patológico del Servicio de Psiquiatría de este centro clínico catalán.
En el Hospital Ramón y Cajal de Madrid también constatan este aumento de casos. “Hay mayor frecuencia de consultas de inversores, pero no solo en acciones, sino también en activos más complejos y novedosos como pueden ser las criptomonedas”, explica Ángela Ibáñez, responsable de la Unidad de Psiquiatría de este hospital. La irrupción en el último lustro de los activos digitales está cambiando también el perfil de los ludópatas bursátiles. “Antes, los pacientes eran personas de mediana edad, sobre todo entre los 30 y 40 años. Ahora son más jóvenes y también empieza a haber algunas mujeres entre los afectados, algo que antes era completamente excepcional”, añade Ibáñez.
Un narcótico poderoso
Además de los factores expuestos anteriormente, hay otras dos circunstancias que han ayudado a avivar la fiebre inversora. En primer lugar, el largo ciclo alcista que vivimos. La mayoría de activos financieros están en máximos históricos. Este bum de las rentabilidades actúa como una especie de narcótico al generar la falsa sensación de que ganar dinero es pan comido. El otro catalizador fue la pandemia. Mientras que a muchas personas les dio por hacer repostería, otras probaron suerte en el mercado durante los meses de confinamiento. “En los últimos años, la participación de los inversores dentro del volumen total de negociación de acciones del Ibex 35 ha aumentado de manera muy significativa”, confirma un estudio publicado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) en su boletín el pasado mes de mayo. Si antes de la covid los pequeños ahorradores suponían solo el 4% de las compras y el 4,5% de las ventas, ahora su peso en la negociación es del 7,5% y el 9,1%, respectivamente, según los últimos datos del supervisor bursátil.

Gustavo (nombre también ficticio) era policía local en un municipio de Madrid. En el trabajo oía cómo algunos compañeros alardeaban del dinero que ganaban en Bolsa. Y eso le enganchó. Quería mejorar su nivel de vida. Sin conocimientos financieros previos y con tan solo un tutorial en YouTube se lanzó al mercado en busca de fortuna. Nada menos que usando derivados. La apuesta le salió cara: se divorció, su familia le dio la espalda y se quedó sin vivienda. Lo que empezó con una estrategia controlada —invertir 500 euros al mes como mucho—fue descontrolándose hasta jugarse 6.000 euros al día. “Me volví loco. Cada vez perdía más dinero y llegué a falsificar documentos para obtener financiación”, reconoce. En Gustavo se dieron dos patrones que suelen repetirse en los adictos a la inversión: el deseo de satisfacer al ego, no solo al bolsillo; y la falsa sensación de control. “No te sientes como un ludópata porque invertir tiene cierto reconocimiento social. Pero lo eres. El dinero es muy difícil de ganar y más especulando. En cuanto sacas unos euros crees que lo sabes todo”, reflexiona.
Ni mucho menos toda persona que invierte corre el riesgo de convertirse en un adicto. Pero sin formación, una estrategia clara que prime el largo plazo y un férreo control mental, las probabilidades de entrar en una espiral autodestructiva aumentan, según los expertos consultados. El Instituto Valenciano de Ludopatía y Adicciones Tóxicas es pionero en tratar este tipo de comportamientos. Su fundadora y directora, la psicóloga clínica María del Consuelo Tomás, sitúa el incremento de casos a partir de 2008, cuando la crisis inmobiliaria y la bajada de los tipos de interés impulsaron la búsqueda de nuevas vías de rentabilidad. Explica que la adicción a la inversión se caracteriza por “una necesidad incontrolable” de realizar operaciones financieras a pesar de las consecuencias negativas que tienen. En su opinión, la persona con esta adicción, a diferencia de un inversor racional que toma decisiones basadas en el análisis y la lógica, se mueve por la adrenalina y la recompensa inmediata. Ese afán le lleva a buscar ganancias rápidas e intentar desesperadamente recuperar las pérdidas cuando estas se producen.
“Al igual que ocurre con otras adicciones, la de la Bolsa se caracteriza por una serie de síntomas clave, siendo la pérdida de control el principal, ya que no se puede dejar de hacer operaciones. Esa conducta se acompaña de tolerancia, que exige aumentar el dinero y tiempo o la frecuencia de las operaciones para sentir la misma excitación, y del síndrome de abstinencia, manifestado como ansiedad, irritabilidad o depresión cuando no se puede invertir”, detalla Tomás.
Entre los ludópatas de la Bolsa, el llamado efecto FOMO [acrónimo de la expresión inglesa fear of missing out o miedo a quedarse fuera] tiene gran importancia porque actúa como motor que mantiene la mente en un estado de ocupación y ansiedad constante. Además, esa necesidad de estímulos se ve bien alimentada por las herramientas tecnológicas que con tanta precisión usa la industria financiera. “Las plataformas digitales están diseñadas para mantenernos dentro del sistema: notificaciones, colores, gráficos en movimiento, alertas constantes… Todo está pensado para estimular. Y en una sociedad donde se celebra la rapidez, el éxito fácil y el ganar más, el límite entre invertir y jugar se vuelve muy fino”, advierte Juan Lamas, director técnico de la Federación Española de Jugadores Rehabilitados (Fejar).
Líneas rojas
Ese límite lo traspasó Gabriel (también nombre ficticio), de 34 años. Lleva nueve meses en tratamiento. Trabaja como mecánico en una subcontrata en la Comunidad Valenciana. “Al principio lo tenía muy controlado. Con un sueldo de 1.600 euros invertía unos 200 euros al mes buscando un complemento económico. Me especialicé en futuros sobre el Nasdaq y me iba bien. Sin embargo, llegó un momento en el que mi objetivo cambió: quería lograr la libertad financiera. Desafortunadamente, también cambió mi racha”, confiesa. De invertir una pequeña parte de su sueldo pasó a jugárselo todo. No contento con eso, empezó a pedir prestado. “La mente se me nubló. No les contaba la verdad a los míos. Llegué a perder 40.000 euros en año y medio”. El día de su cumpleaños fue también el día que se quedó sin blanca. “Mi cabeza hizo clic. Fui consciente de que tenía un problema y les dije la verdad a mi mujer y a mi familia. Al principio se enfadaron mucho, pero también me demostraron que contaba con ellos para lo que necesitase. Esa misma tarde llamé a un centro especializado en adicciones”, recuerda con emoción.
En el contexto de los problemas causados por la Bolsa u otros activos financieros no existe una única causa, sino que la enfermedad surge por la confluencia de múltiples factores. Los hay fisiológicos —la experiencia de invertir, especialmente si hay ganancias, activa el sistema de recompensa cerebral con la liberación de dopamina—, psicológicos —ciertos rasgos de la personalidad aumentan el riesgo, como la búsqueda de sensaciones fuertes, la impulsividad y la baja tolerancia a la frustración— y factores familiares si hay personas cercanas que tengan en la inversión una actividad habitual. “Frecuentemente, el trading se utiliza como mecanismo de escape para gestionar la ansiedad, la depresión o una baja autoestima”, recuerda la doctora Tomás.

Los expertos destacan que la cantidad abrumadora de publicidad y la omnipresencia de programas y cursos para aprender a invertir en Bolsa han normalizado y trivializado la actividad, presentándola como una vía accesible y rápida hacia la riqueza. En X (antigua Twitter), por ejemplo, hay una cuenta falsa con el nombre de “Invertir es vivir”, con el siguiente gancho para apuntarse a un curso de trading: “No tengo un Lambo [Lamborghini], pero vivo como me sale de los huevos gracias a invertir. Y puedo enseñarte cómo”. Un eslogan tan poco sofisticado como efectivo.
Enrique Moris es uno de los youtubers financieros más conocidos y polémicos. Su canal en esta plataforma cuenta con 152.000 suscriptores. Entre sus últimos vídeos hay algunos con títulos como “Eres pobre porque quieres”, y otros en los que se ve el tren de vida de este emprendedor subido a aviones privados o disfrutando de playas paradisiacas. Como reclamo para sus cursos de trading también ha colgado otro vídeo con el título: “Este joven de 20 años ha pasado de pobre a rico con mi estrategia”. Moris, en conversación con EL PAÍS, asegura que lo que ofrecen es una hoja de ruta, una serie de patrones de inversión que han sido probados por él, para invertir de forma rentable. “No es un máster, no profundiza demasiado en la parte teórica, va más al grano”. Cree que la clave es tener paciencia y no lanzarse a hacer operaciones a todas horas. “La Bolsa me ha dado mis mejores y mis peores momentos. Es un proceso que requiere tiempo, hay una curva de aprendizaje que se puede acelerar si te formas con alguien que ya haya recorrido ese camino”, asegura.
Moris, que llegó a publicar en redes sociales una factura de 4.000 euros en hamburguesas de Wagyu y botellas de Dom Pérignon para promocionar su academia, advierte de que para ser longevo en los mercados hay que ser un “perdedor profesional” porque, aunque luego se compense con las ganancias de las buenas operaciones, “en la mayor parte de las veces vas a perder”. Sobre el peligro de que la ludopatía se esté extendiendo entre los inversores, le resta importancia. “Los casos han aumentado porque también hay más gente invirtiendo, pero eso no quiere decir que haya más adictos”, asegura.
Jordi Martí es trader profesional y también imparte algunos cursos de Bolsa. Dejó su trabajo en la farmacéutica Novartis en 2012 para ganarse la vida en el parqué. Al contrario de lo se estila en el sector, es bastante crítico con los mensajes tan agresivos que se lanzan desde las redes sociales con los que engatusar a futuros inversores. “No hay que creerse lo que llega de Instagram o TikTok. Todo es mentira. Hacer de esto tu profesión es jodidamente difícil. Sin formación es imposible, Pero la formación se adquiere. Lo más complicado es el control de tu cabeza”, señala. Martí tuvo su primer contacto con la inversión a comienzos de siglo XXI, al principio compaginando esta actividad con su trabajo en la multinacional. Tras recomponerse del estallido de la burbuja tecnológica, las Bolsas iniciaron una senda alcista que parecía imparable. Entonces llegó la quiebra de Lehman Brothers y la Gran Recesión. “Vi cómo el mercado te arrolla y decidí formarme”. Ahora, a sus alumnos les da dos consejos: que controlen los riesgos (“si haces una operación, que duela poco”) y que mantengan a raya su ego. “Cuando veo en redes a la gente muy subidita siempre pienso que la realidad les pondrá en su sitio. El mercado nos da un revolcón cuando nos pasamos de listos”, resume.
La única cosa del mundo
¿Cuándo deberían sonar las alarmas para que los inversores se den cuenta de que tienen un problema de adicción a la Bolsa? La doctora Jiménez-Murcia, del Hospital de Bellvitge, cree que una señal determinante es la relevancia que tiene la inversión en la vida de esa persona, “cuánto tiempo nos ocupa y si no podemos dejar de mirar qué está haciendo el mercado”. Su colega Ibáñez, del Ramón y Cajal, añade otra alerta: “Cuando se asume más riesgo del previsto inicialmente y se empieza a operar con endeudamiento”. Otra bandera roja, según la psicóloga Tomás, son las mentiras, “ocultar a familiares y amigos el tiempo que se dedica a invertir”. Muy ligado a este último factor, Lamas, de Fejar, añade la negación misma del problema “justificándolo como una afición seria o una gestión financiera”.
De la adicción a la Bolsa es casi imposible salir solo. Las personas consultadas para el reportaje que han pasado por este problema reconocen que su punto de inflexión para salir del pozo en el que se habían metido fue, en primer lugar, reconocer el trastorno y, después, ponerse en manos de profesionales. A partir de ahí llega el tratamiento propiamente dicho. “El abordaje del problema se centra en la terapia psicológica para modificar sesgos cognitivos individuales, tratar cualquier problema emocional subyacente y enseñar habilidades de afrontamiento específicas para cada caso particular. El apoyo de la familia en este proceso es crucial”, explica la directora del Instituto Valenciano de Ludopatía y Adicciones no Tóxicas.
Lamas, por su parte, señala que el tratamiento de la adicción a la Bolsa es el mismo que el de la ludopatía, porque el mecanismo es idéntico: una relación compulsiva con el riesgo y la recompensa. “El objetivo no es solo dejar de invertir de forma descontrolada, sino recuperar el control emocional y reconstruir la vida personal”, puntualiza.
Otro punto de acuerdo entre expertos y pacientes es que cuando uno ha sido ludópata o ha pasado por una adicción severa, ese problema, aunque quede superado en el día a día, sigue latente durante toda la vida. Por eso insisten en ser disciplinados y no caer en la tentación de volver a intentarlo creyendo que esta vez será diferente. “La recaída es relativamente fácil. Los pacientes pueden pensar que lo que les ha pasado es solo una mala racha y que lo aprendido les servirá para hacerlo mejor la próxima vez. Es un grave error, porque vuelves a cometer los mismos errores, pero amplificados. Por eso las recaídas suelen ser más graves”, advierte la responsable de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal.
Gustavo, que lleva 13 años alejado de los mercados, reconoce que todos los días tiene la tentación de volver a invertir porque se siente capaz de ganar dinero. Pero se mantiene fuerte y alejado del mercado. “Ya no soy un problema, soy una persona normal. Cuando empecé a operar no tenía estudios universitarios. Ahora soy abogado, he hecho un máster y gano más dinero que cuando invertía en Bolsa”, afirma con orgullo. Un mensaje de esperanza que también deja Gabriel, que aún está en terapia: “Con ayuda se puede salir de todo. Me encuentro de nuevo con ganas de vivir y de dejar todo lo malo detrás”.
Una terapia en varios planos
La prevención a la adicción a la Bolsa u otros activos financieros requiere, según los expertos, una estrategia de múltiples niveles que involucre al inversor, su familia y la comunidad. Desde un punto de vista personal, la clave está en desarrollar una alta educación financiera, que contemple la inversión como un proceso a largo plazo, y no un atajo para el enriquecimiento rápido. “La prevención empieza por tener conciencia y límites claros. Invertir puede ser algo positivo si se hace con información, serenidad y objetivos realistas. Pero si empieza a generar ansiedad o a afectar a la vida personal es momento de parar y pedir ayuda”, explica Juan Lamas, director técnico de la Federación Española de Jugadores Rehabilitados (Fejar).
La doctora Susana Jiménez-Murcia, responsable de la Unidad de Juego Patológico del servicio de Psiquiatría en el Hospital de Bellvitge, insiste en la necesidad de mejorar la educación financiera para que sirva de cortafuegos en posibles casos de adicción: “Todo aquel que quiere invertir debe de ser consciente de que se necesita formación e información. De lo contrario, se usa la inversión como un juego de apuestas donde todo es azar”.
En la prevención también juega un papel clave el ámbito familiar, que es donde se forja la relación con el dinero. “La clave está en fomentar una comunicación abierta y transparente sobre las finanzas para eliminar el secretismo y el juicio. Es crucial que los miembros se integren en la economía familiar, conociendo los presupuestos y los gastos, para desarrollar una responsabilidad financiera, y entender que el dinero se obtiene mediante el esfuerzo sostenido, no por la especulación rápida”, subraya María del Consuelo Tomás, directora del Instituto Valenciano de Ludopatía y Adicciones no Tóxicas. “Además, los padres deben actuar como ejemplo, transmitiendo valores que desvinculen la autoestima o la valía personal del prestigio económico o la habilidad en las inversiones”, añade.
En el plano social, la prevención debe enfocarse en el conocimiento y sensibilización de esta adicción sin restar gravedad al problema. “Es fundamental visibilizar esta dependencia sin minimizar la importancia de la situación, refutando la percepción de que es un simple vicio o un error de gestión”, incide Tomás. Los expertos también piden a las autoridades más concienciación de los riesgos de la adicción, así como más mano dura con la publicidad agresiva de las plataformas y los falsos gurús de la inversión. “El acceso 24 horas al día, 365 días al año desde cualquier lugar del mundo a los mercados es quizás lo que ha disparado este tipo de adicción, algo que también puede explicar el crecimiento del juego online”, recuerda Ángela Ibáñez, responsable de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid.
Para que la acción se torne todavía más efectiva, la doctora Tomás cree que es imprescindible que los Planes de Drogodependencia y Conductas Adictivas incorporen explícitamente esta adicción, garantizando de esta manera la formación específica para profesionales y la existencia de recursos de prevención y de tratamiento accesibles y visibles. “Paralelamente, en el entorno educativo, se debe integrar una educación financiera en todos los currículos escolares que aborde específicamente los riesgos psicológicos de la especulación y el impacto de falsas creencias sobre la obtención de dinero rápido y sin esfuerzo que asocian el éxito del trading con la inteligencia o el conocimiento”, concluye la responsable del Instituto Valenciano de Ludopatía.
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