La obsesión histórica de La Caixa por Bankia

Durante las tres últimas décadas, Isidro Fainé ha intentado hacerse con la entidad madrileña, una operación que puede ser su gran legado

Isidro Fainé, presidente de la Fundación La Caixa.
Isidro Fainé, presidente de la Fundación La Caixa.Gianluca Battista

Los cuatro últimos presidentes de Caja Madrid, transformada en Bankia, han sido cortejados con más o menos intensidad desde La Caixa para lograr la fusión. Isidro Fainé, presidente de la Fundación La Caixa, ha dirigido estos acercamientos que ahora pueden terminar en una boda, la absorción de Bankia por parte de CaixaBank, que daría lugar al mayor banco en España con casi 600.000 millones de euros en activos. La integración no está exenta de riesgos y de críticas, desde la izquierda y desde las organizaciones de consumidores.

El 3 de abril de 1989, el Grupo 16 estrenó en los quioscos La Economía 16, el cuarto diario económico del mercado editorial español. Su titular de portada fue “Caixa de Pensions y Caja Madrid hablan de fusión”. Entonces estaba Jaime Terceiro al frente de la entidad madrileña y José Vilarasau llevaba la batuta en la catalana, pero Isidro Fainé (Manresa, 78 años), ya estaba en cúpula de la caja.

La negativa no desalentó a la entidad catalana, que siempre ha liderado el sector de las cajas de ahorros. Años después de aquella portada, estando Miguel Blesa al frente de Caja Madrid, Fainé habló de una posible fusión. Lo mismo hizo cuando llegó Rodrigo Rato al poder de la caja, y después de Bankia. Le tanteó antes y después de su salida a Bolsa.

El último ofrecimiento de integración a Rato fue en enero de 2012, un gesto que podía haber hundido al grupo fusionado dada la morosidad y los problemas reales de los balances de Bankia y la virulencia de la crisis económica posterior. No obstante, hubiera sido la tabla de salvación de Rato y quizá ahora no estaría en prisión, pero la falta de seguridad para alcanzar la cúpula a medio plazo hizo que el exvicepresidente de Gobierno del PP rechazara la oferta.

Tras la llegada de José Ignacio Goirigolzarri al poder en Bankia, en mayo de 2012, se repitieron las conversaciones con Fainé. Al final de 2017, mientras Bankia también estudiaba una fusión con el Banco Sabadell, Luis de Guindos, entonces ministro de Economía y hoy vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), impulsó la unión de Bankia con CaixaBank.

En 2017 Fainé había pasado a la presidencia de La Fundación La Caixa, dueña del 40% de CaixaBank, y no ocultó ni en público ni en privado su alta consideración hacia Goirigolzarri como gestor bancario, que ha cumplido los 66 años. Sin embargo, la posterior marcha de Guindos a Fráncfort, el final del Gobierno de Mariano Rajoy, así como el auge del independentismo catalán, enfriaron la fusión porque se convirtió en una operación difícil de vender políticamente.

Pero Fainé no cambió de idea. Seguía considerando que la mejor opción para CaixaBank era Bankia y, los que le conocen, afirman que era consciente de que esta operación sería su gran legado, algo por lo que sería recordado. El directivo catalán, que ha sufrido con las tensiones políticas y financieras que se han generado con el movimiento independentista (el traslado de la sede de CaixaBank de Barcelona a Valencia fue un punto álgido en el enfrentamiento con la Generalitat), ha estado convencido de que es necesario tener gran presencia en Madrid, donde está el poder del Estado. Además, la entidad catalana siempre ha visto a Caja Madrid como una pieza que podía ser absorbida, ya que La Caixa es un gigante con influencia en los grandes grupos industriales de servicios y posee el mayor grupo asegurador y de gestión de patrimonios, una división que le salvó de la crisis de 2012.

Tras ser conscientes de las duras consecuencias económicas que provocará la pandemia, sobre todo por el aumento de la morosidad y la caída de ingresos –dos elementos que golpearán más la maltrecha rentabilidad de todo el sector– a finales de junio y principios de julio se reanudaron las conversaciones. “Hay caldo de fusiones”, dijo José Sevilla, consejero delegado de Bankia al presentar los maltrechos resultados de junio. “Las cifras del primer semestre de Bankia, con un 64% menos de ganancias, y las de CaixaBank, donde el beneficio ha sido inferior en un 67%, indican que se les está acabando la gasolina”, apunta un financiero que pide el anonimato.

Contactos

En paralelo a la dirección de Bankia, Fainé mantuvo contactos con la ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, así como con el presidente del fondo de rescate, FROB, Jaime Ponce, titular directo del 62% de las acciones de Bankia que están en manos del Estado. Frente a las dudas del pasado, Calviño asumió que sería más fácil recuperar parte de los 24.000 millones de ayudas públicas desde un gran banco que desde otro demasiado pequeño.

Como recuerdan fuentes de las entidades implicadas, esta operación era más difícil que si hubiera gobernado el PP, por eso ahora se ha puesto toda la carne en el asador. De hecho, recuerdan, en los primeros años del Gobierno socialista la fusión no se veía con buenos ojos y se creía que difícil de vender políticamente. “En este momento hay un 90% de posibilidades de que cuaje la fusión, pero todavía hay que ser cauto”, indican desde los bancos implicados.

Por primera vez, la entidad catalana tenía todo el viento a favor. Así, el 18 de agosto los equipos directivos de ambas entidades se reunieron con sus asesores financieros, consultores y auditores para preparar los documentos preliminares que se mandaron a los consejos de administración de ambas entidades. El de Bankia se celebró el 24 de agosto, y en fecha similar el de CaixaBank, y ambos dieron el visto bueno a las negociaciones oficiales, que no han parado desde entonces y que deberían culminar en los consejos del 13 de septiembre. Ahora la obsesión es cerrar la operación antes del 31 de diciembre, algo que depende de las autoridades supervisoras y de competencia.

Fainé ha demostrado paciencia y perseverancia; tras casi 30 años intentándolo, está más cerca que nunca de lograr su sueño financiero: hacerse no solo con Caja Madrid, sino con un banco que agrupa once antiguas cajas y que cuando se fusionaron eran más grandes que CaixaBank. En total tendrán en sus tripas 18 cajas, casi la mitad de las 42 que tenía el sector antes de la crisis de 2008.

Una absorción no exenta de riesgos

La fusión tiene el beneficio claro de los ahorros de costes, pero también presenta dificultades:

Desacuerdo con el Gobierno. Todavía no se han cerrado los últimos detalles y falta conocer la prima que CaixaBank pagará a los accionistas de Bankia por tomar su control. Ahora se plantea que sea alrededor del 20% del valor de cotización. También será importante que se llegue a un acuerdo en el número de consejeros y en las personas elegidas para sentarse en el consejo de la nueva ‘CaixaBankia’.

Riesgo de oligopolio. Hace dos años, el propio Goirigolzarri defendía la necesidad de mantener diversidad de jugadores en el mapa bancario: “Debe haber cinco o cuatro grandes bancos por razones de concentración de riesgos y alternativa de financiación”. Advirtió de que las grandes entidades españolas habían pasado de controlar el 42% del mercado en 2008 al 72% en 2017. En 2020 la concentración habrá sido mayor. Las autoridades de competencia deberán determinar si el nuevo banco tiene dominio en algunas regiones, aunque lo podría paliar con el cierre previsto de oficinas, unas 1.500, así como la salida de unos 8.000 empleados.

Coste político. El alto número de despidos, aunque serán pactados y con fuertes indemnizaciones, puede levantar la oposición de la izquierda a la operación, como ya ha manifestado Unidas Podemos, socio de Gobierno.

Riesgo de ejecución. Las culturas de Bankia y CaixaBank tienen elementos en común, como saber convivir con el poder político sin dejar que atraviese ciertas líneas. Pero la integración provocará fricciones y frustraciones de los directivos perjudicados que se deben gestionar. Además, cualquier fusión con una economía en caída libre no es un camino fácil.


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