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Viana do Bolo: el pueblo gallego que acusa de plagio a Dolce & Gabbana

La firma italiana reproduce diseños similares a los de una figura del ancestral carnaval ourensano

A la izquierda, imagen del vestido tradicional del carnaval de Viana do Bolo; a la derecha, una modelo luce el vestido de Dolce & Gabbana.

Celebrities y fashionistas se pasean por el veraneo de la élite mundial ataviadas de boteiras: el colorido atuendo del ancestral Entroido (Carnaval en gallego) de un pequeño rincón de la provincia de Ourense. La prestigiosa firma italiana Dolce & Gabbana ha estampado en piezas de su colección de la temporada primavera-verano de 2018 un diseño parecido al de las vistosas camisas de la figura más atractiva de la tradicional celebración del Ayuntamiento de Viana do Bolo (2.900 habitantes) y de la del municipio colindante de Vilariño de Conso (558 vecinos). La visión del catálogo ha solivianto a ambas localidades. Ya han alertado a la empresa textil del “clarísimo plagio” que han detectado, y le reclaman un reconocimiento público de su fuente de inspiración: un bien cultural, sostienen, que es “propiedad, aunque sea intangible” de sus comunidades.

Diseños más que similares a los de las camisas de los ancestrales boteiros del oriente ourensano (personaje oculto tras una máscara diabólica encargado de amedrentar a los espectadores dando brincos sobre una pértiga coloreada) invaden la colección de Dolce & Gabbana de la misma forma que hace unos años los bordados, sin derechos de autor, de las comunidades indígenas mexicanas de Oxaca, Chiapas o Hidalgo se colaron en los de un buen puñado de otras potentes firmas internacionales. Entre 2012 y 2017 hubo al menos ocho casos de colecciones de multinacionales de la moda -algunas españolas- que incorporaron a sus modelos figuras étnicas prácticamente idénticas a las utilizadas por algunas de estas poblaciones indígenas, según denunció en su momento la ONG mexicana Impacto.

Como en esos casos, en Viana do Bolo y en Vilariño no hay registro de propiedad ni derechos de autor sobre una actividad cultural que se transmite de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Pero el hecho de que no haya propiedad individual no significa que no la haya colectiva. Así lo entienden los ayuntamientos afectados.

“La figura de los boteiros constituye un bien cultural y es la seña de identidad más importante de nuestro municipio”, sostiene la concejala de Cultura de Viana do Bolo, Graciela Diéguez. “Hay que tener en cuenta que nosotros no nos disfrazamos en el Entroido; nos vestimos. Este atuendo evidencia una forma de ser y de sentir muy profunda”. A la vista de la similitud, la concejala cree que la firma italiana debería haberse puesto en contacto con el Ayuntamiento o haber hecho una “mención expresa” a la fuente de inspiración.

De la misma forma, la alcaldesa de Vilariño de Conso, Melisa Macía, reclama el reconocimiento público de la empresa. “Es un orgullo que se hayan inspirado en nuestro patrimonio pero nos molesta que no lo mencionen: no se nos respeta”. Macía contrapone a este caso el del músico vasco Kepa Junkera que “tras conocer nuestro Entroido decidió grabar aquí su último disco”. Inspirado también en el magnetismo de los boteiros, Junkera los invitó a bailar al ritmo de su trikitixa y grabó un documental para difundir por el mundola seña de identidad de un pueblo “supergeneroso, de gente humilde”.

Los sectores artísticos y culturales de Viana do Bolo son conscientes de que su patrimonio cultural genera capital social ajeno a las regulaciones legales. “Se basa en un consenso moral previo”, sostiene el artista plástico y profesor de Arte vianés Angel Manuel Rodriguez Romero, muy involucrado con el Entroido de Viana do Bolo y autor de varias obras alusivas a esta fiesta ancestral. Tiene claro que la apropiación cultural es “hacerse sin permiso con un objeto con fines comerciales y obviando a la comunidad creadora”.

Muy molesto con lo que considera un “plagio evidente” de la empresa textil italiana “tanto en la configuración de las formas como de la textura”, Rodríguez reclama que las instituciones públicas reconozcan este patrimonio como “parte inherente al pueblo” y que lo incluyan en políticas de promoción turística. “El patrimonio acerca gran cantidad de capital económico a sectores productivos interdependientes y fomenta la formación y sostenibilidad del capital humano”, puntualiza.

El artista se ha puesto en contacto con Amnistía Internacional para alertar del posible plagio de esta “propiedad colectiva”. “No se citan en ningún momento las fuentes de inspiración”, protesta. Y alerta de que la mayor parte de las personas que elaboran estos trajes son, como en el caso de las comunidades indígenas mexicanas, humildes. Rodríguez cita precedentes como el de la diseñadora francesa Isabel Marant, que llegó a reconocer que los bordados de sus blusas de la colección de verano de 2015 estaban inspirados en los de las túnicas de la tribu indígena de Santa María Tlahuitoltepec (Oaxaca, México).

¿Plagio?, ¿Inspiración?, ¿Coincidencia? Mientras los ayuntamientos ourensanos descartan la última opción, la empresa italiana, contactada por este diario, declina pronunciarse.

En 2015, la comunidad de Tlahuitoltepec protestó por la apropiación de su patrimonio cultural con fines comerciales e invitó a la diseñadora a “conocer a las artesanas y apreciar la blusa en lo cotidiano para reconocer el diseño de origen”. Marant la vendía por 230 euros cuando en la comunidad de origen apenas alcanzaba los 20.

Impacto -referente internacional en la lucha de la inequidad- advirtió en su momento de que podrían aplicarse tratados internacionales de patrimonio cultural sobre el derecho moral de los autores. “Bastaría con que la marca realizase un reconocimiento público sobre la comunidad de origen del diseño sin que sea necesario que pague por ello”, destacó.

En esta misma línea, Rodríguez critica la “obstinada separación entre economía y cultura” que, en su opinión, “impide dar la merecida importancia a la aportación del patrimonio cultural al desarrollo” de una sociedad. El artista apela a la definición de la UNESCO sobre las industrias culturales como “actividades de producción y comercialización que tienen como materia prima una creación protegida por derechos de autor”; en su opinión, se trata de un capital cultural que se convierte en atractivo turístico “que genera empleo” al mismo tiempo que “orgullo en los ciudadanos. De esta forma, entiende que aunque se trate de un “capital cultural intangible” se transforma en motor del “capital cultural tangible de la comunidad”.

Jorge Minas, coordinador del Entroido de Viana do Bolo, creador de las originales y complejas máscaras con las que se cubren el rostro los boteiro e hijo de una de las históricas artesanas que elaboran las camisas cuyos diseños se reproducen en la colección de Dolce & Gabbana, lo tiene claro; “Nos han usurpado nuestra seña de identidad, una propiedad de los vecinos”.

Minas sostiene que, como en los casos de las comunidades mexicanas, en Viana do Bolo el diseño de los boteiros pasa de una generación a otra “sin pensar ni remotamente en la existencia de la propiedad intelectual”, dado que se trata de un “conocimiento colectivo, de la comunidad”. A nadie se le ocurre obtener más beneficio de ello que el de mantener la tradición. “Lo bueno gusta, por eso nos copian”, zanja.

Un año de trabajo femenino no remunerado 

Durante un año entero un reducido grupo de mujeres, casi todas de avanzada edad, de Vilariño de Conso y Viana do Bolo, se afana en la costura de las originales camisas cuyos diseños lucen ahora en la colección de la firma de lujo italiana; una base de felpa sobre la que cosen en cada una de ellas como mínimo 1.000 metros de cintas fruncidas de seda o raso que forman llamativos motivos de colores en diseños elegidos por cada boteiro (soles, corazones, formas geométricas…). Un trabajo no remunerado económicamente: “los mozos les llevan las cintas y las camisas y les encargan el diseño que quieren”.

El investigador del Entroido ourensano, y autor de diversas publicaciones sobre esta tradición en Viana y Vilariño de Conso, Carlos Ares, apela también a la “propiedad colectiva, en tanto que identidad histórica” de los vecinos de Viana. Y, como la concejala de Cultura, Ares insiste en que el vestuario del boteiro “no es un disfraz; aquí te vistes para salir a oficiar, con lo que eso supone de implicación emocional y de identidad colectiva”. Entiende que Viana podría “registrar la figura del boteiro”.

Mientras las celebrities se dejan admirar esta temporada vestidas con el costoso traje de la efímera colección de moda, los vecinos de Viana mantienen, un año más, la cita con las costureras locales con la mente puesta en la próxima celebración del rito que fortalece su identidad.