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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Por el camino del padre

Paul Harding ganó en 2010 el Pulitzer por Vidas de hojalata, una magnífica primera novela: tradicional en su relato del mundo rural de Nueva Inglaterra e innovadora en su expresión narrativa, que alcanza a veces un tono casi mágico

Esta novela fue publicada por un pequeño editor con un tiraje corto; la novela, así aparecida en los escalones del palacio literario, acabó por llamar la atención de unos críticos que abandonaban la fiesta, la fueron leyendo y gracias a ellos obtuvo un primer reconocimiento que se fue ampliando hasta alcanzar ese mismo año, 2010, nada menos que el prestigioso Premio Pulitzer, lo que supuso la consagración de un autor primerizo: Paul Harding. Parece, de nuevo, el cuento de la cenicienta literaria, pero hay que agradecer al jurado del premio que se hayan tomado el trabajo de buscar al dueño del zapatito de cristal abandonado porque esta es, en verdad, una espléndida primera novela.

Vidas de hojalata

Paul Harding

Traducción de Jordi Martín Lloret

RBA Editores. Barcelona, 2012

192 páginas. 18 euros

El relato, que prescinde de la linealidad, abarca desde finales del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX

En ella se cuentan las últimas horas de vida de un hojalatero aficionado a componer relojes y la relación con su padre, también hojalatero y vendedor ambulante de mercancías. Abarca desde finales del XIX hasta la mitad del siglo XX y es un relato que reúne las vidas de estos dos pueblerinos en torno a la Naturaleza y al esfuerzo por la vida. Nada nuevo, por tanto, excepto que aceptemos esa regla de oro de la narración que dice que lo singular no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. En primer lugar, la novela prescinde de la linealidad. Solo la mantiene en el enunciado de horas que van faltando para la muerte de George Crosby. Apoyándose en ello, el relato se divide en dos partes: la que corresponde a George y la que corresponde a Howard, su padre. Hay un narrador que va contando la historia en episodios, pero que es interrumpido por las ensoñaciones y recuerdos del moribundo de manera que contemplamos la historia desde una doble perspectiva. De hecho, solo una vez interviene un tercero, un nieto de George que está leyendo para él y lo hace en primera persona; está leyendo un libro encontrado en el desván que conjetura que es de George.

La relación de padre e hijo con la Naturaleza es vital para ellos; el padre es epiléptico (se cuenta un ataque, que George niño contempla, con verdadera fuerza dramática), lo que lo presenta con un halo de misterio e inquietud ante los hijos, tiene hermosas visiones de paz y claridad, y un día abandona a su familia, lo que al final trae una sorpresa que prefiero no descubrir. George es hojalatero también, pero se aficiona, gracias al regalo de un reloj y un manual, a desentrañar su mecanismo y por afición se convierte también en relojero. En realidad, George va regresando por el camino del padre gracias a la memoria moribunda mostrando así la relación entre ambos y el sentido de la vida natural que los une. Harding aprovecha la vigilia entre realidad y ensoñación de George para dar entrada a historias laterales cargadas de misterio, como la muerte de Tom Budden bajo el fuego de su casa con toda su familia, hasta que la familia reaparece y todos se preguntan quiénes eran la mujer y los niños que murieron con él; o la historia del ermitaño Gilbert, su diente y una primera edición dedicada por Hawthorne; o el relato que hace Howard, que parece un sueño, del modo en que su padre (el abuelo de George) va perdiendo la cabeza y desvaneciéndose poco a poco en al aire, en la luz. Incluso muchos de los recuerdos de George aparecen teñidos de una vaga irrealidad, lo que da al relato un tono a veces casi mágico. Y ese tono casa a la perfección con la fórmula de escenas que se suceden sin atenerse más que vagamente a un eje cronológico porque el eje que las reúne a todas es el modo de ser y vivir de los dos personajes centrales, que opera como un intangible que lo impregna todo. Entonces entra en juego ese aire fantasmal de una parte de los sucesos en contraste con la vigorosa realidad del mundo pequeño y rural en que viven y la novela se desliza de manera fascinante hacia su destino.

A tono con ese ambiente rural actúa la descripción, la gran atención que dispensa a los objetos como recuerdos de vida, descripciones muy precisas de la estancia, la casa, etcétera, cual corresponde a gente que pone en valor todo lo que ha adquirido o ha construido con sus manos, y utiliza con habilidad la relación entre las cosas y la gente; por ejemplo, ese momento en que George, moribundo, ve los relojes de la habitación parados y en especial uno de pie Stevenson y "al imaginarse dentro de la caja de aquel reloj, hueca, seca y oscura, con el péndulo inmóvil colgando cuan largo era, se notó el interior del pecho y de pronto le asaltó el pánico de que también se le hubiera parado".

Vidas de hojalata es una novela tradicional en lo que respecta al mundo rural americano de Nueva Inglaterra de hace un siglo y ciertamente innovadora en cuanto al modo de expresión elegido para contarlo. Esa es la razón por la que merece toda la pena leerla. Es también una lección de humanidad y amor a la vida. Una magnífica primera novela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de enero de 2012

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