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Entrevista:CENA CON... MASSIMO FALCOLINI

"Sin inversión en tecnología no se tiene voz propia"

Sale ágil de su auto de marca italiana y se disculpa por un retraso mínimo. A partir de ese momento, Massimo Falcolini, de 44 años e ingeniero aeronáutico en la Agencia Espacial Europea (ESA), no abandonará la sonrisa. Le gusta su trabajo y disfruta fuera de su Nápoles natal, adonde regresa para ver a su familia. Pero lo que en verdad le apasiona es compartir con sus colegas de ESTEC (Centro Espacial Europeo de Investigación y Tecnología, en la ciudad holandesa de Noordwijk) lo que llama "desentrañar lo desconocido". Su labor consiste en asegurarse de que la industria construye los componentes electrónicos adecuados para los experimentos de satélites y telescopios. "Una especie de control de calidad", según explica, casi restándole importancia. Aunque su labor es indispensable para el éxito de las misiones espaciales.

Este ingeniero de la ESA vigila la calidad de los componentes para hacer satélites

"Desde 2005 estoy en el equipo del telescopio de infrarrojos James Webb, que observará la formación de estrellas y galaxias después del Big Bang". Dicho así, la descripción de un complejo instrumento óptico construido y operado por la NASA, la ESA y la Agencia Espacial Canadiense, suena formal y académica. Sin embargo, el entusiasmo que Falcolini pone al entrar en detalle resulta contagioso. Se acomoda en la silla, mira fijamente y describe el largo camino recorrido por la astronomía desde Galileo. "Su telescopio mandaba la luz recogida al ojo mismo. El Webb apuntará al sistema solar profundo", dice, analizando una carta llena de postres prometedores.

El particular viaje a las estrellas de Falcolini empezó por una vía distinta. Trabajó en Italia para Alenia, el fabricante de componentes para aviones, pero quería rodearse de un ambiente internacional en otros países. "A los 32 años no estaba satisfecho, y la labor en ESTEC me parecía el mejor empleo posible. Varios meses después de la entrevista me llamaron y fue como una luna de miel profesional", dice, apurando unos filetes de pato con manzana y arándanos.

Viéndole reproducir con las manos la posición escogida para el telescopio Webb, protegido del calor del Sol por la Tierra, cuesta creer que el cohete que tenía de niño no fuera su juguete favorito. "Lo pasaba bien, pero algunos de mis compañeros manejaban telescopios a todas horas. Tampoco mis dos hermanos, que trabajan ahora en Fiat y en informática, eran forofos del espacio. En cambio, ahora soy mucho más consciente del sistema solar en su conjunto", asegura, dejando el plato impoluto. El Webb ya vale unos 6.866 millones de euros y tiene previsto su lanzamiento para 2018. "El camino es largo, pero ESA tiene claro su objetivo y eso ahorra burocracia", subraya, para pedir luego un pastel de chocolate. "Es mi alimento favorito", ríe.

En plena euforia chocolatera, reconoce que le gusta vivir en el extranjero "porque no hay códigos de comportamiento, y así me siento más yo mismo". Una situación privilegiada que no le impide ponerse serio para lamentar "la falta de racionalidad con la que se hace política en Italia". Y para llamar la atención, al final, sobre uno de los peligros de la crisis: "Sin inversión en tecnología no se puede tener voz propia fuera", afirma, apurando un expreso.

Schlemmer. La Haya

- Pato con manzana y arándanos: 17,50 euros.

- Lubina con espárragos: 18,5.

- Tarta de chocolate y helado 6,75.

- Sabayon de avellanas y amaretto: 6,75.

- Aguas y expreso: 6,75.

Total: 56,25 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 2012

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