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Reportaje:DESPUÉS DE MUBARAK

Egipto tortura su revolución

Abusos y juicios militares se abaten sobre la sociedad egipcia cuando prepara su primer reto democrático: las elecciones legislativas del 28 de noviembre. Las Fuerzas Armadas, omnipotentes en la época de Mubarak, no quieren perder el control del país

Gritos. Un crujido, un chispazo, un chasquido. Un aullido animal que rompe el silencio del alba al tiempo que un destello ilumina el rostro desencajado de quien lo profiere. Un grupo de militares ayudados por un policía empujan y sacuden a un hombre desnudo de cintura para arriba al que golpean con un látigo mientras le interrogan. Algunos azotes van directos al pecho y la espalda; otros, a las pantorrillas o los glúteos... De cuando en cuando le acercan una porra eléctrica: al estómago, a los genitales, a la boca... El hombre se retuerce y chilla. A veces cae de rodillas. Entonces, el más joven de los soldados se acerca a él, le da unas palmaditas en la espalda para tranquilizarle, le pregunta si es un ladrón, con voz suave, mientras el otro gimotea. Después se aparta para que uno de sus colegas meta al ladrón la porra en la boca y aplique una nueva descarga. Es jueves 10 de marzo en El Cairo y hace un mes que Hosni Mubarak renunció al poder después de 18 días de protestas en las calles.

Unos azotes van directos al pecho y la espalda; otros a los glúteos. De vez en cuando le acercan una porra eléctrica

Como Egipto no tiene presidente y mandan los militares, todo lo consideran como propio del ámbito castrense

En menos de dos semanas, Egipto celebrará sus primeras elecciones democráticas en 60 años; las primeras desde la renuncia forzosa del rais el pasado 11 de febrero, tras 29 años de dictadura. Los egipcios eligen Parlamento, pero la democracia no se huele ni se palpa en el nuevo Egipto, salvo en la lucha de los partidos y los activistas para tratar de salvar los principios de la revolución del 25 de enero. La tensión ha ido creciendo en los últimos meses y el paso del tiempo no ha hecho sino enturbiar el futuro. La muerte, el 9 de octubre, de 25 participantes coptos en una manifestación reprimida a golpes, disparos y atropellos por las fuerzas de seguridad parece haber marcado un punto de no retorno, que alimenta la desesperanza y subraya la impunidad de las acciones del Ejército.

El Parlamento electo tendrá como misión elaborar una Constitución, pero los militares quieren mantenerse en el poder ejecutivo hasta las elecciones presidenciales, que ni siquiera tienen fecha. La Junta Militar que gobierna de facto el país desde la caída del faraón, camuflada tras el escaparate de un Gobierno interino, parece estar forzando su permanencia en el poder mediante maniobras que buscan allanar el camino para mantener los privilegios que ostentaba hasta la caída de Mubarak. En el plano político, tratando de imponer unos principios supraconstitucionales a la comisión que redacte la Carta Magna, para asegurar sus prebendas; en el social, a través de acciones represivas que recuerdan demasiado a las del depuesto régimen, del que las Fuerzas Armadas fueron el pilar principal. Desde la revolución que acabó con la monarquía en 1952, todos los presidentes procedían de las filas militares. Las torturas a civiles bajo custodia, que nunca antes habían sido constatadas, según el centro Nadeem para la atención psicológica y la rehabilitación de víctimas, han aumentado desde el fin de la revuelta; igual que los juicios militares a civiles, que suman 12.400 desde febrero pasado.

El 12 de ese mismo mes, un día después de que Mubarak claudicara, el Consejo de las Fuerzas Armadas anunció que Egipto acataría los tratados internacionales de los que es parte. Y Egipto es parte de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes desde 1987. Sin embargo, la mañana del 10 de marzo, la policía militar llevó a seis adolescentes a un rincón de Garden City, un barrio aledaño a la plaza de Tahrir donde se desarrollaron las manifestaciones. Les quitaron las camisetas y, con las manos atadas a la espalda, los golpearon. Después los empujaron hasta un minúsculo patio de luces donde, tras echarles agua por encima, los azotaron y aplicaron descargas eléctricas. El chirrido, como el de un cable al paso del tranvía, estallaba con un centelleo que provocaba un espasmo y un quejido. Alguno de los muchachos se orinó encima. Los soldados se emplearon a fondo. Bromeaban, se pasaban la porra. Ellos se acurrucaban y no respondían cuando los llamaban perros, ladrones... De sus espaldas brotaba la sangre y la carne se abría amoratada por los bordes. Algunos vecinos intentaban mediar sin éxito. Varios extranjeros presenciaron la escena desde un edificio próximo. Tras una hora larga de torturas, se llevaron a los muchachos a otro lado.

Esto, que podría haber sido un caso aislado a pesar de la impunidad con que se ejecutó a plena luz del día, se ha convertido durante nueve meses en la norma. Solo un día antes, el Ejército, ayudado por matones de paisano armados de porras y palos, había desalojado las últimas tiendas que quedaban en la glorieta de Tahrir. Los detenidos, más de trescientos, fueron llevados al Museo de Antigüedades cercano y torturados con prácticas similares a las presenciadas por esta periodista. "Desde aquel día, algo se fue rompiendo", señala la doctora Mona Hamed, psiquiatra de Nadeem. "Nunca antes habíamos tenido casos de torturados por el Ejército". Hubo un muchacho que acudió al centro nada más acabar la revuelta, después de haber sido sometido a vejaciones tras ser detenido. "Después de casi veinte años, sé reconocer cuándo alguien dice la verdad, y él la decía. Estaba destrozado, pero no quiso denunciar a sus torturadores porque confiaba en el Ejército. Para él eran los salvadores del pueblo egipcio. En octubre, con las marcas de la tortura aún visibles en su cuerpo, regresó. Ya no les veía con los mismos ojos", señala la psiquiatra.

Antes torturaba la policía, ahora el Ejército. La doctora, que ayuda a "supervivientes" de la tortura en este centro con sede en El Cairo, especializado en apoyar a víctimas de estos abusos desde 1993, no es muy optimista. "Estos actos están encaminados a acabar con la dignidad de las personas, a someterles. Nunca se llama a los detenidos por su nombre. Se les llama perros, o cualquier otro insulto, muchas veces con carácter sexual. La humillación es la clave", argumenta la doctora. "A veces se detiene a familiares o amigos juntos y se les obliga a ver u oír cómo se tortura a otros. Se les desnuda, luego se les obliga a adoptar posturas dolorosas, se les electrocuta y flagela; se simulan ahogos, se les viola...". Esto fue lo que ocurrió con las mujeres que fueron detenidas en el desalojo de Tahrir. "Fueron sometidas a lo que llamaron pruebas de virginidad", apunta la doctora Hamed.

"Nos hicieron fotos desnudas y nos dijeron que nos denunciarían por prostitutas". A Salwa Hosseini, una peluquera de 20 años, aún se le saltan las lágrimas al recordar los golpes, las descargas y los insultos. El calvario acabó con las piernas abiertas en una camilla mientras la examinaba un hombre con bata. "Me puse a chillar, no quería que me tocaran, pero un oficial dijo al médico que siguiera". Aunque el Ejército negó las denuncias, meses después un oficial de alto rango revelaba a CNN, bajo condición de anonimato, la veracidad de la acusación. Argumentaba que los controles de virginidad se hicieron para que las mujeres no pudieran decir después que las habían violado las autoridades.

"La tortura siempre ha existido en este país", explica Gamal Eid, director de la Red Árabe para la Información de Derechos Humanos (ANHRI, en sus siglas en inglés). Eid considera que los activistas y, "en general, cualquiera que fuera contra el Gobierno durante la época de Mubarak eran objetivo de un Estado policial que en 30 años construyó unas estructuras represivas perfectas, encaminadas a perpetuar el régimen".

Egipto ha sido siempre el principal aliado estadounidense en la región y el segundo receptor de ayuda, por detrás de Israel. Desde los atentados del 11-S, pudo escudarse en la guerra contra el terrorismo para aplicar métodos represivos y violar los derechos humanos, aunque estas prácticas ya se usaran anteriormente sin necesidad de ampararse en la guerra global. Además, el país del Nilo se convirtió en uno de los principales lugares de paso o destino de sospechosos del Gobierno de EE UU para su interrogatorio, por lo que a Occidente le resultaba más fácil mirar hacia otro lado.

Una de las técnicas de eliminación de opositores que empleó el Gobierno del faraón fue la de transferir aquellos casos que tenían que ver con la Seguridad del Estado (el Amm el Dawla) a la autoridad militar. La Ley de Emergencia vigente en Egipto desde 1981 así como el Código de Justicia Militar autorizan al presidente a transferir a civiles a tribunales militares. Bajo el mandato de Mubarak, los opositores políticos o blogueros pasaban a disposición de la justicia militar. Ahora, como Egipto no tiene presidente y mandan los militares, todo lo consideran como propio del ámbito castrense. "Durante 29 años, hubo entre 1.500 y 2.000 juicios", señala Gamal Eid. "Pero desde el pasado febrero el Ejército ha juzgado a 12.400 personas". Casi ocho veces más.

El Código de Justicia Militar especifica ciertas condiciones para que un civil sea juzgado por un tribunal castrense, como que un soldado esté involucrado en el delito o que este se haya cometido en un área bajo el control de las Fuerzas Armadas. En marzo, tras el desalojo de Tahrir, los más de trescientos detenidos que pasaron por los bajos del Museo de Antigüedades fueron juzgados por tribunales marciales. Entonces, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas enmendó el Código Penal para incluir el delito de bandidaje (entendido como "uso de la fuerza o amenaza de uso de la fuerza contra una víctima" con la "intención de intimidar o causar daño a ella o su propiedad"). Poco después, en una entrevista televisiva, el general Ismail Etman, portavoz de la Junta Militar, sostuvo que cuando el delito afecte a la seguridad de las Fuerzas Armadas o del país, como el saqueo, el vandalismo o la destrucción de propiedades, transferirían los casos a juzgados militares.

Lo paradójico es que mientras Mubarak y su corte están siendo juzgados por un tribunal civil, casi todos los ciudadanos detenidos desde la revolución han sido juzgados por tribunales castrenses.

"Mi hermano estaba cerca de Moqqatam el 25 de febrero. Había habido disturbios. Cogieron a un amigo suyo y cuando fue a ver adónde se lo llevaban le dijeron: 'Ya que te importa tanto, sube tú también". Fue la última vez que Mohamed Atta vio con vida a su hermano Essam, de 24 años. El 29 de octubre, un compañero de la prisión en la que cumplía la condena de dos años que le había impuesto un tribunal militar los llamó para que fueran a buscarlo por los hospitales. Lo encontraron en la morgue de Kasr el Ainy. "La única vez que mi madre fue a prisión le llevó una tarjeta de teléfono para que pudiera llamarnos, pero otro le acusó de haber recibido drogas. La sacaron de allí, pero pudo oír los gritos de mi hermano. Después nos llamó para decirnos que lo habían torturado y que un soldado lo había obligado a beber agua con jabón. Nos pidió que lo denunciáramos, pero yo me enfadé y le dije que no necesitábamos más problemas", lamenta Mohamed. Los medios compararon su muerte con la de Khaled Said, cuyo fallecimiento, tras las torturas a que fue sometido por la policía, encendió el movimiento que desembocó en la revuelta de enero. En ambos casos, al entregar los cuerpos a las familias, se les dijo que se habían ahogado tragándose una bolsa con droga.

Al abogado y director de ANHRI no le sorprende lo ocurrido a Atta: un caso fabricado juzgado en un tribunal militar, al que se suman las torturas. "Saben que los pobres no tienen a nadie que pueda defenderles", apunta. Otra cuestión es la de las voces críticas, como Maikel Nabil, un bloguero que fue condenado a tres años de cárcel por insultar al Ejército y lleva más de dos meses en huelga de hambre. O el de Alaa Abdel Fatah, uno de los blogueros egipcios de mayor prestigio, bajo arresto por negarse a declarar ante la autoridad castrense.

"Creo que realmente quieren soltar a Alaa, saben que ha sido un error. Es imposible sostener un caso ficticio contra alguien tan popular. La gente sabe que está detenido por sus críticas a la Junta", explica el abogado. "Los militares querrían tener un Gobierno como el de Pakistán", señala. El mariscal Tantaui, cabeza de la Junta Militar, fue agregado de Defensa en dicho país en los ochenta. "Como no es posible, quieren llegar a un acuerdo en el que la sociedad civil gobierne mientras ellos mantienen sus privilegios. No quieren que desempolvemos los archivos y descubramos los intereses económicos que tienen después de años de corrupción", concluye. "Pero se encuentran en una posición difícil. La gente tardó 30 años en demandar justicia con Mubarak y ahora protesta cada vez que ocurre algo. Gracias a la presión popular, el número de juicios militares ha bajado".

Zahraa Kassem, la hermana de Khaled Said, está de acuerdo en que mantener el pulso es la clave: "Volveremos a Tahrir para recuperar nuestros derechos o morir allí".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de noviembre de 2011