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COLUMNA

Naturalmente

Menos mal que no soy votante del PP. De lo contrario, en este momento no sabría a quién voy a votar en realidad. Mientras Rajoy, con serenidad, elegancia y sentido del Estado -nunca es tarde si la dicha es buena- celebra con la inmensa mayoría de los españoles el fin de la lucha armada de ETA, Aguirre proclama que no hay nada que celebrar en un comunicado como tantos otros, y la caverna ruge citando a otros líderes populares, con Mayor Oreja a la cabeza. Entre ambas actitudes, alegría serena y cuanto peor, mejor, caben tres cuartas partes de un abanico ideológico, de sensibilidades contrapuestas. Pero todas militan en el mismo partido.

No es la primera vez que el PP dice una cosa y su contraria. Durante el último año, Cospedal, González Pons y Saénz de Santamaría se han abalanzado sobre los micrófonos para prometer a los españoles que la crisis, el paro y la amenaza de recesión terminarán en el instante en que Rajoy sea presidente del gobierno. Han insistido tanto que han conseguido asustar a su candidato, que ya va advirtiendo en los mítines que él no tiene una varita mágica para arreglar esto. La responsabilidad no es como la dicha, y cuando llega tarde, ya no es buena, así que me temo que le va a costar trabajo rebajar las expectativas que sus portavoces han elevado hasta cotas tan astronómicas. Tal vez, eso sí, la agencia Moody's le eche una mano, como la que acaba de prestar al Gobierno de Castilla-La Mancha, al echarle las culpas a su antecesor por la rebaja de la calificación de su deuda. Que yo recuerde, sus dictámenes previos nunca habían incluido semejantes alardes de memoria histórica. Así que Rajoy puede estar tranquilo. Si llega a la presidencia y, como es evidente, no se acaba la crisis, ni el paro, ni la amenaza de recesión, todo seguirá siendo culpa de Zapatero. Todo, menos el fin de ETA, naturalmente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de octubre de 2011