SILLÓN DE OREJASColumna
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No estoy para nadie

Pasé el día de reflexión (y el de acción) dividido entre el sentimiento de vergüenza ajena a cuenta de lo que los medios han llamado Spanish Revolution y el vano deseo de concentrarme para reflexionar con más provecho y escapar del limbo de los indecisos. Para superar la primera sensación me entretuve leyendo el turbador libro de Inka Martí Cuaderno de noche (Atalanta), en el que se recogen sesenta y cinco sueños soñados por la autora en la última década. Un freudiano (aunque la autora y su prologuista -Jacobo Siruela- se me antojan más bien junguianos) recordaría en este punto que los sueños son el camino real del inconsciente. Los de Inka Martí también, claro, aunque ese aspecto no parezca inquietarla demasiado. Privados del contexto psíquico y cotidiano en que aparecieron, sus sueños resultan difícilmente interpretables, pero eso no es lo relevante. El verdadero interés de la autora ha sido transcribirlos en su estado más puro, "como acto involuntario de creación absoluta", al modo en que les gustarían a los surrealistas. Y, de hecho, las imágenes ostentan la misteriosa riqueza simbólica de lo que se nutre de dos mundos, el de la realidad-real y el de la que aparece de vez en cuando en los pliegues de la primera (y se manifiesta a menudo en lo onírico). Un libro de lectura (per)turbadora, en todo caso, porque el lector / lectora no puede evitar sentirse como voyeur / voyeuse de un inconsciente ajeno: a lo largo de la lectura he tenido la inquietante sensación de que miraba a través de la cerradura con permiso de quien me había dejado fuera de la habitación. En cuanto a lo de la reflexión preelectoral, durante todo el sábado y el domingo me vino a la cabeza repetidas veces aquel refrán con que Mao Zedong recomendaba el estudio a los militantes: "Frunce el entrecejo y se te ocurrirá una estratagema", y cuyo significado el Gran Timonel explicaba así: "En otras palabras, la mucha reflexión engendra sabiduría". Tanto lo fruncí, sin embargo, que no pude evitar dormirme. Y, entonces, también yo tuve un sueño, y más parecido a una pesadilla que a una ligerilla: el sillón de orejas en que me había quedado frito se estiraba hasta transformarse en un sofá en el que yo yacía, tal como solía hacerlo en el diván de mi psicoanalista; acto seguido, el libro que había estado leyendo se independizaba de mí, levitaba sobre mi rostro y se convertía en mi lector: leía mi cuerpo y -lo que es más grave- mi alma. Cuando me desperté, ya había tomado mi decisión: me encomendé a santa Rita de Casia, patrona de los imposibles (la Iglesia celebra su día el 22 de mayo), y fui a votar con un pañuelo mojado en amoniaco bien pegado a la nariz y con la vana esperanza (pero sin convencimiento) de que la derecha (y, sobre todo, esta derecha) no ganara por goleada. Pero siempre pierdo: al día siguiente Aguirre y Camps (entre otros) habían arrasado; Zapatero le echaba la culpa a la crisis; los chicos del M-15 seguían entretenidos exhibiendo su malcontento mediogénico y jugando a la Spanish Revolution; y Cayo Lara continuaba demostrando que cualquier parecido (teórico) con Gramsci no es más que una irrisoria coincidencia. Desde entonces estoy metido en la cama. No estoy para nadie.

Apuestas

Todavía no ha dado tiempo a que se desvanezcan las esperanzas de muchos editores respecto a sus "apuestas" para la Feria del Libro. No se pueden imaginar la cantidad de ellas que me han llegado a través del correo electrónico. Las hay para todos los gustos, pero en tan gran número que tengo la impresión de que existen más que gustos posibles. Claro que cada día se incrementa el caudal de las devoluciones, mientras se hace patente el cambio en los hábitos de consumo. Ya verán cómo crece el número de lectores que llegan a las casetas provistos de una lista de compra, como cuando van al hipermercado: la llamada "compra por impulso" ha perdido el suyo al ritmo que imponen las vacas flacas. Un signo de que ciertos editores saben que la gente se lo piensa más a la hora de comprar libros es que cada vez se publican menos títulos de o sobre las "celebridades" mediáticas de los programas basureros. Y no me extrañaría que los firmantes de esta edición de la Feria se encuentren con que abundan los lectores que les llevan ejemplares viejos para que se los dediquen ahora. Todo eso en un contexto extraordinariamente cambiante y rebosante de datos contradictorios. Me entero, por ejemplo, de que el número de empleados en el sector de la edición en papel en Cataluña ha bajado un 24%. Los ultra optimistas (especialmente los que ocultan la cabeza en el hoyo) dicen que no importa, que el cambio a lo digital va para largo, que no hay que preocuparse demasiado. Que se lo digan a Amazon (Estados Unidos), que ya está vendiendo 105 libros electrónicos por cada 100 de papel. Y en gran parte gracias al abaratamiento de su lector Kindle que sólo cuesta 114 dólares (en 2007 costaba 399). Mientras tanto, el fondo norteamericano Liberty Media, que lo compra casi todo, acaba de hacer una oferta para adquirir la cadena de librerías Barnes & Noble, el gigante librero de Estados Unidos. Y mientras allí se lo piensan, la británica Waterstone's, la mayor cadena de Europa, ha sido adquirida por el magnate possoviético Alexander Mamut (un apellido la mar de adecuado) por 53 millones de libras (60,7 millones de euros). De modo que, a pesar del ascenso de lo digital, todavía hay quien espera hacer buenos negocios con el libro de papel. Y, por eso, y a pesar del calor apabullante, a la Feria también iré, "aunque un sol de alacranes me coma la sien", como decía en su inolvidable Gacela del amor desesperado el poeta granadino asesinado.

Cine

En el prólogo a su libro 300 directores malditos (Cátedra), Augusto M. Torres los define como "aquellos que, por múltiples razones, no alcanzan la consideración que deberían tener". Esos, afirma, y sus películas "malditas" son lo que más le interesan, y a cada uno de ellos le ha dedicado una entrada que le gustaría "pudiera leerse como un minirrelato". En esta nómina figuran cineastas como André Delvaux o Dziga Vertov, como Alfonso Ungría o Julian Schnabel, como Chantal Akerman o Lisa Cholodenko, como Vicente Molina Foix o Pierre Kast. No figura, y no entiendo muy bien por qué, el centenario (pero aún pimpante) Manoel de Oliveira, de quien acabo de ver El extraño caso de Angélica, una sugerente historia de "amor metafísico" en la que un fotógrafo se enamora perdidamente de una joven muerta a la que le han encargado fotografiar. Durante toda la película pensé en el extraordinario retrato ("gótico" avant la lettre) que le hizo Anthony van Dyck a la bella Venetia Stanley en su lecho de muerte, y que se puede contemplar en la Dulwich Gallery londinense. Completo mi tarde de lecturas cinematográficas leyendo a saltos la pasable biografía de Bogart de Stefan Kanfer (Lumen), mientras me viene a la memoria el inicio del obituario que André Bazin le dedicó en Cahiers du Cinéma (febrero 1957): "¿Quién no lleva duelo por Humphrey Bogart, muerto a los cincuenta y seis años de un cáncer de esófago y medio millón de whiskies?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0028, 28 de mayo de 2011.

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