Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Mestre, quina toquem?

Desde hace unos meses, unos años ya, al socaire de la crisis y del derrumbe de nuestra economía de turismo y construcción, se lee y escucha mucho que tenemos que "cambiar de modelo productivo". Políticos, economistas, intelectuales, medios de comunicación... nos cuentan una y otra vez que hemos de apostar por "la economía del conocimiento", por la puesta en valor de otros sectores productivos, por unos servicios más avanzados y por la generación de I+D+i. Ésa ha de ser la apuesta estratégica, la partitura que nos estamos diciendo unos a otros que tenemos que interpretar en los próximos años si queremos aspirar a que nos vaya bien. O, al menos, no demasiado mal.

Lamentablemente, se trata de discursos vacíos, de mera retórica. Afortunadamente, al menos, somos perfectamente conscientes de ello. Dentro de lo malo que es que toda esta historia del cambio de modelo productivo sea un paripé, es un pequeño consuelo constatar que todos intuimos que el emperador, sí, va desnudito. Sabemos que la apuesta productiva de quienes la tienen que hacer, poniendo dinero, estableciendo líneas de ayuda, determinando inversiones y disponiendo el marco legal que puede acompañar una transformación de esta índole, a la hora de la verdad, es la que es: esperar a que escampe la crisis y confiar en que, tarde o temprano, vuelva a arrancar la maquinaria que sabemos manejar, a saber, la del copazo y el ladrillo.

Resulta obvio viendo dónde estamos recortando, dónde seguimos metiendo dinero y qué tipo de modificaciones legales se han venido aprobando en los últimos meses cuál es el modelo de quienes mandan. La dinámica es la que es. Apuntalar a los inversores en suelo y al sector de la construcción con todos los medios a nuestro alcance, abrir de mala manera la mano respecto de las actividades de hostelería para que no tengan que cumplir la más mínima norma de respeto a los demás o al medio que pueda limitar su rentabilidad y, mientras tanto, seguir gastando cantidades ingentes de dinero público en nuestra marca turística de supuesto tronío y eventos varios mientras la investigación se queda seca e incluso la educación pública es tratada como una "carga" que hay que ir minorando en lugar de como base imprescindible sin la que es sencillamente imposible que aparezca modelo productivo alternativo alguno. Un 40% de fracaso escolar y unas tasas de analfabetismo que nos hacen líderes en Europa (y no sólo de Europa occidental, de toda Europa) certifican el carácter delirante, en ese contexto, de cualquier viraje hacia una "economía del conocimiento".

Tampoco, hay que reconocerlo, vivimos en una sociedad donde haya una gran demanda de otra cosa. En el fondo nuestros políticos responden, apuntalando con normas y con dinero nuestros sectores "estrella", a lo que la mayor parte de la ciudadanía desea y entiende. Porque nuestra población, entre la falta de formación y la visión alicorta de quienes deciden las líneas estratégicas de futuro, ha acabado asumiendo la triste tesis de que, hoy por hoy, tampoco parece que haya demasiadas opciones. Y no se vive tan mal sin tener que estudiar mucho, como camarero o propietario de garito, según le vaya en suerte a cada cual. Así pues, la respuesta a quienes todavía se pregunten qué hemos de ponernos a tocar a partir de ahora es más que previsible. Doncs la mateixa, que se suele decir. Que en sabem una altra?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011