Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Esclavos voluntarios y otros pringues

Hace unos días se presentó en mi casa un joven vecino que me traía de regalo un diminuto pendrive con la cuarta temporada de Mad Men metida dentro (mi mala conciencia ante su probable respuesta me impidió preguntarle de dónde la había sacado). Bajo su desgastada chupa de aviador el muchacho lucía una envidiable camiseta en la que, sobre la fotografía impresa en blanco y negro de una cámara de seguridad, podía leerse (en inglés) la advertencia: "Nos vigilan". Y debajo: "Actúa normalmente". La había adquirido en Londres, donde la vigilancia electrónica en las calles ha llegado a unos extremos inconcebibles incluso para Winston Smith, aquel sufrido funcionario que odiaba a las ratas y trabajaba en el Ministerio de la Verdad a la altura de 1984. Resulta extraño que, en un país en el que la introducción del carnet de identidad (todavía no extendido a toda la población) provocó un encendido debate nacional en torno a las libertades individuales, la gente haya aceptado la vigilancia electrónica con tanta flema. Pero no es el único. Libertad en venta (Ariel), un ensayo de John Kampfner, se ocupa precisamente de la extendida tendencia contemporánea a cambiar libertad por seguridad (en los países democráticos, en los demás ni siquiera puede plantearse el trato), analizando profusamente las razones por las que en ciertos Estados (algunos emergentes como China, Rusia y la India, y otros ya emergidos, como Italia, EE UU o Reino Unido) buena parte de sus ciudadanos han aceptado sin mayores desgarros cesiones antidemocráticas que afectan particularmente a los sospechosos de poner en cuestión los fundamentos políticos y, sobre todo, económicos, del sistema. La libertad de expresión -empezando por la prensa- es uno de los costes que se pagan, pero no el único ni, a la larga, el más letal para la ciudadanía. Kampfner describe las peculiares formas que ha adoptado esa cesión de libertades en países, como Singapur, donde la élite de la población apoya un sistema que exige renunciar a derechos fundamentales a cambio de ver garantizada su prosperidad como clase. También en relación con el control social surgió históricamente la necesidad de identificar a las personas y dotarlas de documentos o títulos que acreditaran su personalidad y proporcionaran datos sobre su filiación. La Historia de la identificación de las personas, de Ilsen About y Vincent Denis, también publicada por Ariel, se ocupa de los procedimientos utilizados para ello, desde los "sellos" medievales a las huellas dactilares, desde las marcas judiciales y los registros catastrales hasta las cédulas o documentos de identidad, desde la mera observación visual a la sofisticada identificación electrónica. Toda la panoplia de procedimientos desplegados para que el poder sepa quiénes somos. Aunque a veces no lo sepamos ni nosotros mismos.

Revoluciones

Según ciertos autores (por ejemplo, Hillel Schwartz en La cultura de la copia; Cátedra, 1996), en los primeros cincuenta años de funcionamiento de la imprenta se publicaron muchos más libros que todos los que habían sido copiados a mano durante los cinco siglos anteriores. Se calcula que de los aproximadamente 100.000 manuscritos que había en Europa hacia 1450 se podría haber pasado, a principios del siglo XVI, a cerca de 20 millones de ejemplares de libros y folletos producidos en las imprentas. Esa incontenible irrupción de lo impreso dio al traste con diversos oficios (y beneficios) y suscitó el desdén de conspicuos representantes de las élites culturales. Miren, por ejemplo, lo que aún escribía en 1492 el abad Johannes Trithemius: "El libro impreso está hecho de papel y, como papel que es, desaparecerá rápidamente. Pero el escriba que escribe en pergaminos se asegura un recuerdo duradero de él y de su texto". En todo caso, como se sabe desde que Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicaron su seminal ensayo L'apparition du livre (1958), lo que se produjo entonces fue una revolución que afectó a los aspectos más diversos de la cultura (pero no sólo) de sociedades y pueblos enteros. La aprensión ante las transformaciones que está provocando la nueva revolución del libro electrónico se percibe también ahora, sobre todo en Europa, y más en unos sitios que otros. Con algunas excepciones notables, la sensación predominante entre editores y, sobre todo, libreros, es la de desconcierto. Se habla de la necesidad de cambiar el modelo de negocio, pero muchos empresarios siguen mirando hacia otro lado mientras se hacen cruces ante los costes de tan radical transformación. No parece ser el caso, por ejemplo, de Riccardo Cavallero, director general de Mondadori, que en una entrevista concedida a Juan Cruz y publicada en este periódico declaraba que en el mundo del libro el poder ha pasado del editor al lector. Demagogias (de cara a la galería) aparte, lo cierto es que Cavallero parece apostar decididamente por un futuro modelo de negocio en el que el editor ya no venderá, sino que prestará (o alquilará), y en el que el respeto al consumidor pasará por "darle lo que quiere y al precio que quiere". Lo que no se entiende bien, claro, es el papel que reserva a los libreros. Mientras tanto, si están interesados en las cuestiones que suscita el entorno digital en las librerías, no se pierdan el último número de Texturas, la estupenda revista sobre edición y cultura escrita dirigida por el polifacético Manuel Ortuño y José María Barandiarán. El mismo sello (Trama) que edita la revista ha publicado recientemente Las razones del libro, una apasionada, integradora y sugerente apología de lo impreso a cargo de Robert Darnton, que además de ser uno de los más importantes y sabios historiadores del libro siempre practica la exquisita cortesía de no escribir (sólo) para profesores.

Pringue

Lo que más sorprende del último (y carísimo) espanto (anti) cinematográfico de Santiago Segura es la alegre unanimidad a la hora de celebrarlo. Nadie se atreve, claro, a ponderar calidades inexistentes, pero casi todo el mundo parece dispuesto a pagar el estipendio mercadotécnico, quizás con la esperanza de obtener algún día un cameo en una de las basuras de Torrente. Se diría que entre las habilidades personales de SS destaca la de concitar entusiasmos mediáticos a base, imagino, de toma y daca, y hoy por mí, amiguete, y mañana por ti y por el cine español, que está tan necesitado de éxitos de taquilla. Quizás por eso haya conseguido convencer también a la junta de clasificación, o como quiera que ahora se llame, para que ese aburridísimo bodrio pueda, incomprensiblemente, ser visto por adolescentes de 12 años, que son los que con más fervor le ríen sus reaccionarias escatologías. Por otro lado, tengo la impresión de que pocas veces ha desaparecido tanto la distancia ideológica y moral entre un autor y su personaje: a juzgar por sus últimos productos, Segura es cada vez más Torrente y viceversa. Y una última habilidad: Torrente y su autor pringan hasta cuando se les critica. Me aplico el cuento, que quizás le estoy vendiendo entradas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de marzo de 2011