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Análisis:EL ACENTO

Brindar contra el integrismo

Alcohol, sí; política, no". Este es el grito de guerra del millar de turcos que el sábado por la noche tomaron la principal arteria de Estambul en una inédita reivindicación del botellón. En contra de lo que pudiera parecer, los manifestantes no eran meros juerguistas dispuestos a imponer el botellón callejero y la fiesta nocturna por mera diversión. En realidad, la protesta tiene mucho que ver con la propia naturaleza de un Estado, el turco, en el que conviven en difícil equilibrio un histórico y a veces radical afán laicista con una fuerte tradición islámica.

De ahí la chispa que ha prendido en el corazón de muchos turcos la llamada ley seca, que restringe el consumo de alcohol en bares de carretera, establecimientos municipales y locales donde pudiera haber menores de 24 años. En muchos otros países, tales restricciones no habrían tenido contestación; sobre todo si se hubieran dictado para mejorar la seguridad vial o frenar ciertos desmanes nocturnos. Pero Turquía, la puerta natural que comunica a Europa con Asia, vive algunas cosas de manera muy distinta.

Desde que en 2003 ganara las elecciones el partido islamista moderado AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) de Recep Rayyip Erdogan, los centinelas de la laicidad están con la mosca detrás de la oreja. Por eso, a pesar de las reformas lideradas por el AKP para profundizar en la democracia y la laicidad, estas retricciones, en línea con el rechazo al alcohol del islamismo, las interpretan algunos como una injerencia religiosa del Estado incompatible con los principios fundacionales de Kemal Atatürk.

Los devastadores efectos del alcohol lo convierten, según algunos estudios, en la droga más dañina, legal o ilegal. Su potencial negativo es tan elevado que hasta su veto es peligroso. Recuérdense los resultados de la ley seca de EE UU. ¿Tendrá el Gobierno turco que afrontar consecuencias tan letales? De momento, la protesta de Estambul ha sido limitada y no hay noticias de comas etílicos por encima de lo habitual. Pero aun reconociendo las pésimas consecuencias que puede tener la política, sustituirla por el alcohol no parece la idea más brillante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de febrero de 2011