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Crónica:rutas paralelas

EL VUELO DEL HOMBRE

Cuidado con el 2, que está un poco loco", la advertencia del director hípico a los jockeys se refiere a Matilda Poliport, una yegua inglesa de cuatro años y antifaz negro que han puesto al final del paddock porque es difícil en la salida y puede dar algún problema a los demás. Es la última carrera de la primera jornada de apuestas en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), la más espectacular de las cuatro del día porque a esa hora, casi las nueve de la noche, la luz cae en la playa de las Piletas, donde se desafía a la velocidad desde hace 160 años.

No es el día de Matilda y la carrera quedará en manos de Amisura, que ha sacado casi un cuerpo a los demás y que literalmente ha volado por encima de los barcos, de la playa y de los ojos de los centenares de curiosos y aficionados que se reúnen cada año en esta playa gaditana donde los niños y los adultos apuestan, comen y beben. Rafael Huayas es el jockey ganador, un peruano de 41 años mínimo, que llegó a Madrid hace cinco después de 20 dedicado a montar en su país. Huayas, sudado, con la cara salpicada por la arena, la sal y el agua, es uno de los profesionales que contratan los dueños de los animales para montar y ganar. Solo hay una diferencia esta vez: el caballo es suyo. "Compré a Amisura hace dos años, para que mi hija aprendiera a montar. En Madrid me ocupo de cinco caballos y del mío. Esta playa nos da suerte. Es la segunda vez que ganamos". Huayas corre en todos los hipódromos de España, de eso vive. Y hoy, con su caballo, se ha embolsado un premio de cerca de 7.000 euros. Normalmente un jockey cobra 60 euros por carrera perdida y si gana, el 10% del premio. El resto del dinero es para el caballo.

Entre bambalinas en las carreras de caballos de la playa de Sanlúcar

"Este caballo es muy engreído, muy querido por mí, es la mascota de nuestra casa", explica Huayas, que asegura que nunca aprieta mucho a su animal: "Es delicado, tiene la rodilla derecha de cristal, pero tiene mucho corazón". Correr en esta pista natural es bueno para los caballos inteligentes, les beneficia porque agradecen salir del aburrimiento de los hipódromos, explica el jinete. "Aunque no existe una pista igual, es muy diferente correr aquí, las distracciones son muchas".

Los jockeys acaban agotados después de la jornada de carreras, la mayoría ha corrido en al menos dos. Ellos hombrecillos enjutos, los caballos con el perfecto desdén de los purasangres y la fría pesa por la que tienen que pasar antes de cada carrera, forman una unidad en esta dura profesión.

Juan Martel llegó desde Las Palmas hace 10 años para competir, su peso debería rondar los 62 kilos, pero pesa 54. "Me gustaban los caballos, mi padre me compró una yegua salvaje con siete años y aprendí a montar. Solo corro en el sur, me he quedado por aquí. Esta profesión requiere trabajar mucho y comer muy poco, la mayoría tira la toalla muy pronto. Yo sustituyo muchas comidas por vitaminas, y no siempre compensa".

Las carreras de Sanlúcar se disputan sobre la arena que se libera durante las mareas bajas. Cada año, tras consultar las tablas de esas mareas, se fijan las fechas de celebración del primer ciclo (el sábado, ayer y hoy) y, 14 días después, del segundo. El 31 de agosto de 1845 tuvo lugar la primera y en 1945 se constituyó la Sociedad de Carreras de Caballos de Sanlúcar. La leyenda dice que el origen de las carreras está en los caballos que transportaban el pescado del puerto, que llegaban aquí para correr. Álvaro Soto, un espigado sevillano de 18 años, ganó el sábado la primera carrera y quedó segundo en la última, con un caballo francés que llegó a Sanlúcar desde San Sebastián. Pompeyo y él ni se habían visto las caras antes de la carrera. "Los entrenadores te ven y te eligen. Yo no soy profesional, no puedo serlo por mi peso, y por eso corro sin cobrar". Los jockeys comentan entre ellos los lotes de caballos, la dureza de cada carrera, la lentitud que no logran romper a veces.

Nieves García es la única amazona, una de las cuatro mujeres que compite en España. "No tenemos descanso nunca. Trabajamos los siete días de la semana, pero compensa, porque nada es igual a estar encima de un caballo, con toda la adrenalina y tantas ganas de lucha con el animal".

En uno de los libros más hermosos que existen sobre caballos, la biografía sobre Seabiscuit, aquel tosco caballo que acabó siendo una leyenda en Estados Unidos, Laura Hillenbrand explica cómo los jockeys se comprometen con una forma de vida que les consume: "El hombre ansía la libertad, pero debe hacer frente a numerosos obstáculos... En tierra, el jockey estaba atado de pies y manos, se movía a cámara lenta en un mundo carente de sensaciones después de la euforia de la velocidad. Sobre la silla de montar, emancipados de su cuerpo, sobrevolaban el mundo a dos metros y medio de altura, libres de verdad, vivos de verdad".

Hagan sus apuestas

- Las carreras de Sanlúcar tienen las casas de apuestas infantiles más pintorescas del mundo. En la playa, los niños montan sus tenderetes, donde compiten entre ellos regalando pulseras, anillos o gominolas por cada apuesta. Allí la calderilla tiene salida mientras ellos rellenan con bolígrafos de colores las papeletas. Sus casetas pintadas con Bob Esponja, caballos de la Barbie o corazones de cera se convierten en un juego de adultos en manos de menores que pueden embolsarse hasta 50 euros en tres días de apuestas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de agosto de 2010

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