verano húmedo

La Quimeta y el Quimet

Mírales", sé que comenta la gente. "Sesenta años llevan casados, y se quieren como siempre". "Más que eso", añade alguien. "Yo creo que todavía se lo hacen". Unos ponen cara de asco, otros de rabia, porque les gustaría estar en nuestro lugar. Nosotros, del brazo, caminamos orgullosos por el carrer de Sants, posiblemente la calle con más comercios de Catalunya. El Quimet y la Quimeta somos la envidia del barrio de Sants. Calientes como el primer día.

Nos conocimos cuando teníamos siete años. Los dos. Eso ya fue una señal. Su balcón, en la casa vecina, se elevaba un palmo por encima del mío, y tenía, como el mío, una única y gran maceta. La primera vez que le escuché no pude evitar contestarle. Era el murmullo de su fuente, que creció en potencia y removió la tierra del tiesto y que se extinguió tras un insinuante chapoteo. Me puse en cuclillas sobre mi maceta y le respondí. Aquella noche, luego lo supe, nos estrenamos los dos en el sobrevalorado pero útil terreno de la masturbación. Y esto último lo digo no por puritana, sino porque no hay nada que supere a una buena jodienda realizada inmediatamente después de una meada grande como una alberca.

Salíamos juntos, al cine o a un café. Él se levantaba, se iba al servicio. Yo le seguía con disimulo

Aquel ritual nos acompañó mientras crecimos, hasta que fuimos demasiado altos para el balcón y empezamos a amarnos en privado. Salíamos juntos, al cine o a un café. Él se levantaba, se iba al servicio. Yo le seguía con disimulo, me las arreglaba para escuchar el canto de su vejiga, para imaginar la sacudida final de su polla. Luego él hacía lo propio, escuchar, esperar, mientras yo orinaba en el baño de señoras, de pie como dicen que hacía la Paquita Rico cuando salía vestida de María de las Mercedes. Para sonar bien alto.

En cuanto encontrábamos un rincón no expuesto a los curiosos follábamos y follábamos. Eso sí, mearnos mutuamente durante el acto, nunca. Como dicen nuestros vecinos de Sants: "El Quimet y la Quimeta son dos ancianos muy curiosos". Siempre fuimos así, muy pulidos. Y fieles. Jamás quisimos escuchar las meadas de otros. Eso que tentaciones, al menos a mí, no me faltaron.

Nos casamos, como es natural. Tuvimos hijos, la parejita. Conseguimos que no fastidiaran nuestros momentos de intimidad, aunque he de reconocer que me ponían muy nerviosa cuando el Quimet se metía en el baño y, en aquel momento, precisamente, la Mireia o el Bru se echaban a berrear. Por ser buena madre, me he perdido muchas meadas de mi marido.

Llegó la vejez sin que nos enteráramos, nos arrugamos y nos encogimos, pero nuestra pasión no disminuyó. Nos dieron un susto cuando a él le diagnosticaron un mal malo en la próstata, pero lo superó sin que tuvieran que operarlo, y ahora mea más a menudo y mejor que nunca. Mea que da gloria. Somos muy felices. Solo le pido a Dios que no me entre una de esas enfermedades que te hacen perder la memoria. Eso, a él, le mataría.

LAURA PÉREZ VERNETTI

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 04 de agosto de 2010.

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