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Reportaje:

Lassad, el futbolista de la calle

Un plan específico de entrenamientos trata de rescatar al delantero del Dépor

Con Filipe y Guardado en el escaparate y Valerón de retirada, la aportación de Lassad Nouioui semeja capital para que la vigésima campaña consecutiva del Deportivo en la máxima categoría del fútbol no se convierta en una pesadilla huérfana de talento. Con Lassad en la delantera o en la mediapunta se cubriría una mínima cuota, pero siempre surgen las dudas sobre su condición física. Su fulgurante aparición en la elite hace dos temporadas vino jalonada de la alerta médica porque sus músculos de la parte posterior del muslo son más cortos que los del cuádripceps, ubicados en la parte anterior. Se determinó el problema, pero no se encontró una solución. Lassad, como era previsible, sucumbió ante el ritmo de la Primera División, encadenó lesiones e inquietud, más quizás en los galenos que para él mismo, un chico amable y tranquilo, quizás a bote pronto algo retraído. "Las lesiones son parte de mi trabajo, no puedo decir que me da igual, pero no me afecta", asegura.

"Las lesiones son parte de mi trabajo", asegura el jugador

"Si está para jugar, será una gradísima noticia", dice el entrenador

Lo cierto es que mediado el ejercicio anterior sí llegó a desesperarse y guiado por su representante desoyó las recomendaciones de médicos y readaptadores del Deportivo para buscar una alternativa en Marsella, su casa. Volvió a jugar, pero seguía lastrado. Llegaron los silbidos de la grada. "Me pareció injusto, pero la gente quiere ver un espectáculo y si no estás en condiciones te lo reprochan. Hay que aceptarlo", se resigna el futbolista, que en mayo decidió intentarlo de nuevo con los recuperadores que trabajan en el club blanquiazul y que le citaron en A Coruña el 18 de junio. Acababa de debutar España en el Mundial y Lassad ya estaba abriendo la temporada siguiente, tres semanas de trabajo en solitario antes de que regresaran sus compañeros y la sensación de ir por fin por el camino correcto.

No es la primera vez que lo endereza. Lassad nunca lo tuvo fácil. Se crió en una familia de inmigrantes tunecinos en la que faltaba la figura paterna, en Marsella, en un entorno en el que la pelota era una vía de escape para no tomar soluciones equivocadas. Futbolista de la calle, forjado en interminables partidos con balones no siempre esféricos, si fuera argentino dirían que salió del potrero. Desarrolló una técnica. "Y siempre tuve en la cabeza convertirme en profesional", aclara. Con 18 años se fue a Ajaccio, en Córcega. Demasiado joven. Regresó a casa y emprendió una segunda aventura en Chateauroux, una pequeña y anodina ciudad del centro de Francia. Allí recaló en el filial de un equipo de tercera, un entorno poco amable para un sureño. "Hacía un frío increíble, era imposible jugar al fútbol", recuerda Lassad, que no parece que vaya a volver a parar en Chateauroux ni para echar gasolina. "Allí la gente no confiaba en mí. Era otro fútbol, más físico, complicado para un futbolista como yo. Estuve una temporada y mediada la siguiente un representante me ofreció una prueba en el filial del Deportivo".

En tiempos de expertos en fútbol internacional, nadie sabía de Lassad, ignoto y olvidado en el corazón de Francia. Tito Ramallo, técnico del Fabril, no daba crédito cuando lo vio entrenar. "Al tercer día me lesioné", recuerda el jugador, "me dijo que fuera 10 días a casa y que regresara". Pronto le dio galones de titular en un equipo que peleó por subir a Segunda. Aún la semana pasada, Lassad intercambiaba guiños con la gente del filial que andaba por la ciudad deportiva blanquiazul. "El Fabril fue una llave, aprendí que el fútbol era otra cosa, el profesionalismo, el respeto, la organización y el método. Son las primeras personas que conocí aquí, como mi familia", detalla.

Asentado en el segundo equipo del Deportivo, Lassad siempre dejaba retazos de clase, con cierta discontinuidad que no acababa de convencer a Lotina. "Hay futbolistas que parecen peores en Segunda B que en Primera", se disculpó el entrenador cuando a los 15 días de tenerlo a sus órdenes percibió lo que le podía aportar. "Me quedé muy soprendido, porque llegué a Primera y había muchísimo espacio en el campo, parecía más sencillo. Venía de tener a los defensas encima y de pronto ví que podía tocar la pelota". En el fondo sintió como si Riazor fuera Marsella, creyó volver a disfrutar. Pero había una cara b. "Al principio jugaba y no me notaba cansado, pero a los dos meses noté que el ritmo era muy superior, que acababa los partidos y apenas podía andar. Es mucho más rápido y te obligan a estar al 200%". Con la exigencia llegaron los renqueos y las dolencias, la sensación de que Lassad no estaba preparado para soportar el ritmo de la competición, que le sobraba fútbol, pero le faltaba físico. Le miraron desde los dientes a los pies, le hicieron resonancias y ecografías. Todavía hoy está bajo la lupa. Lotina le espera: "Si está para jugar será una grandísima noticia".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de julio de 2010