Entrevista:MICHAEL J. SANDEL | Profesor de Filosofía de la Universidad de Harvard

"La democracia está empobrecida"

Corre el rumor, que ha recogido The New York Times en algún artículo, de que el desalmado jefe de la planta nuclear de los Simpsons está inspirado en el profesor de Filosofía de la Universidad de Harvard Michael J. Sandel (1953). Más allá del parecido físico entre ambos, el guiño no deja de ser una broma de uno de sus miles de ex alumnos que acabó de guionista de la serie de dibujos animados. Y es que Sandel no puede estar más en las antípodas del perverso Montgomery Burns. Basta echar un vistazo a la web www.justiceharvard.org para darse cuenta de ello.

Gracias a su oratoria cautivadora y a su estilo cercano, este profesor ha hecho de su curso Justicia -en el que los alumnos reflexionan sobre cuestiones tan actuales como el matrimonio homosexual, la manipulación genética o sus propios valores a partir de los filósofos clásicos- uno de los más demandados de la historia de Harvard con mil alumnos por edición. Sandel, que en febrero publica en Destino el libro Justicia, basado en el curso, es uno de los filósofos contemporáneos estadounidenses más reconocidos. En su visita a la sede de Valencia de la Universitat Internacional Menéndez y Pelayo (UIMP) para participar en el III Observatorio de Ciudadanía y Estudios Culturales, celebrado la semana pasada, estuvo con EL PAÍS, con quien debatió sobre cuestiones de actualidad.

"Si los ojos están a la vista, los colegios debería permitir llevar el hiyab" "Dar reconocimiento oficial a la memoria y las injusticias es importante"
"Dar reconocimiento oficial a la memoria y las injusticias es importante"
"Un buen ciudadano es el que lee periódicos y se informa"
"La genética no debe ser una extensión de la sociedad de consumo"

Pregunta. ¿Qué opina de que argumentos como la defensa de puestos de trabajo o de valores culturales se planteen para frenar la inmigración?

Respuesta. Considero un argumento débil que los países ricos teman a la inmigración por el riesgo de una caída del nivel de ingresos de sus ciudadanos o del empleo. Cuestión distinta es la protección de valores sociales o rasgos culturales, que me parece una cuestión más legítima. A pesar de que se suele invocar con miras muy estrechas, como si una cultura o un estilo de vida fuera algo que se mantiene congelado a lo largo del tiempo. Los Estados Unidos siempre se han definido como una sociedad de inmigrantes. Y sus valores e identidad se han ido perfilando y redefiniendo a partir de la experiencia aportada por distintos grupos de inmigrantes. En Europa, sin embargo, los países están convirtiéndose, en la práctica, en sociedades de inmigrantes de hecho sobre la marcha. Pero aún no lo han asimilado ni tienen esta imagen de sí mismos. Creo que esto les supone un gran dilema.

P. Quizás se resuelva con el paso del tiempo...

R. En parte, pero también es un reto cultural y político que tienen que afrontar. Incluso ético al tener que reimaginar el significado de su identidad nacional. Creo, como observador, que este proceso de reimaginación y redefinición es uno de los grandes retos de los países europeos en el futuro inmediato.

P. Los Estados Unidos tampoco han resuelto del todo esta cuestión.

R. Es cierto, no lo hemos conseguido completamente. Pero esta imagen que tenemos de nosotros mismos, esta identidad colectiva como sociedad, ayuda mucho a hacerlo.

P. En España ha habido un debate hace muy poco relacionado con el uso del velo y su prohibición en las escuelas.

R. ¿Qué tipo de velo?

R. Un hiyab

P. Estar abierto al pluralismo y a la diversidad requiere aceptar la expresión visible de las distintas identidades culturales o religiosas. Pero hasta cierto punto. Por eso pregunté de qué tipo de velo se trataba. Si cubriera toda la cara, interferiría con el propósito fundamental de la educación, que requiere una conexión y una relación personal entre profesores y estudiantes, y entre los mismos estudiantes. La educación pública tiene un fin cívico: sirve para crear una forma de vida compartida. Si los ojos están a la vista, los colegios deberían permitir llevar el pañuelo. Es una muestra de aceptación y respeto hacia otras creencias y prácticas culturales.

P. ¿Las leyes pueden servir para resolver responsabilidades, culpas o rencores no resueltos históricamente?

R. En principio, sí. Creo que no es posible tener orgullo nacional sin asumir responsabilidades morales por las injusticias que haya cometido una sociedad, aunque sea en un pasado distante. No soy ningún experto en la ley de memoria histórica española, pero la idea de dar reconocimiento público y oficial a la memoria y las injusticias es de gran importancia. La cuestión de la responsabilidad de una generación en remediar o, al menos, reconocer las injusticias cometidas por otra es un tema muy candente en distintos países. Lo hemos visto en Alemania y en Japón en relación con la Segunda Guerra Mundial. Pero también en los Estados Unidos hay un debate sobre el legado de la esclavitud y la conveniencia de pedir un perdón público o incluso afrontar reparaciones económicas. Lo que se está debatiendo en España tiene ecos en muchos países y creo que es un debate sano.

P. Usted ha escrito un libro sobre la búsqueda de la perfección humana relacionada con los límites en bioética de los avances en genética. ¿Dónde los sitúa?

R. Una cosa es la intervención genética en busca de la salud: curar o prevenir enfermedades. Otra es la aplicada a propósitos no sanitarios, como tener niños más altos, guapos, inteligentes o elegir su sexo. Este uso no médico es moralmente objetable porque convierte a los niños en cosas, en bienes de consumo. No podemos usar la biotecnología o la ingeniería genética como una extensión de la sociedad de consumo.

P. ¿Apoyaría la selección genética para evitar la transmisión de enfermedades?

R. Es difícil. Dependería de la severidad y la probabilidad de desarrollar la enfermedad. En el caso de desórdenes genéticos severos que no permitan una vida mínimamente decente para el niño y que impliquen un intenso dolor y una falta de capacidad de desarrollar facultades humanas.

P. Sin querer ser catastrofista, ¿existe un riesgo para la democracia por la relación entre el poder y los medios de comunicación, como sucede por ejemplo en Italia?

R. La democracia requiere de medios libres. Si el control de los medios está en manos de escasas y poderosas compañías se pone a la democracia en peligro. Pero si, además, estas compañías están, a su vez, controladas por partidos o destacadas figuras políticas, el peligro es aún superior.

P. Quizás Internet sea una vía de escape.

R. Algunos optimistas creen que puede revitalizar la democracia. Yo no estoy seguro, porque en Internet cada vez pesa más la vertiente comercial, lo que lo hará más vulnerable al control de los intereses empresariales. El futuro de la democracia pasa por tener medios de comunicación pujantes y periódicos independientes.

P. Recientemente están emergiendo importantes casos de corrupción política en España. ¿Qué rasgos definen a un buen gobernante?

R. [Piensa varios segundos]. La respuesta corta, y es un argumento que se remonta a Platón y Aristóteles, es que los mejores líderes son aquellos que tienen una devoción genuina hacia el bien común. Pero, en la práctica, en política hay poderosos intereses que compiten con el bien común. Y muy a menudo, la preocupación por los aspectos técnicos de las finanzas y de la economía produce líderes incapaces de articular visiones más amplias relativas a valores y justicia social, y con una visión ética amplia.

P. ¿Y un buen ciudadano?

R. Es el que lee periódicos, se informa de las cuestiones públicas, mira más allá de sus intereses individuales y pide a los políticos de que se ocupen del bien común.

P. ¿En qué cree?

R. ¿En términos políticos?

P. En general.

R. En un tipo de políticos y en general en una vida política abierta al debate sobre cuestiones morales básicas. En nuestras sociedades la democracia está empobrecida porque hay tal preocupación por cuestiones tecnocráticas que se presta muy poca atención a otras más amplias, relacionadas con justicia social o la dimensión moral de la vida pública. A veces es más fácil para los políticos no afrontar cuestiones éticas de fondo porque son controvertidas.

P. ¿Por ejemplo?

R. La distancia entre ricos y pobres, no solo en la sociedad sino globalmente. Cuáles son los límites morales de los mercados y qué esferas deberían estar a salvo de su influencia. O cuestiones relacionados con el pluralismo religioso o la bioética. Hay una tendencia a sacar estas cuestiones del debate público porque implica desacuerdos morales y religiosos. Deberíamos estar más abiertos al debate, a una vida pública vigorosa, más ruidosa. Eso enriquecería la vida democrática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 10 de mayo de 2010.

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