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COLUMNA

Mujeres

El Foro Europeo de la Mujer Beijing+15 ha reunido en Cádiz a lo más granado de los líderes mundiales que visten medias. Capitaneadas por la flamante ministra del ramo, Bibiana Aído, se han dedicado durante varios días a conculcar la unilateralidad del pasado y a exigir que en adelante todo adjetivo, de contenido preferentemente positivo, se enuncie en ambos géneros; llovieron denuncias sobre la situación execrable de la mujer en este o aquel país pintado de ocre en los mapas de la escuela, y una vez escampada, la furia condujo a los planes de futuro: directrices, proyectos, normas, leyes, excepciones que permitan al segundo sexo (uso sin compromiso la expresión de Simone de Beauvoir) ocupar los sitiales que secularmente se le han negado. El congreso trataba de recoger la antorcha del compromiso de Beijing, en donde varias potencias se propusieron vagamente zanjar la posición de dependencia de la mujer en el mundo. Y animadas más por buenas intenciones que por objetivos tangibles, las representantes de la feminidad se han liberado en Cádiz a una cascada de reivindicaciones y autocomplacencia. En lo sucesivo voy a mostrar mi desacuerdo con cosas que se han afirmado en dicho foro, lo que sé de antemano que va a granjearme miradas de reojo y sospechas sobre mi integridad liberal: alguien dirá que soy varón, que me encuentro en una situación de poder, que, aunque no quiera o no pueda reconocerlo, pretendo perpetuar el tradicional esquema patriarcal... Sea como fuere, alego que suelo intentar que mis hormonas (o mis pigmentos, o mi idioma u otras menudencias) no interfieran en los rumbos de mis reflexiones; quiero creer que, de ser mujer, pensaría lo mismo, o me gustaría que alguien lo pensara por mí.

Todo va a lo siguiente: a la consideración de que una política de igualdad real, de equiparación absoluta y auténtica entre hombre y mujer, de acceso garantizado a los puestos de trabajo en razón del mérito del aspirante y no de su condición (sexual, entre otras) yerra de cabeza si ha de sustentarse en medidas de discriminación. Que las hay, por recientes que sean: la famosa paridad de los organismos políticos, la retribución a empresas que contraten a mujeres, la mayor severidad en el castigo para quienes atenten contra esposas, madres o hermanas, incluso la creación de santorales específicos con sus romerías y fiestas de guardar, por no hablar de ministerios enteros cuyas atribuciones nunca quedan claras del todo sobre el papel. Muchas de dichas iniciativas, lo sé, buscan remediar la tradicional subordinación de la mujer, pero mi opinión es que en realidad la agravan. Discriminación positiva es un oxímoron: el hecho de que alguien sea escogido para desempeñar un puesto por causas extrínsecas a su propia capacidad es siempre, por definición, insostenible. El empresario que admite a una trabajadora porque así el fisco le ahorra un sensible porcentaje de impuestos, la cámara que recluta a una senadora porque el cupo de testosterona ya está cubierto, el juez que ordena al niño permanecer junto a su madre porque la ley se escora a babor en estos casos, no están valorando un ápice a esa mujer que tratan de defender: la mujer será oficinista, política y madre no gracias a las facultades que la capacitan para ello, sino a un mero azar genético. Y digo todo esto no porque sienta especial inquina contra mis vecinas (contra mis vecinos sí), sino porque estoy harto de etiquetar a las personas por lo que llevan entre las ingles y de oír hablar de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, unos no pueden pensar en dos cosas a la vez y otras no saben doblar un mapa, unos son de ciencias y otras son de letras, y demás basura de mesa camilla. Sueño con el día en que nos volvamos asexuados o hermafroditas como los enchufes triples: ah, ésa será una jornada para descorchar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de febrero de 2010