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IDA Y VUELTA
Columna
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Pasados interactivos

Mi amigo el profesor Thomas Mermall busca en el interior de una bolsa de plástico de supermercado y saca de ella un cuaderno que deja encima de la mesa del café, junto al ventanal por el que entra el sol de una mañana de principios de otoño. Me lo enseña como un objeto frágil y valioso que ha de ser manejado con toda clase de precauciones: es idéntico a los cuadernos de caligrafía y de ejercicios de aritmética que se usaban antes en las escuelas españolas; hasta tiene en el reverso la tabla completa de multiplicar. Las hojas, cuadriculadas, están llenas de una escritura muy tupida, que no deja márgenes ni separaciones de párrafos para aprovechar bien todo el espacio. Casi todas las páginas están escritas con una tinta que se ha vuelto sepia. Algunas están a lápiz. Pero la escritura es siempre regular, inclinada, trazada con una elegancia que resalta más para mí porque está en un idioma impenetrable. Durante varios meses, entre abril y octubre de 1944, el padre del profesor Mermall llenó de anotaciones en húngaro este cuaderno que yo tengo ahora mismo en las manos, mientras vivía escondido en un bosque y luego en un pajar con su hijo de seis años, huyendo de las patrullas de soldados alemanes y húngaros que daban caza a los judíos de la comarca. Un campesino conocido suyo se jugó la vida para ayudarles. El padre, un hombre vigoroso y muy hábil con las manos, armó una choza en lo más profundo del bosque. En su refugio, Gabor Mermelstain, que se llamaría Gabriel Mermall cuando emigrara a los Estados Unidos después de la guerra, no dejaba de anotar en su cuaderno las cosas que muchos años después el hijo recuerda muy fragmentariamente, como imágenes dispersas en niebla, las que me cuenta sesenta y cinco años después, una mañana de septiembre, en un café de la Novena Avenida.

Fugitivo y acosado, ese hombre que ya ha muerto encontraba casi cada día el tiempo y el ánimo para añadir unas líneas a su diario. Escribir era una manera de estar vivo. El niño de entonces es un hombre enjuto y cordial que no aparenta los setenta años que ya ha cumplido. Cuando nos despedimos lo veo alejarse con la bolsa de plástico en la que ha vuelto a guardar el cuaderno de su padre, con sus páginas cuadriculadas llenas de escritura y la tabla de multiplicar en la contraportada, el tesoro secreto y liviano que es a la vez testimonio y prueba material de un tiempo muy alejado del presente. Murió su padre, murió el campesino que los salvó a los dos, y también murieron los verdugos que los perseguían (había muerto su madre, en Auschwitz); pero él vive y recuerda y quiere contar, él también, seguir siendo testigo de lo que vio, la crueldad y también la compasión, la vileza de muchos y el heroísmo de unos pocos, la perseverancia necesaria para sobrevivir.

Pienso en mi amigo unos días después cuando leo en The New York Times la necrológica de Marek Edelman, el último comandante que quedaba vivo de la sublevación del gueto de Varsovia en abril de 1943. Los héroes de verdad siempre son improbables. Marek Edelman era un estudiante de medicina que cuando tomó las armas en 1943 junto a otros poco más de doscientos sublevados lo hizo sin ninguna esperanza de ganar nada ni de vencer a nadie, tan sólo empujado por el deseo de no dejarse matar sin ofrecer resistencia. Tenían unas pocas pistolas, algunas granadas, botellas incendiarias, una metralleta. Aguantaron durante tres semanas, y cuando el gueto fue arrasado por los alemanes habían perecido casi todos, pero Marek Edelman se pudo salvar, y participó al año siguiente en el levantamiento de Varsovia, y también sobrevivió al apocalipsis de destrucción y venganza que el ejército alemán desató sobre la ciudad.

Igual que Gabriel Mermall guardó durante muchos años su cuaderno sin hablar de él a nadie, Marek Edelman se mantuvo en silencio cuando terminó la guerra. Llegó a convertirse en un eminente cardiólogo. Cuando el antisemitismo del gobierno comunista forzaba a muchos judíos polacos a marcharse al exilio Edelman se quedó en la ciudad en la que estaba tan próximo el recuerdo de sus muertos. En 1976 habló por fin, pero las cosas que contaba no eran halagadoras para nadie. Contó que en el gueto salvar a una persona era también muchas veces dejar morir a otra. Primo Levi ha escrito sobre el remordimiento intolerable de los que sobreviven y sobre la zona gris en la que la víctima se ve despojada de su dignidad ante la complacencia del verdugo, que al forzarla a desagradarse obtiene sobre ella su victoria más sórdida. Marek Edelman guardó silencio durante tantos años porque creía que contar era inútil: que alguien que no hubiera vivido en el gueto no podría nunca comprender las decisiones terribles que muchas veces hubieron de tomar los que estaban dentro. Se acordaba con admiración de una enfermera que en el hospital asfixiaba a los recién nacidos, para ahorrarles el espanto que les esperaba, a ellos y a sus madres.

La verdad es demasiado amarga; no consuela casi nunca, desconcierta y asusta, araña como un animal ingobernable. Según se alejan los hechos y mueren los testigos, la verdad, confinada en los libros de historia, deja paso a ficciones sentimentales mucho más llevaderas para la conciencia colectiva. Stalin en Rusia, ahora Mao en China, son como padres gigantes y benévolos, sombras protectoras que ayudan a erigir patriotismos brutales sobre el olvido de los millones de muertos. El Holocausto, en el cine, son parábolas consoladoras de sufrimiento y redención que cada vez intentan menos parecerse a la realidad, sustituyendo su horror por historias edificantes que permiten el halago de despertar sentimientos nobles a cambio de un mal rato y de unas lágrimas: La vita è bella, El niño con el pijama de rayas.

Ahora Quentin Tarantino se suma a la moda con una película en la que la II Guerra Mundial tiene un vacuo atolondramiento de videojuego sanguinario y en la que los judíos se vengan de los nazis reventándoles las cabezas con bates de béisbol y arrancándoles las cabelleras después de ejecutarlos. Agradezco las aclaraciones, pero no las necesito: ya sé que Inglorious Basterds es una comedia. Pero me pregunto qué clase de gratificación ofrece a la cantidad creciente de personas que no saben nada o casi nada sobre lo que pasó de verdad en la II Guerra Mundial y no tienen el menor interés en averiguarlo. La Historia, muertos los testigos, no es el legado inapelable de las generaciones que nos precedieron, sino una variedad de relatos maleables que flotan al azar en la amplitud del olvido y que cada uno adapta, interactivamente, a los caprichos fantasiosos de su narcisismo, personal o colectivo. Hitler era un fantoche que murió en 1944 en un cine de París ametrallado por un comando de temerarios judíos. Lo que Marek Edelman vio y no quiso contar ya no lo sabrá nadie. Al menos en el cajón de un escritorio de Nueva York mi amigo el profesor Mermall custodia un cuaderno escolar con el diario de su padre.

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