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La sombra de Camps

Ana Michavila, la plenipotenciaria jefa de gabinete del presidente, se marcha

Ana Michavila (Madrid, 1972), jefa del gabinete del presidente de la Generalitat, se marcha. Quien ha sido la sombra política de Francisco Camps durante la última década se retira tras un último año de servicio marcado por los escándalos relacionados con el caso Gürtel y la imputación, archivada el pasado 3 de agosto, del jefe del Consell por un supuesto delito de cohecho.

Michavila ha rehuido siempre los focos. Es difícil hallar datos biográficos sobre su carrera e imposible encontrar una entrevista con quien ha llegado a acumular más poder que muchos altos cargos del PP. Tanto que, en privado, consejeros y vicepresidentes del Consell se han quejado de que para poder conversar con Camps antes tenían que pasar obligatoriamente por Ana Michavila, una mujer vinculada a círculos católicos conservadores, que decidía sobre la oportunidad del momento.

Vicepresidentes, consejeros y altos cargos han tenido que pasar su filtro

Su primer consejo de administración fue el de una firma de blindados militares

Diputada efímera en dos ocasiones, nunca ha querido proyección pública

José María y Narciso Michavila también han asesorado a Camps

La jefa de gabinete ha regulado hasta el milímetro el contacto de Camps con el exterior, siempre protegiendo su figura, siempre pendiente de facilitarle las cosas. Tanto en el Consell como en el PP.

"No ha hecho nada que el presidente no quisiera. Siempre ha seguido sus instrucciones. Ha sido una manera de establecer un sistema para que todo el mundo tuviese claro cómo funcionaba la Presidencia", explica un alto cargo que elogia la eficiencia y el talante de Michavila. Un extremo en el que también coinciden los detractores de la jefa de gabinete. "Ha mandado sobre el presidente, en ocasiones delante de otras personas que también forman parte de su círculo de confianza, pero también es cierto que si Camps había tomado una decisión, Michavila nunca conseguía cambiarla", explica esta fuente.

Mujer afable y eficiente para unos, fría y cortante como el acero para otros, Ana Michavila ha visto cómo su figura se agrandaba en círculos políticos y sociales, lo que le ha granjeado no pocos enemigos.

"Los jefes de gabinete son así. Soraya Sáenz de Santamaría era una persona gris hasta que Mariano Rajoy la catapultó al Congreso", asegura un alto cargo que ha compartido con Michavila sus fiestas de cumpleaños. En el caso de Michavila ha sido ella la que ha renunciado a tener una proyección pública. Y no ha sido por falta de oportunidades. En las elecciones autonómicas de 2003, las primeras que ganó Camps, Michavila salió elegida diputada a Cortes Valencianas por Castellón. Pese a figurar en el puesto número 5, por delante de cargos como Vicente Rambla o Marisol Llinares, no hizo ningún acto de campaña. En 2007 volvió a repetir en el número 7. En las dos ocasiones Ana Michavila tomó posesión de su escaño, votó la elección de Camps como presidente y dimitió horas después para volver a su despacho de jefa de gabinete.

Un puesto que ha ocupado con Camps ininterrumpidamente desde enero de 1999, fecha en la que éste fue nombrado secretario de Estado de Administraciones Públicas por José María Aznar.

Ana Michavila, doctorada en Derecho en el ICADE (Instituto Católico de Administración y Dirección de Empresas) de la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid, entró pronto en política. Tras impartir clases durante un corto periodo de tiempo en la Complutense y en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Mariano Rajoy, primer ministro de Administraciones Públicas de Aznar, decidió contratarla en 1996 como asesora con las Cortes. Un puesto en el que coincidió con su hermano José María, que ocupaba entonces el cargo de secretario de Estado para las Relaciones con las Cortes.

En 1999, cuando Rajoy es nombrado ministro de Educación, le pide a su sustituto, Ángel Acebes, que le busque acomodo a Ana Michavila, una auténtica entusiasta del derecho administrativo. El acomodo lo halla junto a una joven promesa política: el ex consejero de Educación Francisco Camps, recién ascendido a secretario de Estado de Administraciones Públicas.

A partir de ese momento, el tándem será inseparable. Michavila seguirá a Camps a la vicepresidencia de la Mesa del Congreso, a la Delegación del Gobierno en la Comunidad Valenciana y, finalmente, a la Generalitat.

Desde el Palau de la calle de Caballeros de Valencia, Michavila desplegará a partir de 2003 toda su capacidad de alta funcionaria. Automáticamente se convierte en la gobernanta de la sala de máquinas de la Generalitat y engrasa todas las herramientas necesarias para que Camps logre sus objetivos, tanto partidarios, como políticos. No en vano, de ella dependen los departamentos de Análisis y Gestión y Organización de Presidencia de la Generalitat y tiene una gran influencia sobre Camps. Una situación que ha generado roces con los equipos de comunicación de los distintos portavoces del Consell.

Pocos saben, además, que en función de su cargo, Michavila ha tenido asiento en los más variados consejos de administración de empresas públicas y fundaciones.

Paradójicamente, Michavila, que procede de una familia de militares, ocupó su primer puesto en una empresa pública del ramo, SBB Blindados, ubicada en Sevilla y propiedad del grupo Santa Bárbara. Tras ese primer puesto, que tuvo que atender entre 1999 y 2000 como jefa de gabinete en el Ministerio de Administraciones Públicas, Michavila ocupará en Valencia otros consejos de administración más placenteros, como los del Palau de les Arts y la Fundación Premios Jaime I.

En Valencia se convertirá, además, en referente de los Michavila. Aunque la familia es madrileña, tiene vínculos valencianos. Su abuelo, el médico Federico Michavila Paus, fue alcalde franquista de L'Alcora (Castellón) entre 1948 y 1953 y da nombre a una calle de la población. El padre, Benjamín, general del Ejército del Aire, se asentó en Madrid, aunque su tío Federico, también general del Aire, mantiene la vinculación con L'Alcora. Una relación que tiene motivos sentimentales -también tiene rotulada una calle- pero sobre todo empresariales. No en vano, Federico Michavila ha levantado a partir de la azulejera Torrecid una de las pocas multinacionales del sector, ahora dirigida por sus hijos.

La contribución de Ana a la carrera de Camps no ha sido la única aportación de los Michavila. También han colaborado otros dos de sus tres hermanos.

José María, como ministro de Justicia, fue el primero en apoyar a Camps públicamente -en nombre de Aznar- en otoño de 2003 en su guerra contra el zaplanismo. Elegido diputado por Valencia en 2004 y 2008, José María ha ejercido de asesor y amigo del jefe del Consell cuantas veces ha sido necesario. Aunque ahora, igual que Ana, ha decidido renunciar a su escaño y retirarse de la primera línea politica. Una decisión que algunos vinculan a los escándalos relacionados por la contratación del bufete de abogados Eius con distintas Administraciones gobernadas por el PP.

A Ana y José María se ha sumado Narciso, que cuenta con un gabinete de análisis demoscópico, y que ha guiado a Camps en la elaboración de discursos y políticas que atendiesen a las demandas del electorado valenciano.

Ana Michavila ha contribuido también, gracias a su buena relación con los principales círculos católicos ultraconservadores como el Opus o los Legionarios de Cristo, a engrasar las relaciones entre la Presidencia de la Generalitat y la Iglesia católica. Una faceta que Michavila, casada con un militar del Ejército del Aire, procura mantener en la más estricta reserva.

Ahora, Michavila prepara el petate para reestablecerse en Madrid dentro de pocas semanas. La sombra de Camps, como la de Peter Pan, ha cobrado vida y ha decidido establecerse por su cuenta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de septiembre de 2009