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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Literatura para la eternidad

Von Doderer, perteneciente al Imperio Austrohúngaro, es minucioso y penetrante. Su obra cumbre, Los demonios, editada por primera vez en España, transcurre en la Viena de entreguerras: mira al pasado para retratar el presente y reconocer la verdad en el futuro

Acostumbrado a la tiranía de la novedad y de la actualidad, un día el lector se encuentra de pronto ante la eternidad. Eso sucede cuando dejamos de pasear por las ásperas, pero no ingratas, colinas de los diversos dramas contemporáneos y llegamos de pronto a los pies de una altura formidable. Los demonios, obra cumbre del austriaco Heimito von Doderer, es uno de esos "ochomiles" de la novela (pensemos en Moby Dick, en la trilogía Los sonámbulos, en El hombre sin atributos, en Viaje al fin de la noche, en El ruido y la furia, en el Ulises...) que conviene visitar de cuando en cuando para restablecer la jerarquía del arte de la escritura. Algún gracioso dirá que eso lo deja para los alpinistas profesionales y se equivocará de medio a medio porque para escalar estas cimas sólo hace falta inteligencia, sensibilidad, curiosidad y tesón, virtudes generales que se practican menos de lo deseable, por desgracia.

Los demonios

Los demonios

Heimito von Doderer

Traducción de Roberto Bravo de la Varga Acantilado. Barcelona, 2009

1.664 páginas. 48 euros

Franz Carl Heimito Ritter von Doderer (1896-1966) pertenecía a una rica familia austriaca del Imperio Austrohúngaro, que perdió buena parte de su fortuna tras la Primera Guerra Mundial, en la que Heimito participó como voluntario y después como soldado de infantería hasta que lo apresaron los rusos y lo deportaron a Siberia, de donde regresó en 1920. Fue entonces cuando decidió ser escritor. En 1936 emprendió la redacción de su obra maestra al tiempo que se afiliaba al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (antes lo fue del austriaco), pero ese mismo año comienza su alejamiento de los nazis. Sin embargo, al término de la guerra se encuentra con la prohibición de editar por causa de su afiliación, prohibición que no logrará levantar hasta 1947. Al año siguiente publica su otra gran novela, Las escaleras de Strudlhof (Destino, 1981). En 1956 dará cima a Los demonios.

"Una obra narrativa lo es tanto más cuanto menos idea puede hacerse uno de ella por su contenido". Esta afirmación de Von Doderer no sólo encierra una notable sabiduría sino que es también la clave de su novela. Von Doderer es un escritor calmoso, minucioso, muy penetrante, pero siempre poniendo una distancia exterior en el conflicto; construye su novela sobre un arco social de la Viena de entreguerras que va del hampa criminal a la más selecta aristocracia y por ahí abre y entrelaza vías y vidas bien distintas sin perder el hilo; exige, por tanto, un lector también calmoso dispuesto a entrar en un mundo complejo y completo. Todas las historias personales que se entrecruzan vienen sostenidas, pautadas o enmarcadas por descripciones absolutamente extraordinarias, tanto físicas como emocionales; las primeras operan como espacios de descanso, de serenidad, de reflexión, recuerdan a verdaderas epifanías en la mayoría de ocasiones; las segundas constituyen la acción, una acción medida, austera, reflexiva en su misma emocionalidad, y prolija. El resultado es una creación de ambientes de un acabado admirable. De tanto cuidado, surgen constantemente imágenes excelentes; así: "De repente cobró conciencia de su propia inseguridad. Fue un pensamiento tan claro -redondo y liso como una perla que se cae del hilo y viene rodando...-"; o: "Fue un instante, sólo unos segundos en los cuales nos clavamos los dientes con la mirada". O también: "En el rostro de este conde húngaro, lo más reciente se había colocado al fondo y lo más antiguo había ascendido a la superficie, de modo que el origen coronaba el fin".

Me apoyaré en esta última imagen para regresar a la clave de la novela. Hay una evidencia en todo el libro y es la ausencia como protagonista de la Historia. Todo sucede entre 1925 y 1927. Hay referencias históricas, pero muy leves, y 1927 culmina con la quema del Palacio de Justicia de Viena tras la liberación de los asesinos de unos sindicalistas, lo que supuso el primer enfrentamiento grave entre fuerzas conservadoras y revolucionarias en una Austria por la que también pasaba el "fantasma que recorre Europa". Pero el trasfondo histórico se va adelgazando a favor de la presencia y conflictos de los personajes, conflictos, por otra parte, propios de una burguesía poco dada a experimentos sociales, a la que con plena convicción pertenecía Von Doderer; de hecho, él es un hombre de ideología conservadora, un amante del orden social. Sin embargo, no es su ideología la que desplaza el fondo histórico sino su doctrina literaria.

Von Doderer mira al pasado para retratar el presente. Esta actitud va unida a otra paredaña: sólo el retrato del presente nos permitirá reconocer la verdad en el futuro. La novela transcurre entre 1925 y 1927, pero en un momento dado, el narrador nos recuerda que está escribiendo, sobre todos sus cuadernos de notas, propias y allegadas, en 1955. En este momento (que es también el del lector, lea cuando lea) aquel presente cronológico de la novela ya es pasado y ahora estamos leyendo desde lo que entonces era futuro. Este juego de perspectivas es la primera propuesta. La segunda consiste en cargar todo el peso del relato sobre los retratos de las personas y sus relaciones; sea individualmente, cara a cara o alejando el foco, en las magníficas descripciones, envolventes y, a la vez, particularizadas, de las reuniones sociales y sus entresijos, el alma de una ciudad y el alma de sus habitantes se va mostrando con una lucidez preciosa. La minuciosidad del autor, el detallismo siempre significativo en todo (personas, calles, parajes, establecimientos, objetos...) crea una indisolubilidad entre espacios y personas que constituyen la prueba de fuerza de su escritura. A todo ello contribuye el hallazgo del narrador general, que escribe sobre los diarios que tomó como cronista de aquellos años, y otra voz, inidentificable, que lo sustituye cuando llegan las escenas que necesitan de una mirada objetiva. Además, este mismo narrador escribe sobre sí mismo, a partir del momento en que se siente superado sobre la realidad que ha de narrar ("Había querido narrar el tejido de la vida y ahora me daba cuenta de que me rebasaba").

A quien no le rebasa es a Von Doderer. Claudio Magris le reprocha solamente la ausencia de lo demoniaco y tiene razón. Von Doderer ha levantado una catedral en la que, sin embargo, si nos atenemos al título, falta esa dimensión demoniaca. Yo creo que es porque, en su concepción de la vida, cabe lo inesperado y, si me apuran, lo absurdo azaroso, pero no lo demoniaco. Este libro, tan narrativo que no cabe hacerse idea de él por su contenido -ver la máxima del autor citada al principio-, claro que tiene contenido: el contenido es la Vida, el tejido de la vida. Éste es un texto emblemático de la urbe moderna (aquí, la Viena de entreguerras, como lo son, cada uno a su modo, el Berlin Alexanderplatz de Döblin, el Petersburgo de Biely, el Manhattan de Dos Passos). Ante semejante reto, la mirada fuerza la exterioridad porque la introspección no llega a proporcionarnos la certeza indudable de los hechos como lo hacen los hechos, los actos de las personas que aquí se afligen, se reúnen y se separan. "Sólo los hechos hablan. La profundidad está fuera". Un libro para la eternidad. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de septiembre de 2009

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