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crisis desde mi terraza

SIN FÚTBOL

La liga de fútbol argentina se ha paralizado por la deuda de sus equipos. Maradona se ha apresurado a proclamar: "Argentina es un país dramático sin fútbol". Esta vez el Pelusa no se ha pasado de la raya -sin chistes fáciles, por favor- porque es difícil imaginarse un país civilizado sin fútbol (EE UU no cuenta, es un niñato sin historia).

Ya se hace duro soportar el verano sin encuentros. Al personal le entra el mono y se levanta de madrugada para devorar los bolos asiáticos o californianos de Madrid y Barça, un poco de metadona hasta que llegue la competición. Si de repente una especie de gripe A balompédica se propagara, y desviara la puntería de los delanteros o afectara a los reflejos de los porteros (los del Atleti llevan padeciéndola desde hace una década), las consecuencias sobre el orden social serían desastrosas.

Para empezar, las semanas se harían interminablemente laborables, sin los alivios de los martes y los miércoles (Champions y selección) ni el postre de los jueves (UEFA y Copa del Rey). A la mañana siguiente, los empleados mirarían a sus jefes como jefes, y no como compañeros de equipo. Los curritos se vuelven manejables si el superior forma parte de su tribu futbolística y les comenta la jugada. Y, claro, el mandamás se aprovecha: "Manolito, ¡qué golazo anoche! Anda, liquídate esta pila de informes, que estamos ya acariciando la Copa". Sin partidos, se acabó la solidaridad y las confraternizaciones intercargos. Y vuelta a la lucha de clases pura y dura. "La pila se la das a tu prima la manca y que la rellene", respondería Manolito.

Pero lo peor vendría el fin de semana. En torno a la Liga se ha creado un ecosistema familiar perfecto. Toda la estirpe se reúne en el bar a pasar las tardes de sábados y domingos. Los maridos toman posiciones, de pie, frente a la pantalla, e intercambian imprecaciones entre ellos y con el plasma. Las esposas, sentadas y en retaguardia, montan sus tertulias paralelas, ajenas al sarao deportivo. Al margen de unos y otras, los niños se fabrican su guirigay, enmierdándose en el suelo y dando por culo cada media hora con el "quiero un Coca-Cola". ¿Cabe una imagen más ideal de armonía familiar?

Con la plaga de laicismo y de desencanto ideológico que sufrimos, el fútbol es lo único que nos une, una argamasa social a prueba de crisis. Los Gobiernos deberían tratar a los clubes como a los bancos, y darles subvenciones a fondo perdido. Al menos, el ciudadano recibiría goles a cambio, en lugar de embargos. Todo, menos dejarnos sin fútbol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de agosto de 2009