Columna
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Llamar la atención

"Si quieres llamar la atención en una tertulia o reunión social, no tienes más que escoger esos segundos de silencio, cuando varios presentes sorben al mismo tiempo el café y decir, como si tal cosa: 'Pues yo conocí a uno que devolvió un premio, un galardón, una medalla, un empleo en el Gobierno...'. Verás cómo quedan un momento las tazas suspendidas en el aire y un rictus de incrédula sorpresa se dibuja en las facciones de los asistentes. Pruébalo". Poco tiempo después, aunque de esto hace casi 30 años, creo que el año 1981, se presentó la ocasión. Un personaje, felizmente vivo y de tan extraña personalidad que es bienquisto de la mayoría de los ciudadanos, tuvo aquel gesto, singular en nuestra historia reciente. Era una distinción honorífica, de aquellas que relataba el rey Humberto I de Italia al afirmar que una condecoración y un cigarrillo no se le niega a nadie. Y rara vez se renuncia a la tentación de que le coloquen a uno la grande o pequeña chatarra, colgando de una cinta o prendida en la solapa, pertenezcan al mundo civil, al militar, al artístico o al circense.

La memoria histórica no duerme, sobre todo cuando el tiempo ha quitado de en medio a los opositores

La mayoría de las veces se trata de un proceso largo, paciente y tesonero, promovido por el mismo premiado, y la nómina de amigos para "trabajárselo" hasta conseguir su aparición en el boletín oficial o en la gaceta correspondiente. Al fin y al cabo es sólo un pecadillo venial que no suelen comportar sino la triste decepción de los competidores.

Entre viejos papeles aparece la noticia, que reluce entre el resto de las informaciones como si tuviera luz propia entre tanto suceso amarillento. El general Sabino Fernández Campos, entonces jefe de la Casa del Rey, renunció en aquellas fechas recoger la medalla de oro y el título de hijo predilecto de Oviedo, su ciudad natal. No sé si, con posterioridad, se remedió aquel gesto insólito pero, en aquel momento, lo hizo para que su nombre "permaneciera alejado de toda controversia política".

¿Qué había sucedido? La noticia lo explica: el honor había sido apoyado mayoritariamente en el Ayuntamiento de la capital asturiana, pero con el voto y la oposición del portavoz de Izquierda Unida, que ya entonces brujuleaba en la región astur con notable influencia. Aducía el digno representante comunista que el general, en su juventud, había sido defensor de la ciudad, cercada por los leales mineros, que estaban empeñados en volarla con dinamita. De aquello hacía cerca de 50 años, pero la memoria histórica nunca duerme, sobre todo cuando el paso del tiempo ha quitado de en medio a los opositores.

Todo era cierto. El joven Sabino escogió un bando que orientó su vida en el campo de la milicia, al convertirse en alférez provisional y emprender una brillante e indiscutida carrera castrense, con una envidiable hoja de servicios. Llegó el instante, inevitable en todos los municipios, de censar a los hijos destacados y cayeron sobre su figura para darle lustre a la partida de personalidades egregias del territorio. En este caso, infrecuente, el honor no había sido solicitado ni postulado pero bastó que un minúsculo partido lo cuestionara para que ese hombre apartase de sí la codiciada chapa. Desde entonces estoy seguro de que ha habido otras personas que se han comportado de forma parecida, aunque fuera para devolver un desairado nombramiento de cofrade de la angula en la ría del Nalón. Pero no todos tienen la nombradía de don Sabino.

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El hecho, entonces, ya me hizo recordar la cuarteta famosa del poeta Ugo Fóscolo, contra un sujeto condecorado por Napoleón Bonaparte: "En tiempo de las bárbaras naciones / colgaban de una cruz a los ladrones / más hoy, en pleno siglo de las luces / del pecho del ladrón cuelgan las cruces". Llamémosles cruces, encomiendas, mercedes, nombramientos, presidencias bancarias o cargos de la alta Administración, y podremos administrar los satíricos versos cuya contrapartidas son unas semanitas o meses en la cárcel y, ¡hala! a disfrutar del botín jamás restituido.

Me honré con la amistad del general Fernández Campos, pero, aun siendo unos meses más joven que él, me es imposible seguir el ritmo hercúleo y trepidante de este hombre tranquilo, cuya pechera ya no tiene sitio para más condecoraciones ni sus cajones para atesorar los testimonios de afecto y admiración de sus contemporáneos a menos que los guarde en un hórreo, a salvo de la humedad y de los ratones, tan aficionados a roer viejos papeles.

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