Reportaje:PEKÍN 2008 | Atletismo

"¡Velocidad, no me abandones!"

Bolt prefería el récord de 200 al de 100

Kim Collins terminó sexto la final de los 200 metros, vio de lejos, de lejísimos, cómo Usain Bolt batía el récord del mundo (19s30), y abrió la boca para expresar su indignación. "¡Esto no es serio!", dijo admirado y con el pecho al desnudo. "Venga, vamos...¡es ridículo! ¿Cuánto más puede correr un ser humano antes de que no se pueda correr más rápido?"

La hazaña de Bolt se mide desde su estómago. Al mediodía, se zampó una buena ración de nuggets, los trozos de pollo empanado que tanto le gustan. Unas horas después, ante la insistencia de su madre, repitió sobre la misma pista de entrenamiento. Y sólo la intervención de Gregg Mills, su entrenador, le detuvo cuando ya estiraba la mano por tercera vez, arriesgándose a ser un campeón empachado. Bolt, sin embargo, fue justo lo contrario: un hombre liviano, veloz y heroico. Superman II, que le llamó Michael Johnson, hasta ayer el hombre más rápido en los 200.

"Me he visto por la tele y he pensado: 'Cómo molo. Este tío es muy rápido"
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Monstruoso Bolt

Terminó Bolt su espeluznante carrera, se quitó los dorados zapatos, aireó su falta de calcetines, y vio por televisión cómo un chico con su misma estatura y zancada, igualito en apariencia y respiración, batía el récord del mundo. "¿Superman? ¿Flashgordon?", le preguntaron. "Ninguno", contestó muy serio. "Lighting Bolt, el rayo. Me he visto por la televisión y he pensado: 'Cómo molo. Este tío es muy rápido'. Salí bien, corrí hasta la curva lo más rápido posible, y una vez que entré en la recta, me dije: 'Mantén el ritmo. ¡Velocidad, no me abandones!' He volado mi mente y la del mundo. He hecho historia".

Bolt es de los pocos campeones que admiten tener ídolos. Jamaica, el paraíso de la velocidad, le ofreció desde pequeño decenas de figuras para la idolatría. No escogió a Herb Mckenley, ni a Arthur Wint, ni a George Rhoden. Bolt siempre miró a una estatua dorada a la entrada del estadio nacional de Kingston. En ella, el rey de la curva. Su héroe. Don Quarrie. Pocos han gestionado los tiempos del 200 como el jamaicano, oro en los Juegos de 1976. Durante noches interminables, contento como un niño, Bolt estudió sus vídeos. El chico habla de Quarrie, al que inmortalizaron con una canción reggae Joe Gibbs y The Guerillas, y se le eriza el vello. "Si yo pudiera tomar la curva como él, sería imparable", decía antes de llegar a Pekín. Imparable, no. Incontenible. Lo normal en un hombre enamorado.

"He dicho durante todo el año que los 200 metros me importan mucho más que los 100", explicó el campeón sin soltar el peluche azul que reconocía su triunfo. "Lo mismo pasa con el récord. Soñaba con él. Los 200 son mi amor desde que tengo 15 años. Fui el campeón mundial júnior más joven de la historia, y desde entonces están cerca de mi corazón", prosiguió. "Sabía que podía correr así de rápido. He enseñado ese potencial todo el año. Me dije, 'si bato el récord, lo batiré aquí', porque la pista es muy rápida. Así que puse mi corazón en ello. Sé que cuando lo hago, todo es posible".

Bolt cumple hoy 22 años. Su edad es el aviso de un dominio prolongado. Olivia Grange, ministra de Deportes jamaicana, se paseó por el estadio con su camiseta sin mangas, movió sus dedos doblados por el peso del oro, y mientras agitaba sus largas uñas se atrevió con una profecía. "En Jamaica tenemos el mejor café del mundo, a Bob Marley, que le dio la religión del reggae al planeta, y ahora a Usain Bolt", dijo antes de pronunciar su maleficio. "Hay muchos, muchos más Bolts en camino". Malo para sus rivales. Genial para el atletismo.

Bolt besa la pista nada más proclamarse campeón olímpico.
Bolt besa la pista nada más proclamarse campeón olímpico.AP

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