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Reportaje:PEKÍN 2008 | Faltan 2 días para los juegos

"¡Madre mía, qué circuito!"

Valverde se emociona al ver el recorrido de la carrera, junto a la Gran Muralla, y no esconde sus ambiciones

Carlos Arribas

Llegaron los ciclistas profesionales. Todos los del equipo midas, salvo Alberto Contador, que llegará mañana. Se presentaron a la prensa, se pusieron a disposición de los controladores del dopaje y, después, los cuatro, Alejandro Valverde, Óscar Freire, Carlos Sastre y Samuel Sánchez, se fueron a hacer turismo a Badaling, a la Gran Muralla. "Increíble, fenomenal, espectacular", dice, por teléfono, emocionado, la voz temblorosa, Valverde, quien no habla de la única construcción humana que, dicen, se puede distinguir desde el espacio, sino del circuito en el que el sábado 145 corredores se disputarán las medallas de la prueba de fondo en carretera y que discurre paralelo a la gran atracción turística, pegado a las montañas. "¡Madre mía, qué circuito!", sigue, exaltado, entre exclamaciones, el murciano, que ha dominado este año como pocos las clásicas de un día más duras; "pensaba que no iba a ser tan fuerte como me había explicado el seleccionador, Paco Antequera, pero lo es más. Es una subida de 12 kilómetros que hay que hacer casi con plato pequeño, con una media del 5% y tramos del 10%. Y hay que subir siete veces... Para nosotros, para Freire y para mí, mejor imposible".

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Valverde, todo el mundo lo sabe, es un optimista que llegó a China con aprensión por todo lo que había leído, por todo lo que se había dicho de China, pero que en dos días ha cambiado rápidamente de espíritu. Le ayuda, claro, el subidón de autoestima de que gozó el sábado pasado con su aceleración brutal en el bulevar de San Sebastián para dejar clavados a Rebelin, un pilar de la squadra azzurra, y Bettini, el actual campeón olímpico y mundial, en la final de la Clásica donostiarra. "¡Qué gozada, qué últimos 400 metros!", recuerda Valverde; "y aquí, igual. Teniendo un buen día como en San Sebastián, no descarto nada".

Valverde siempre ha sido así. Su convicción, a veces excesiva, en sus posibilidades no le llega como contagio del estado de gracia colectivo que parece vivir el deporte español en los últimos meses. Tampoco a Freire, que sabe desde hace años lo que es ganar -es triple campeón mundial- y que, cuando se le pregunta si la dinámica de éxito que ha generado el Tour victorioso de Sastre y su propio maillot verde influirán el sábado, responde a lo sensato, eliminando la carga emotiva de la cuestión: "Si hemos estado bien en el Tour, estaremos bien aquí. Es una buena preparación. El problema lo tendrán los que lleguen sin motivación".

Hablar de motivación en unos Juegos no deja de ser una cosa curiosa. Para deportistas de todo el mundo y de todo tipo de pelaje los días que pasen en Pekín serán los más importantes de sus carreras. No así para los ciclistas, para quienes los Juegos, aunque cada vez menos, no dejan de ser una intromisión en su rutina, una carrera sin apenas pedigrí y que disputan, como cuenta Sánchez, pensando más en que la medalla que puedan conseguir simplemente contará en la gran competición olímpica: la clasificación por países establecida en el medallero. "Pero", aclara Freire, a quien, en sus terceros Juegos, le ha calado ya la historia, "aquí, más que de una competición ciclista, hablamos de una competición deportiva en general. España aún no ha conseguido una medalla en la especialidad y creo que ésta será una buena oportunidad para remediarlo".

Como se perdieron por ahí, los cuatro españoles pedalearon unos 90 kilómetros, más de los previstos en su primer contacto con la bicicleta desde que llegaron a Pekín. "Pero, a pesar de que aún estaba un poco atontado por el cambio horario y el poco sueño", dice Valverde, "también vimos que la humedad y el calor no son tan fuertes como en Pekín [el circuito final, al que llegarán los corredores después de 80 kilómetros llanos, con inicio junto a la plaza de Tiananmen y la Ciudad Prohibida, bajo la mirada vigilante de Mao Zedong, el gran timonel: lo habitual en los Juegos, lo de la búsqueda de la imagen turística, pues el circuito de Atenas permitía también espectaculares fotos del pelotón a la sombra del Partenón] porque subimos hasta los 760 metros. Y también se respira mejor. Vamos, que hemos vivido días de más agobio por el calor en la Vuelta, en etapas por Córdoba, o cuando el Tour ha llegado a Marsella".

Ah, y sí, a Valverde también le gustó la Gran Muralla, aunque no le emocionó tanto como el circuito, claro.

Alejandro Valverde, en primer término; Samuel Sánchez, a la izquierda, y Óscar Freire, antes del entrenamiento.
Alejandro Valverde, en primer término; Samuel Sánchez, a la izquierda, y Óscar Freire, antes del entrenamiento.AFP

El desembarco del Tour

Mientras el ciclismo italiano, que pasó casi invisible por el Tour tras la debacle Riccò, desea que la carrera olímpica se convierta en un desafío hispano-italiano, con ventaja para su Bettini, ganador de los dos últimos Mundiales para desencanto de Valverde y Freire, los españoles, grandes protagonistas en el Tour, prefieren, en palabras de Samuel Sánchez, "abrir el abanico" y colocar en el pelotón de favoritos a todos los que han mostrado su fortaleza en julio.

El recorrido de la Gran Muralla parece favorecer a los hombres de grandes vueltas más que a los clasicómanos. "Los que han corrido el Tour cuentan con una gran ventaja: tienen fondo y golpe de pedal", explica el seleccionador español, Paco Antequera; "lo único que necesitaban, tras una semana de descanso, era recuperar las sensaciones en la Clásica de San Sebastián, aunque eso significara que llegasen más tarde".

Pero no son los españoles los últimos llegados a Pekín. A los italianos y a Cadel Evans, el segundo en París, se les espera hoy. También se cuenta, y se teme, con un potente equipo luxemburgués: los hermanos Schleck y Kim Kirchen.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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