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Reportaje:

Del Madrid de los franceses a la capital multicultural

Una mirada, con dos siglos de diferencia, a los escenarios más emblemáticos de 1808 - La plaza del Dos de Mayo, Sol, la plaza Mayor y el Palacio Real, lugares de la revuelta popular contra los ocupantes, tienen hoy otros problemas

Luis Daoiz murió junto a aquellos ladrillos, a la espalda del quiosco de Nines. Está documentado. El 2 de mayo de 1808 dos soldados franceses lo acribillaron en la puerta del parque de artillería de Monteleón. El lugar no es el mismo, pero la puerta del cuartel, que estaba en San Bernardo, se trasladó allí y ahora trabaja de monumento. Mal empleo. El arco rojo arcilla se pasa las madrugadas cercado por los amantes de los bongos.

Cosas de la juventud inquieta que inquietan a Jesús Pérez, activista contra el ruido del barrio de Malasaña, que cuenta con 89 bares. Pero eso es por la noche. De día, Nines, la del quiosco, regaña a un camarero marroquí por ojear sin permiso el Interviú. "¡Guarro!", dice, mientras las cabezas de la gente que desayuna en las terrazas se despegan del periódico.

El Palacio Real es muy relajante: una decena de orientales ofrece masajes

La sangre de los 'chisperos' y los 'manolos' llenó los adoquines de sangre

La plaza del Dos de Mayo, donde reside la puerta, ya tiene un escenario rectangular en el centro. Los operarios trasladan objetos pesados, empalman cables y se dicen cosas los unos a los otros moviendo los brazos. Un paisaje idéntico a los de los demás escenarios clave del bicentenario de la guerra contra los franceses.

Por una calle estrecha que conduce hasta Sol, una pizarra anuncia el menú del día: "Aguado de gallina". Ese es el primer plato de un restaurante ecuatoriano. Ya en la plaza, un hombre está recostado en una hamaca. Dice que está en huelga de hambre. Se llama David Moreno y es de Getafe. La gente pasa a su alrededor. Protesta contra el Gobierno regional, cuya sede se yergue enfrente. Ahí manda Esperanza Aguirre, la presidenta. Y ahí, el mismo Daoiz que cayó frente al quiosco de Nines, se batió en duelo el 1 de mayo con un oficial francés. Hubo tres duelos. Los policías patrullan. Los niños hacen cola para comprar helados. Y David, el de la hamaca azul, cumple su sexto día de huelga de hambre. Eso dice él.

Bajo el primer arco de la plaza Mayor un hombre toca un instrumento de cuerda muy raro. Un cartel explica el enigma: "Música clásica china". La estatua de Carlos III emerge tras la cabeza del chino clásico. Las revueltas espontáneas del día 2 de mayo de 1808, tanto en Sol como en el entorno del Palacio Real, concluyeron en una matanza en la plaza Mayor y en el paseo del Prado, que entonces era prado sin casi paseo.

La sangre de los chisperos y los manolos, improvisada fuerza de choque, hacía pequeños trasvases entre los adoquines de la plaza Mayor. El suelo se volvió muy resbaladizo y la gente se refugiaba en las columnas.

Bajo los pilares, algunos están sentados esperando algo. Pero no da ganas de preguntarles qué. Junto a ellos, los cartones de vino. Poco más allá, las paellas en paellas con asas individuales que comen los turistas. Hay bastantes. Se les distingue porque llevan un librito con un dedo enroscado en la página central.

Saliendo por uno de los arcos, enfrente del restaurante La Toja, durante donde meses el sindicato anarquista CNT montó gran algarabía por las condiciones de despido de un trabajador, duerme siempre un indigente. Se supone que pide, pero es raro verle elevar el cucurucho de cartón porque siempre está oculto bajo las mantas.

El Palacio Real se ha convertido en un lugar muy relajante. Hay casi una decena de individuos orientales con aspecto de sabios maduros que ofrecen masajes shiatsu. Frente a ellos despliegan un mapa de todas las sensibilidades del cuerpo. Sobre todo, un par de enormes pies surcados por venas llenas de secretos de sosiego y bienestar. A las diez de la mañana del 2 de mayo, por esa misma hilera se intentó fugar el infante Francisco de Paula, siguiendo los sigilosos pasos de su familia, que ya estaba en Aranjuez.

La policía en sus más diversas formas cerca hoy el lugar. Junto al palacio dos guardias a caballo y vestidos de época llevan un casco coronado por una brocha vencida por la gravedad. Unos metros por delante, es el tricornio de la Guardia Civil lo que adorna a los uniformados. Más adelante aún, agentes del Cuerpo Nacional de Policía piden a la gente que no se demore, que se vaya unos metros más allá, que no incordie. La salida real, furtiva, fue el prólogo a la rebelión. A la gente no le pareció bien. Hoy, los transeúntes asienten ante las peticiones de los agentes y se giran hacia la plaza de España.

Entre Príncipe Pío y los jardines de Debod, fueron los fusilamientos del 3 de mayo. Los de Goya, sí. El aragonés los pintó seis años después. Hoy es una cuesta llena de coches que pitan. Están enfadados. Otro atasco.

Los coches también se embotellan en el paseo del Prado, donde ahora crecen museos. Hace dos siglos, allí pastaban las vacas. El 2 de mayo, la gente huía allí. Hoy hay colas para ver los cuadros de Modigliani en el Museo Thyssen. Hay empujones, pero sin sangre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de abril de 2008