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Necrológica:Solita Salinas de Marichal

Una hija del 27

Solita Salinas de Marichal, una mujer vivaracha, alegre pero melancólica, hija del poeta Pedro Salinas, hermana de Jaime, el editor, murió anteayer en Cuernavaca (México) a causa de un infarto de miocardio. Tenía 87 años.

Solita Salinas escribió ensayos poéticos, sobre su padre, sobre Rafael Alberti; fue algo así como la hija de la generación del 27, de la que lo supo todo, y vivió toda su vida pendiente de los otros, pero especialmente de su marido, Juan Marichal. Marichal es historiador, fue catedrático en Harvard, y fue el hombre que redescubrió para el exilio y para el interior el legado intelectual de Manuel Azaña, cuyas primeras obras completas editó.

Solita Salinas y Juan Marichal eran una pareja inseparable y singular; se conocieron, como recuerda la profesora Julia Cela, a través de Teresa Guillén, la hija de Jorge Guillén. "Acabo de conocer a un joven español que está hecho para ti". Y fueron el uno para el otro, durante 60 años, en los dramas del exilio y en la alegría del retorno. Entre los dramas, la muerte de su hijo Miguel, que sumió a la pareja en un visible estado de melancolía. Hace cuatro años, Solita y Juan fueron a vivir a México, junto a su hijo Carlos, profesor de Historia Económica en el Colegio de México.

Parecía una mujer frágil, y era generosa y alegre; le gustaba recordar las épocas felices con sus padres, en el exilio norteamericano, y el encuentro y la vida con Juan, con sus hijos, y finalmente con sus nietas, las hijas de Carlos.

La Guerra Civil halló a Pedro Salinas en Estados Unidos, dando clases, y a su familia en Argelia. Jaime, el hermano de Solita, ha recordado ese viaje que les alejó de la guerra: "Mi hermana y yo viajamos en un barco a Santander, para salir de esta zona que estaba aislada. A los 11 años, al subirte a un transatlántico, en lo único que piensas es en el transatlántico, en el viaje. La guerra quedaba al fondo".

En el carácter poético de Solita dominó la extrañeza ante los dramas, y ése de la guerra, como otros que vivió, se quedó como un recuerdo negro que ello quiso sobrellevar como si fueran malos sueños. La guerra quedaba al fondo, pero su hachazo destrozó para siempre la alegría que se hace con los recuerdos de la adolescencia. Los tres lo padecieron, Juan, Solita, Jaime, y son símbolo de esa adolescencia mutilada que significó la guerra para muchos de los que son sus contemporáneos españoles.

Solita nació en Sevilla en 1920, cuando su padre era allí catedrático de Literatura. En Madrid vivió su infancia y su adolescencia, y ésa fue, y lo dijo siempre, la época de su mayor felicidad; después del largo exilio, Marichal y ella volvieron a la ciudad, visitaron Tenerife, donde había nacido Juan, recuperaron amistades y familia, y reconstruyeron, aunque siempre dentro de la atmósfera melancólica que los dos compartieron, la alegría del retorno. Fue profesora en Estados Unidos, trabajó en la edición de las obras completas de su padre, dio a la imprenta un ensayo, del que estaba muy orgullosa, sobre El mundo poético de Rafael Alberti, que la Residencia de Estudiantes ha reeditado, y también publicó un trabajo sobre España en la poesía hispanoamericana.

Sus pasiones eran la poesía, el teatro y la amistad; su casa en Harvard, donde Marichal desarrolló una gran labor de divulgación de la literatura en español, se convirtió en un refugio de numerosos intelectuales y creadores hispanoamericanos.

Estuvo siempre rodeada de libros y de poetas y desde niña, como recuerda su hermano Jaime, "leía como una loca". Dibujaba, imaginaba escenarios; siempre estaba pendiente de que alguna nube de las que había en su imaginación y en sus sueños convirtiera la realidad en un mundo distinto, mucho más feliz que el que cuenta la historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2007