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Necrológica:

Kate Webb, pionera de las corresponsales de guerra

Fue dada por muerta en 1971 tras ser secuestrada en Camboya por los norvietnamitas

La periodista Kate Webb (Christchurch, Nueva Zelanda, 1943), corresponsal en países asiáticos de las agencias UPI, primero, y AFP, desde 1985, y una de las pioneras de las corresponsales de guerra en Vietnam,falleció a los 64 años en Sidney, Australia, el domingo 14 de mayo a consecuencia de un cáncer.

El fallecimiento de la periodista Kate Webb ha conmovido a la comunidad periodística para la cual la reportera se convirtió en un ejemplo de valor y de rigor informativo. "Kate Webb fue una de las primeras -y mejores- corresponsales de la guerra de Vietnam. Fue muy valiente como reportera y tenía un talento especial con las palabras", ha declarado el periodista Peter Arnett, ganador del Premio Pulitzer por sus crónicas sobre Vietnam. "Inspiró a generaciones enteras de jóvenes periodistas", ha señalado Eric Wishart, director de la delegación de Asia-Pacífico de la agencia France Press (AFP).

Pero no fue Vietnam su único destino. A lo largo de 35 años de carrera, Kate Webb cubrió los principales conflictos de la época en Asia, primero para UPI y desde 1985 para AFP: la ofensiva de los jemeres rojos en Camboya; el asesinato de Rajiv Gandhi en India, y la caída de Ferdinand Marcos en Filipinas; la ocupación soviética de Afganistán, la caída de Najibulá; la guerra del Golfo Pérsico y la devolución de Hong Kong a China.

Nació en Christchurch, Nueva Zelanda, en 1943, pero al los 8 años su familia se trasladó a Camberra, Australia, donde su padre había sido destinado como profesor de Ciencias Políticas. A los 15 años fue acusada de asesinato tras el suicidio de un compañero de clase al que ella sujetaba el rifle. Los cargos fueron retirados tras declarar que pensaba que él le estaba gastando una broma. Sus padres murieron en un accidente de automóvil cuando sólo tenía 18 años.

En 1963 se licenció en Filosofía por la Universidad de Melbourne y durante un tiempo vivió como una artista, de pintar y realizar vidrieras. Después trabajó como secretaria en el periódico The Sydney Daily Mirror. En 1967 viajó por su cuenta a Saigón con un puñado de dólares en el bolsillo y una vieja máquina de escribir Remington y allí logró un contrato temporal de la agencia UPI. Su coraje, entusiasmo y valía profesional consiguieron que, en sólo seis meses, le nombraran corresponsal fija. Su dedicación era tal que UPI decidió darle "periodos de recuperación" para que descansara y saliera de Vietnam.

Pero Webb siguió a su ritmo. En una de sus "supuestas vacaciones", pasó 10 días con la Primera División de Infantería del Ejército de Vietnam del Sur para ver de cerca acciones de guerra. En sus ratos libres también se dedicaba a investigar sobre la implicación de los oficiales survietnamitas en el mercado negro. Una noche, al regresar del trabajo, se encontró la puerta de su casa tiroteada.

Tras un breve periodo en la delegación de UPI en Pittsburgh, volvió a Phnom Penh, Camboya, y poco después, cuando su jefe, Frank Frosch, fue asesinado, ocupó la jefatura de la delegación de la agencia en la zona. El 7 de abril de 1971, tropas norvietnamitas la secuestraron junto a otros cinco periodistas -un japonés y cuatro camboyanos- y los retuvieron durante 23 días. Padecieron sed, hambre, infecciones y durísimos interrogatorios. Pero ella señaló que había sido tratada con cortesía. Su colega japonés le había ayudado a eliminar el estrés explicándole cómo se realizaba la ceremonia del té en su país.

Durante esos días apareció el cadáver quemado de una mujer en las cercanías del lugar del secuestro y Kate Webb fue dada por muerta. Su familia celebró sus funerales y algunos periódicos publicaron su necrológica, The New York Times entre ellos. La retrataba como una joven de voz dulce paseando por Saigón con su vestido de rayas y sandalias, que de pronto se transformaba en una reportera valiente e incisiva, se calzaba las botas militares y se ponía el casco para ir al frente con las tropas. Liberados el 1 de mayo, regresó enferma de malaria.

Nunca se explicó debidamente su liberación; otros periodistas secuestrados en aquella época fueron asesinados o retenidos durante más tiempo.

Arriesgó su vida en muchas ocasiones. Se contaba que, en Afganistán, un guerrillero la arrastró por el cabello escaleras arriba; ella se resistió y logró liberarse, aunque le quedó una enorme calva. Para sus colegas, bebedores y fumadores compulsivos curtidos en mil batallas, sus acciones a menudo evidenciaban una cierta vulnerabilidad. Durante un tiempo acogió a una familia de refugiados afganos en su propia casa y pagaba hasta el colegio de los niños.

En 2001 dejó su puesto de directora adjunta de AFP en Yakarta, que ocupaba desde 1985, y se jubiló. Declaró entonces que estaba "muy mayor para informar desde primera línea" y que "ése era el único periodismo" que le gustaba hacer."La gente cree que debo ser muy dura para haber sobrevivido a todo eso", comentó en 2002. "Pero no, yo soy vulnerable. Quizá sea eso lo que pasa: tienes que ser débil para sobrevivir; los duros acaban destrozados".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de mayo de 2007