Reportaje:Personaje

El béisbol 'cumple' 60 años

La Liga norteamericana rinde homenaje a Jackie Robinson, mítico jugador negro que rompió 'el pacto de los caballeros' blancos y abrió las puertas a todos los afroamericanos

Ken Griffey Jr., jugador de los Reds de Cincinnati, pidió el mes pasado permiso al comisionado del béisbol norteamericano para lucir el número 42, el que hizo clásico Jackie Robinson (1919-1972), en la celebración del 60º aniversario de su debut en las grandes Ligas, un acontecimiento histórico porque rompió la barrera del color en el deporte en Estados Unidos.

La iniciativa de Griffey produjo un efecto en cadena que culminó ayer con alrededor de 200 jugadores luciendo el célebre 42 en sus camisetas después de que se hubiera dejado de usar hace ya un decenio. En algunos casos, como los de Milwaukee, San Luis, Pittsburgh y, por supuesto, el de los Dodgers de Los Ángeles, los equipos al completo lo llevaron.

Los lanzadores le tiraban la bola a la cabeza y recibía amenazas de muerte

A pesar de que sólo el 8% de los jugadores de la MLB son afroamericanos, cuando en 1970 eran el 30%, esta espontánea acción, surgida de los propios beisbolistas, no de las autoridades de la Liga, ha rendido tributo a Robinson, uno de los personajes más importantes de la historia de Estados Unidos, el hombre que hizo añicos el llamado pacto entre caballeros blancos.

En marzo de 1887, el más poderoso entrenador de la Liga, Adrian Anson, reunió a todos los mánagers y propietarios de los clubes. Ante el panorama del que estaba siendo testigo, con más y más negros uniéndose al pasatiempo nacional, propuso a sus colegas la necesidad de mantener "puro" su deporte. Aquel día se selló un acuerdo según el cual ningún conjunto ficharía a un afroamericano y los que estuvieran jugando en esos momentos serían despedidos.

En una América segregada, el primero que se atrevió a mencionar la idea de romper esa decisión fue, 60 años más tarde, el comisionado de entonces, A. B. Chandler, al ser consciente de lo que acontecía en varios frentes del planeta: "Si un negro puede luchar en Okinawa o Guadalcanal, también puede jugar al béisbol".

Finalmente, un hombre que se negaba a ver el mundo en blanco y negro asumió el desafío. Wesley Branch Rickey, dueño de los Dodgers, que en esa época estaban en Brooklyn, envió a uno de su ojeadores a Kansas City para examinar a un talentoso bateador con carácter impulsivo de la denominada Negro League. Su nombre era Jackie Robinson.

Rickey necesitaba a alguien que no contraatacara ante los insultos, que supiera reprimir sus emociones, por que, si no fuera capaz de hacerlo, estaría retrasando la lucha 20 años.

En principio, Robinson no era la persona indicada para dar aquel primer paso. Y es que años antes había sido expulsado del ejército por haberse negado a sentarse en la última fila del autobús. Tampoco era el mejor de la Negro League. Pero sí era el más inteligente y un gran atleta.

Su hermano Mack había sido medallista de plata en los 200 metros en los Juegos Olímpicos de Berlín 36, sólo por detrás de Jesse Owens. Y en la Universidad de UCLA, Jackie se convirtió en el mejor jugador del equipo de fútbol americano y del de baloncesto, en el mejor nadador y en campeón nacional de salto de longitud. De hecho, habría logrado casi con toda seguridad la medalla de oro en los Juegos de 1940 si no hubieran sido abortados por la Segunda Guerra Mundial.

Así que Jackie aceptó el reto y el 15 de abril de 1947, dos años después de llegar a los Dodgers y de jugar en su cuadro filial, Robinson, vestido de blanco, con gorra y medias azules y el número 42 a la espalda, saltaba el listón del color que dividía al béisbol. En su primera temporada fue elegido el mejor novato y dos más tarde el jugador más valioso.

Lo admirable de su hazaña es que Robinson tuvo que aguantar todo tipo de abusos. Admirablemente, respetando la palabra dada a Rickey, fue capaz de poner la otra mejilla y centrarse sólo en el juego. Los lanzadores le tiraban la bola a la cabeza, los catchers le escupían en los botines, recibía amenazas de muerte y en muchas ciudades debía alojarse en un hotel diferente al de sus compañeros. Así que Jackie jugó con los flashes en su cara, todo un país tras él, los racistas en las gradas y la historia a sus pies.

Para muchos, el béisbol cumplió ayer 60 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 15 de abril de 2007.

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