La muerte serena
El Réquiem de Brahms aborda la muerte desde una serenidad cálida y emotiva, alejada de la frialdad. Como una manifestación más de la vida, como el nacimiento. No hay en él el terror de la liturgia. Morir oyéndolo, tal como sonó el pasado jueves en el Auditorio de Santiago, podría ser un ideal para melómanos. El concierto fue comunión: participación en una emoción de las que se hacen piedra en el pecho y lija en la garganta; de las que sólo acaban cuando llegan a manantial en los ojos.
El camerino del maestro fue capilla de peregrinos rindiendo culto a Euterpe a través del oficiante. Hubo confesión colectiva: Ros declaró la emoción de sentir la presencia de sus difuntos padres. La emoción es contagiosa. Brotó como un torrente del buen hacer y sentir de Ros, Ziesak y Henschel, de la calidad de la Real Filharmonía y el Orfeón Pamplonés, y de una actuación llena de la entrega de todos.
Al inicio, el color oscuro de la cuerda baja y el pianissimo del coro abrieron la caja de los detalles. Ros manejó toda la gama de colores, luces, brillos y sombras, con la delicada matización de una acuarela de Ballester. La claridad de líneas melódicas, la situación de planos sonoros, ejemplares. La fuga de la sexta parte, modélica. La Filharmonía respondió espléndida en todas sus secciones; hubo dos grandes solos de oboe y de chelo.
El canto de Ziesak fue como un bálsamo para el espíritu. Timbre redondo y dulce, y proyección siempre perfecta. Es la perfección de lo sencillo. Henschel con placidez y sin la congoja requerida en su primer solo, pero siempre dentro de su gran calidad vocal. El coro mostró sus cualidades: afinación perfecta y gran ductilidad en todas las secciones, aunque algún agudo de las sopranos sonó algo tenso. Las voces de hombres, con buena presencia sonora.
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