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Reportaje:TOUR 2006 | Decimoséptima etapa

"Me he vuelto a equivocar"

Riis, director de Sastre, admite su error mientras los técnicos se culpan de favorecer involuntariamente a Landis

El atocinamiento generalizado de los directores deportivos de la última generación era motivo de acalorado debate al final de la etapa que había visto la gran hazaña del Tour, gentileza de la rabia del campeón Landis, favorecida por el tancredismo de unos cuantos técnicos que confunden hombría con frialdad y cara de póker.

"Pero, ¿para qué narices están los directores?", exclama Mauro Gianetti, ex ciclista suizo, mánager del Saunier-Duval. "Parece que sólo saben llevar el volante, dar agua y hablar por el pinganillo...". Gianetti, un neutral en este Tour, está furioso no porque a él le fuera algo en la etapa, que no le iba; no porque tenga algo en contra de Landis, que, oficialmente, no lo tiene, sino porque como aficionado, como profesional del asunto, sentía que un gran día de ciclismo, uno de los más grandes de los últimos Tours, había quedado empañado en cierta medida por la torpeza de sus congéneres.

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O, como lo resumió con más gracia, con más alegría, Juan Fernández, director de la antigua generación, técnico del Phonak de Landis, y que, por lo tanto, no es neutral, aunque sí maestro en el arte de aguantar al máximo sin mover pieza: "Yo iba mirando la tele en el coche y no me lo podía creer. Los demás equipos, el CSC, el T-Mobile, dejaban al Caisse d'Épargne que se fundiera y mientras tanto, Floyd aumentaba su ventaja. 'Que sigan así, que sigan así', rezaba. Y me frotaba las manos".

Los voluntarios y curiosos anónimos que se sumaron al debate aportaban a gritos el nombre de los culpables: los avances tecnológicos. "La culpa es de Armstrong.Tantos años seguidos ganando han generado una escuela de directores que sólo saben ir a rueda. Que prohíban el pinganillo. Y las pantallas de televisión en los coches. Y el aire acondicionado. Y los teléfonos móviles. Todos dan una imagen distorsionada de la realidad. Y los directores ya no se hablan de coche a coche. No se miran a los ojos. No se enteran de cuándo se mienten unos a otros".

"El ciclismo hay que verlo en directo", corrobora José Miguel Echávarri, de la vieja escuela. "Los gestos, las miradas de los corredores, dicen más que los vatios que gastan o sus pulsaciones. Como siempre se cita en todas las escuelas, Bartali sólo estaba pendiente de las piernas de Coppi. Cuando veía que se le hinchaba la vena a su gran rival sabía que iba a atacar, y ya estaba preparado para responder. De todas maneras, este Tour ha sido tan raro, ha habido tantas jugadas dudosas, que creo que todos los directores tenemos que entonar el mea culpa".

Pero tampoco. Hasta ayer, la mayor infamia contra la profesión de director deportivo, la gran mancha negra, era la manera en que Roland Berland, director del Peugeot de Robert Millar había dejado que Perico, entre el granizo, la lluvia y la niebla del descenso de Navacerrada, le levantara una Vuelta a España que dominaba por más de seis minutos en 1985. "Pero lo de Riis este Tour lo supera", recalca Eusebio Unzue, director de Pereiro y, por lo tanto, lejos de ser neutral, más bien todo lo contrario. "Hace una semana contribuyó a resucitar a Pereiro, que estaba muerto, a media hora. Y ayer le regaló el Tour a Landis al no ayudarnos a llevar la carrera cuando se lo pedí. Yo, de ser Carlos Sastre, no sabría qué pensar...".

Riis, ganador del Tour de 1996 como corredor y técnico del CSC, un equipo que quiere colocar como ejemplo mundial, había declarado la víspera que era tarde para arrepentirse de haber contribuido a la resurrección de Pereiro, y ayer reconoció su error sin ambages. "Me he vuelto a equivocar", dijo el danés, cuya táctica también arruinó, privó de valor, el último ataque de Sastre. "Primero no pensé que Landis pudiera aguantar tanto, y luego jugué con el T-Mobile de Kloden a ver quién aguantaba más sin moverse. Pero Landis se nos fue. Ahora ganará el Tour". Los alemanes, el tándem Valerio Piva-Mario Kummer, unos directores acostumbrados a la dictadura de la fuerza: sus equipos actúan como rodillos y acaban ahorcados en su propia fuerza, como mostraron el gran día de los Pirineos, el gran acelerón de Kessler que ahogó a Kloden. Ayer, se justificaban: "Es que Kloden no estaba bien, como ya se vio al final. La culpa, en todo caso, no es nuestra".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de julio de 2006