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COLUMNA

Llegó el circo

Como todos los años, en estas fechas festeras y estivales, el circo ha llegado al pueblo. No es el Cirque du Soleil, pero tiene todos los ingredientes, en modesto, del que fue el mayor espectáculo del mundo. El pueblo puede ser cualquiera de la serranía de Madrid y se ha llenado de anuncios, de carteles vistosos que anuncian, con cierta indeterminación, las fieras que asombrarán a los espectadores y que se pueden visitar, gratuitamente, de once de la mañana a una de la tarde, cada día.

Aparecieron, silenciosamente, por la noche y los enormes tráilers se dispusieron como los viejos carromatos, creando en unas horas un nuevo barrio en la explanada de las afueras. El espacio estaba aprovechado milimétricamente, y el todo formaba un paralelogramo trazado a cordel, donde podían adivinarse las calles, un par de placitas y las dos carpas izadas para que fluya la función.

He podido ser testigo privilegiado, porque esos días los pasaba en el piso más alto del edificio de mayor altura del lugar. Primeramente se tendieron las líneas que iban a surtir de fluido eléctrico, de lo que, aparentemente, se encargaban no más de tres personas, pertenecientes al elenco espectacular. Es posible que bajo el mono de faena se disimulara el domador de tigres, la trapecista, el clown. Sin producir más ruido que el indispensable, aquella pequeña barriada quedó dispuesta en las horas que tardaba en llegar el temprano amanecer veraniego.

El tiempo era bueno y los animales menos peligrosos, en teoría, deambulaban entre la improvisada construcción. La jirafa parecía estar en todas partes, un envejecido dromedario prefería pasar la mayor parte del día tumbado; los nerviosos cuellos de los avestruces oscilaban incansables, por sobre la jaula de alambre sin techo donde estaban guardadas. Tres elefantes pasaban el tiempo alineados, moviendo apenas las trompas husmeando las hierbas de su pitanza. Uno de ellos, quizá el más concienzudo o el más voluntarioso, doblaba una y otra vez las patas delanteras, ensayando la genuflexión, para que alcanzara su lomo la gentil domadora. Todos conservaban los largos colmillos, que parecían auténticos.

Indiferentes al ambiente, que conocen desde que nacieron, cuatro o cinco niños que no llegaban a los cinco años, jugaban dentro del recinto, intentando asomarse a la tapia que les separaba del chalé más cercano. En algún momento de la mañana, suponía yo, esas criaturas empezarían a entrenar su cuerpo para tomar el relevo de los padres y de los abuelos, serían trapecistas, domadores, payasos. De algunos carromatos sacaban la colada para secar la ropa al calor del recién estrenado verano.

Todo esto lo podía ver desde mi aventajada posición. Hasta mis alturas llegaba el eco de los martillazos sobre la madera, el cuidadoso ajetreo donde no había que perder un segundo ni equivocarse en el ensamblaje de tantas piezas heterogéneas. Una estancia de tres días, con profusión de carteles en todas las esquinas y una o dos incursiones por las calles, con altavoces para anunciar la alegre nueva. Los precios moderados y supongo que la asistencia de público correspondiente con las expectativas. No pude asistir a ninguna función por causas especiales, aunque es un espectáculo que me gusta sobremanera. Pero lo vi desde fuera y desde arriba. Cuando se fueron, sigilosamente, después de la función, con la ayuda del servicio de limpiezas local, aquél solar estaba limpio, no como después de un botellón.

Parece que vamos a tener, en Madrid, otra vez un circo estable. Mejor dicho, su viejo circo, aunque no en el increíble lugar de la plaza del Rey, sustituido por enormes bloques de oficinas. Por cierto, es descorazonadora la desmemoria histórica de cosas que formaron parte de la vida de la ciudad. Un locutor, en televisión, daba la noticia, informando de la restauración del Circo Praice, expresando correctamente, en inglés, el nombre del que fue su inicial propietario. Para los madrileños se dice de otra manera, como en la sainetesca expresión: "Estamos, como quien dice, / cerca del Circo de Price". Los informadores públicos tienen la obligación de saber estas cosas. Es igual que si pronunciáramos con su acento original, el nombre del barrio de Chamberí. Ojalá el circo vuelva a enraizarse en nuestra capital. Era divertida aquella observación: "La vida al revés, circo es".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de julio de 2006