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Alemania 2006 | La España de toda la vida
Columna
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Con todo merecimiento

Santiago Segurola

La mejor generación francesa se acerca a su ocaso, pero se manejó más que bien en un partido de gran calado. Con respecto a sus fracasos anteriores, Francia asumió un papel diferente. Por primera vez en mucho, no salió con el cartel de favorito. Encabezaba todos los pronósticos en el Mundial 2002 y se estrelló. Trató de reeditar su título en la Eurocopa 2004 y tampoco lo consiguió. Sin el peso de la púrpura, los franceses se sintieron cómodos. Se liberaron de presiones, desestimaron la posesión de la pelota, privilegiaron el sistema defensivo y esperaron. A su organización se añadió el poderío atlético de sus jugadores. Francia fue un frontón en el medio campo. Dejó a los creativos centrocampistas españoles demasiado lejos del área, sin posibilidades de filtrar pases a sus delanteros. Villa y Torres permanecieron inéditos. No encontraron ningún pase. Alonso, Xavi y Cesc sudaron sangre para abrir una rendija entre los centrocampistas franceses. En realidad, no consiguieron abrir ninguna. Ese mérito corresponde a Francia, las cosas como son.

Mientras Francia dio la impresión de equipo adulto, hecho, demasiado hecho quizá, España sufrió de inmadurez

La selección francesa no dependió del juego, al menos mientras los dos equipos estuvieron enteros. Confió en la capacidad defensiva de Vieira y Makelele, en la rapidez de Ribéry -el más activo de sus jugadores- y en la garantía que ofrece Henry. Apenas intervino, pero hay algo intimidatorio en su presencia. A Henry le falta un buen lanzador, alguien que le entienda. Zidane nunca le ha interpretado bien. No ha habido conexión, posiblemente porque Zidane ha estado más atento al juego que al gol. Henry era el gol. Sin la incidencia de Henry en sus contragolpes, Francia jugó su partido a la perfección. Su plan funcionó. El español, no.

España se sintió incómoda durante todo el encuentro. Nunca pudo imponerse en su aspecto más destacado: la elaboración del juego. Percutió una y otra vez contra el muro francés. Rara vez los centrocampistas lograron desbordar la primera línea defensiva. Se desgastaron física y psicológicamente. El gol de Villa no varió ni un milímetro el partido. Francia dio una lección de madurez. Fue un equipo adulto. No se saltó el guión nunca, no sufrió de ansiedad, no dio ninguna señal de debilidad. España se atascó porque el partido no discurría a su gusto. Así son los Mundiales. Es difícil encontrar concesiones a estas alturas del torneo. España hizo las concesiones y lo pagó. Permitió contragolpes franceses por pérdidas del balón en el medio campo, no cerca del área de Barthez. Saltaron las señales de alarma con relativa frecuencia. En cambio, el sistema defensivo francés impidió cualquier problema. Su actuación fue modélica en este capítulo.

A la selección le faltó serenidad para aprovechar el impacto psicológico del gol. También puede discutirse la ubicación de Raúl. No tanto su titularidad como el lugar que ocupó. Parecía algo postizo. Raúl es un futbolista extremadamente generoso. Su capacidad para ayudar en el medio campo ha sido importante en algunos momentos de su carrera, especialmente en el Real Madrid. Pero Raúl es delantero. Su influencia está en el área. Fuera de ella es un jugador que ayuda, no un jugador que desequilibra. Y España necesitaba más que nada un futbolista capaz de enganchar con los centrocampistas, alguien con posibilidades de retrasar al menos 15 metros el muro defensivo francés. Raúl le discutía el puesto a Villa. O al revés. Uno de los dos sobraba. Por raro que parezca, quizá ese jugador era Iniesta. En la posición de Raúl no le sobra velocidad, pero como pasador es indiscutible.

El equipo pareció más ágil con el ingreso de Joaquín. No sucedió lo mismo con Luis García. El problema de la conexión con los delanteros continuó hasta el final del encuentro, con una dificultad añadida: la selección estaba muy desgastada. Mientras Francia dio la impresión de equipo adulto, hecho, demasiado hecho quizá, España sufrió de inmadurez. Cuando quiso enterarse, estaba derrotada. Sólo le resultaba posible jugar su partido. No pudo jugar el que le propuso Francia, que no es el más brillante de los equipos, pero que en este caso fue manifiestamente superior. La derrota abrirá interminables debates. España ha vuelto a sufrir otra decepción en un Mundial. Pero en este equipo habita el germen necesario para confiar en la mayoría de sus jugadores. La selección es joven, sabe a lo que juega y pronto quedará libre de hipotecas generacionales.

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