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Reportaje:Alemania 2006 | México-Portugal

"Yo no soy desequilibrante"

El barcelonista Márquez, en la desenfadada concentración de México, lamenta que su selección no tenga "una estrella creativa"

Los horarios son meramente orientativos en la peculiar comuna de la selección de México. Se cuelgan en un tablón. Pero nadie los respeta y a nadie le molesta. "Vamos guey, dile al Pichi que se acuerde de lo mío", se levanta una voz entre el tumulto de periodistas mexicanos. Pavel Pardo, el capitán, guiña un ojo. Rafa Márquez se señala el reloj. "A la noche, a la noche después de la cena, arriba, en el hotel", promete para reducir el grupo de informadores a los íntimos. A los amigos del Pichi, que es quien sabe cómo arreglar todas las cosas. Márquez, luego, mientras el Pichi circula por los alrededores, regalará un titular nocturno: "El problema es que no tenemos jugadores desequilibrantes. No tenemos un Robben, un Ronaldinho o un Riquelme".

Los entrenamientos son un concierto de historias personales relatadas a un micro y bromas cruzadas

"Nos falta un Robben, un Ronaldinho o un Riquelme", se justifica el capitán

El Pichi, de largos bigotes blancos, es el ayudante del seleccionador, Ricardo Lavolpe, apodado el loco por una larga serie de razones y desencuentros con todo tipo de personajes, incluidos sus propios futbolistas. Lavolpe ya había dicho lo mismo que Márquez. Que le falta un jugador "diferente". Pero entonces a todo el mundo le pareció una frase inoportuna. Una salida desafortunada. Con Márquez, un poco lánguido en el discurso, es distinto. Claro, lo dice la gran estrella. Precisamente, quien debiera marcar alguna diferencia. "Yo no soy desequilibrante, yo no cubro esa deficiencia que le falta a México", sentencia con ecuanimidad Márquez, que juega en el centro de una línea de cinco defensas. El problema para el barcelonista no está en la zaga, sino "en la falta de creatividad arriba".

Lavolpe se niega a contestar a este tipo de cuestiones, mientras dibuja negativas con las manos. El técnico tiene por costumbre rumiar palabras por lo bajo como toda respuesta a cualquier cosa que le incomode. Y le incomoda casi todo.

Lavolpe está lejos de los jugadores. En sentido literal y figurado. Se refugia bajo una carpa del sol. Corretean algunos niños alrededor de las mesas. El técnico lanzó alguna vez una botella de agua a la turbamulta anárquica que forman los periodistas. Eso dicen algunos, al menos, que se quejan en voz alta. Junto a él está Campos, aquel portero que se levantaba los cuellos de la camisa como si se hubiese escapado de un remake de West side story. No es el preparador de porteros, que sería lo imaginable. Su labor consiste en ejercer de correa de trasmisión entre las ideas de Lavolpe y los futbolistas. Casi, de hacer de mensajero entre uno y otro bloque. Todo con ayuda del hiperactivo Pichi, claro.

Ahora tampoco son buenas las relaciones entre los jugadores, el preparador y los aficionados. "Los hinchas que se ocupen del partido", dice Márquez, después de que se acusase al equipo de relajación en el empate frente a Angola. Puestos a acusar, también se dijo que tras el encuentro se vio a los futbolistas por ahí, disfrutando de un día libre. Los aficionados forman uno de los grupos más numerosos y reconocibles del Mundial. Son cerca de 20.000 y casi todos tienen dificultades para entrar bajo los quicios de las puertas con el sombrero puesto. Además, están distribuidos en un área relativamente grande y lo mismo se les ve en grandes grupos en Gelsenkirchen, que en Colonia o Dortmund. Por supuesto, tienen tomada la ciudad base del equipo, Gotinga.

En la ensalada de voces, apenas es audible la de Zinha, el brasileño de Rio Grande do Sul que un grupo de empresarios se empeñó en convertir en futbolista. Apenas sobrepasa el 1,60 de estatura y lleva una mochila en la espalda. Parece un escolar, pero de su hilillo de voz suave sale una de esas historias de superación. "Mi madre era limpiadora, mi padre albañil, pasábamos apuros", cuenta, antes de referir lo que cambió su vida cuando un "grupo de empresarios" decidió fabricar un jugador en México. Ahora está casado con una mexicana.

El entrenamiento se ha convertido en un concierto de citas, de historias personales relatadas a un micrófono y de bromas cruzadas. Todo lo contrario que su rival de hoy, Portugal, que apenas mantiene contacto con nadie y cuyo secretismo es llevado hasta la exageración. Eso sí, ayer se supo que Luis Felipe Scolari medita reservar a sus futbolistas más importantes. Su equipo ya está matemáticamente clasificado. Deco, Cristiano Ronaldo y Pauleta se perderían el choque de octavos si ven una tarjeta. Un buen motivo para dejarlos en el banquillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de junio de 2006