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Reportaje:REPORTAJE

Fuenteovejuna en China

Quiénes sois?". Apostados junto al maizal, dos jóvenes apoyados en una moto interpelan con desconfianza a los dos desconocidos que se dirigen lentamente hacia Qianjin, una aldea de 2.000 habitantes de la región autónoma china de Mongolia Interior, 700 kilómetros en tren, 10 kilómetros en coche y tres kilómetros a pie por un camino embarrado, al noreste de Pekín.

Los dos campesinos montan guardia a la entrada del pueblo, donde vigilan que los obreros no reanuden la construcción de una autopista que ha sumido Qianjin en estado de rebelión desde marzo. Los agricultores han plantado cara a las autoridades locales, a las que acusan de corrupción, y se han enfrentado a golpes a la policía para exigir compensaciones justas por la expropiación de tierras para un proyecto que ha rasgado sus campos como si fuera una gigantesca cortadora de césped. A poca distancia se eleva inútil la estructura de hormigón de un puente a medio construir.

Qianjin es un ejemplo de las protestas que se han extendido por China en los últimos años a causa de la traumática transformación del país

"Empezaron a pegarnos y cogieron a algunos de nuestros hijos, así que decidimos luchar. Ni siquiera llevaron a los heridos al hospital"

Qianjin se ha convertido en un claro ejemplo de las protestas que se han extendido por China en los últimos años como consecuencia de la traumática transformación que vive el país, y del bloqueo informativo al que someten las autoridades a los medios de comunicación en aras de "la estabilidad social". La policía impide a la prensa acceder al pueblo, pero a primera hora de la mañana los únicos que parecen controlar la zona son los dos jóvenes. Cuando se enteran de que los visitantes son un periodista y su intérprete, se les ilumina el rostro: "Con nosotros estáis seguros. Vamos a avisar a la gente".

Uno de ellos saca del bolsillo un cohete rojo y lo lanza hacia el cielo, donde estalla con estruendo. Y comienza a llegar una riada de campesinos: hombres, mujeres, ancianos y niños. Fue el mismo sistema utilizado para dar la alerta el 21 de julio, cuando, a las nueve de la mañana, 400 policías llegaron para poner fin a la resistencia numantina en contra de la autopista. Los vecinos acudieron en tromba y se enzarzaron en una batalla campal con los agentes, que dejó varios heridos en ambos bandos y coches de la policía machacados. "Empezaron a pegarnos y cogieron a algunos de nuestros hijos, así que decidimos luchar. Ni siquiera llevaron a los heridos al hospital", explica con rabia Liu Xiangmei, una mujer de 40 años que ha perdido parte de sus tierras. "Si dejamos que continúe el proyecto, nunca recibiremos el dinero".

Los habitantes de Qianjin acusan al Gobierno local de quedarse con parte de las indemnizaciones. "Sólo queremos que nos paguen lo que fija Pekín. Nos quieren dar sólo 13.000 yuanes

por mu [unos 666 metros cuadrados]. Si nos dejan ver cuánto reciben del Gobierno central y es lo mismo, lo aceptaremos", afirma un hombre. Los líderes de Ke'erqin, distrito al que pertenece Qianjin, niegan las acusaciones de que han contratado a matones para amedrentarlos por la noche, y rechazan que hayan existido sobornos. "Las compensaciones han sido fijadas de acuerdo con la ley y las políticas del Gobierno", dice una representante del departamento de propaganda del Partido Comunista Chino (PCCh) local, que pide el anonimato.

A los 20 minutos, medio millar de personas se ha concentrado a la entrada de la aldea para hablar con el extranjero, recibido como un liberador. Sobre ellas, una pancarta roja con caracteres amarillos, tendida entre dos postes clavados en el terreno de la futura carretera, reza: "Violación de la ley del suelo, expropiación de la tierra, devolved la justicia a los campesinos".

A finales de julio, la policía detuvo a dos vecinos por cabecillas de la revuelta. Como respuesta, los agricultores secuestraron durante 18 horas a un líder de un municipio vecino y a otra persona, llegados para negociar, y no los soltaron hasta que fueron liberados sus compañeros.

Organización perfecta

Los vecinos están perfectamente organizados. "Cada vez que intentamos trabajar, vienen y nos paran", dice Zhang Zuhao, de 37 años, uno de los responsables de la empresa constructora.

Los conflictos por la requisa de tierras para infraestructuras y proyectos inmobiliarios, la corrupción, el abuso de poder y la brecha creciente entre ricos y pobres son las principales causas del fuerte aumento del descontento social y de las protestas en China, que han pasado de 10.000 en 1994 a 74.000 el año pasado, según el Gobierno. El número de personas implicadas en las manifestaciones ascendió a 3,7 millones en 2004, cinco veces más que hace una década.

Estas protestas -que las autoridades intentan zanjar en ocasiones utilizando bandas de matones a sueldo, como la que el pasado junio asesinó a seis personas en la provincia de Hebei- esconden un malestar de fondo. "Subid, os vamos a enseñar el pueblo", dice un vecino, señalando su motocarro. Dando tumbos, y rodeado por centenares de personas lanzando vítores, el vehículo se interna por el villorrio. En las calles hociquean los cerdos. Los purines se escapan de los corrales. Muchas viviendas son de adobe. La vida es dura. En invierno, las temperaturas caen muchos grados bajo cero.

En un extremo se halla la escuela, hoy abandonada. "En el pueblo hay más de 300 niños, la mayoría de primaria. Pero muchos no pueden estudiar, trabajan en el campo. Si tuviéramos una escuela, podrían ir a clase", dice Zhou Fei, de 24 años, que me pide que haga fotos de los arbustos que invaden el solar.

Para entonces, los informadores de la policía ya han actuado. "¡Ha llegado la policía!", comienzan a gritar los vecinos. "No temáis, os protegeremos", dicen mientras el motocarro zigzaguea por la aldea, buscando otra salida. Poco después, una docena de motos nos escolta hasta donde habíamos dejado el taxi -que no podía avanzar sobre el barro- para regresar a Tongliao, donde deberemos tomar el tren hasta Pekín.

La mano férrea del partido

AL MISMO TIEMPO que censura información, Pekín utiliza con maestría la publicación de determinadas noticias y destituye a funcionarios como ejemplo cuando trascienden los escándalos. Este temor lleva a los líderes locales a ocultar por todos los medios las protestas. La muestra nos llegó al salir de Qianjin. Una vez fuera de la protección de los campesinos, dos coches con policías de paisano nos detuvieron y condujeron a la comisaría de Tongliao. "¿Qué habéis venido a hacer?, ¿quién es vuestro contacto?, ¿cómo habéis encontrado este pueblo?", nos interrogaron, juntos y por separado. "Para trabajar como periodista tenía que habernos avisado y le habríamos organizado una visita. Es por su seguridad". Tras dos horas y pretender que firmara una confesión, nos expulsaron de la ciudad.

Pero la historia no había acabado. Tres cuartos de hora después de salir el tren, se nos acercó un policía con una llamada de la comisaría en la que nos exigían que nos bajáramos y regresáramos a Tongliao porque los dirigentes de Ke'erqin querían invitarnos a cenar para explicarnos "la verdadera situación" en Qianjin. Decliné la oferta.

Dos horas más tarde, dos miembros del departamento de propaganda -una mujer y un hombre- se presentaban tras haber hecho 100 kilómetros en coche para subirse al tren. "Queremos que regresen con nosotros", dijo la mujer, de mirada pétrea y gesto macerado. "Les pondremos un vehículo mañana para volver a Pekín". Me negué y sugerí que me enviaran un fax con la posición oficial. Aceptaron, pero dijeron que querían negociar lo que publicase. Me volví a negar. Al rato desaparecieron. El fax nunca llegó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de septiembre de 2005

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