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Crónica:VUELTA 2005
Crónica
Texto informativo con interpretación

Los ataques de Mancebo

García Quesada se impone en la primera etapa de montaña del centro

Carlos Arribas

Cuando le preguntan que por qué hace algunas cosas, y si conoce a quien le inquiere, Pakito Mancebo, que es un cabezota, siempre responde: "Tú ya me conoces". Se lo preguntaron ayer, entre un estruendo de charanguita, jotas segovianas, dulzainas y tamboriles, en la meta de La Granja porque en Navacerrada, en la primera subida al puerto que une Segovia y Madrid, la emprendida por el lado de las Siete Revueltas, Pakito Mancebo atacó una, dos, tres veces, y eso que quedaban aún más de 100 kilómetros para la llegada. Se lo preguntaban porque después, en la Morcuera, a 80 kilómetros de la llegada, Pakito Mancebo volvía a atacar. Esta vez con éxito. Un demarraje seco que dejó al pelotón, al grupo de favoritos, preguntándose ¿a dónde irá Pakito? ¿No pensará que conseguirá ganar la Vuelta en estos kilómetros que faltan, aunque le esperen sus compañeros Lastras y Horrach delante, aunque los de Belda anden como locos por delante? Pero si está a casi siete minutos en la general... Pero si hasta el podio, después de su desastre asturiano, después de la apoteosis de Heras, lo tiene a dos minutos...

Cuando se va Pakito, pocos saben por qué. Cuando se mueve Carlos García Quesada, granadino y combativo, y espectacular esprintando en la montaña, se sabe que busca la victoria, sin más. La etapa. La medalla que su abuela Patrocinio le dio a su hijo Carlitos, en la boca, la lengua saboreando el oro, los dientes chocando contra el metal. No hay que preguntarle en meta, en la estrecha llegada en la que entra en tromba. Todo el despliegue de los corredores de Belda, todo el espectáculo de sus chicos, a tirones, a arrancadas, encontró su destino. Tampoco hay que preguntarles sus motivos, las razones de sus acciones, a Roberto Heras, el bejarano que se movió con calma un día de tres puertarracos en el que sus dos sombras, Menchov y Sastre, no le inquietaron. Heras sólo necesita estar con el segundo, con el ruso, para sentirse tranquilo. Con él estuvo en todo momento, y con Sastre, cuyos motivos son siempre cristalinos. Ayer se trataba de defender su plaza en el podio ante la lejana agresión del mayor de los García Quesada, escalador de La Zubia (Granada), impetuoso cuando la carretera se empina, respetuoso cuando se inclina cuesta abajo, descensos que encara pensando en la vida, y la de Pakito, que no se sabía a dónde iba.

Pakito no iba a ninguna parte. No llegó a ninguna tampoco, lo que no le importó en absoluto a su cabeza testaruda. "Muy poca recompensa para lo mucho que trabajamos", resumió Eusebio Unzue, director de Pakito, que tiene una cabeza más pragmática. Desconocía, quizás, que la recompensa de Pakito ayer no se medía en segundos (54 les restó a los tres primeros), en puestos en la general, en victoria de etapa, sino en la belleza de quien parte sin mirar atrás, pedalea sin cesar y se lanza a tumba abierta por un puerto que sabe que no le llevará a ninguna parte. Porque en el absurdo a veces reside la grandeza del ciclismo. Y Pakito, que penaba en las frías llegadas asturianas, ayer, entre tamboriles, resplandecía de alegría.

García Quesada, vencedor de la etapa.
García Quesada, vencedor de la etapa.EFE

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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